Fundado en 1910
El observadorFlorentino Portero

El amargo despertar

El propio Consejo Europeo citado acaba preso de las rutinas declaratorias de siempre, pidiendo a Hamás que deje de ser Hamás y al régimen de los ayatolás que renuncie a sus fundamentos. La ducha de realidad dista de ser suficiente

El bienestar atonta. Nos hace pensar que hemos consolidado esa situación, olvidando que todo es pasajero si no se trabaja día a día para mantenerlo. Tras la última generación de dirigentes, que había vivido la II Guerra Mundial, llegó una hornada de políticos nacidos en el Estado de bienestar, más ocupados en desarrollar servicios públicos que en hacer política, política de verdad, la que tiene como primer objetivo garantizar la seguridad y pervivencia de la comunidad. De esos barros vienen estos lodos.

Entre el neoimperialismo ruso, representado por la fría y arrogante figura de Vladimir Putin, un profesional de la Inteligencia soviética devenido en portaestandarte del nacionalismo irredento ruso, y el giro estratégico norteamericano, con el impredecible y grosero Donald Trump a la cabeza, han conseguido lo que parecía imposible, sacar a los europeos de su ensoñación civilizatoria. Habían llegado al convencimiento de que sus instituciones estaban a la vanguardia del desarrollo en el planeta, gracias a su imbatible capacidad para redactar normas y establecer procedimientos sobre cualquier tema. Hoy ya reconocen que su seguridad no está garantizada ante las amenazas físicas de rusos y norteamericanos y económicas de China.

«Europa ha despertado, ya solo falta que salte de la cama», se comenta en los foros internacionales. Y es que no basta con asumir la realidad, lo que no es poca cosa para las frágiles psicologías europeas, hay que tomar decisiones que, para bien o para mal, están condenadas a ser históricas. El reciente Consejo Europeo, celebrado el pasado 19, destaca precisamente porque asume la necesidad urgente de hacer, de reaccionar ante unas circunstancias internacionales que cuestionan abiertamente el marco de referencia en el que se ha venido trabajando en las últimas décadas. Es el resultado de una intensa actividad diplomática desarrollada durante semanas, con reuniones informales dirigidas a centrar objetivos y acordar medidas.

Puesto que lo mío no es la economía y este periódico tiene colaborades de mayor solvencia en esa materia, renuncio a entrar en el detalle. Sólo quisiera subrayar lo fundamental. Tras el Informe Dragui, en el que se recogió de manera ordenada lo ya sabido, pero esta vez con marchamo de la Comisión, no cabía duda de que era necesario retomar la senda perdida hacia el mercado único, para garantizar a nuestros empresarios la posibilidad de actuar en condiciones óptimas, pues solo así podríamos llegar al segundo paso, la concentración empresarial. Las corporaciones europeas carecen del tamaño crítico para poder competir en un mercado global o para afrontar los altísimos costes de invertir en las nuevas tecnologías. Tras un proceso de fusiones y adquisiciones dispondríamos de «campeones europeos» capaces de asumir esas responsabilidades, y entonces sí habría que desarrollar un mercado de deuda europea. Pensar que podemos dar el salto a una acción exterior común sin llevar hasta sus últimas consecuencias la política económica y monetaria es ilusorio.

El que algo sea urgente y necesario no significa que sea posible. Los errores de décadas no se pueden resolver de un día para otro. De hecho, no es seguro que se consiga. Europa está despertando, pero le queda un tramo para asumir plenamente la realidad. Tras el Consejo llega el turno de la Comisión y del Parlamento ¿Serán capaces de sortear todas las trabas nacionales que durante mucho tiempo han bloqueado esas iniciativas? Tengamos en cuenta que las perspectivas nacionalistas han ganado peso en Bruselas, en gran medida por desconfianza de las elites políticas tradicionales. En ese sentido, hay un enorme interés por el comportamiento de una futura mayoría parlamentaria lepenista en Francia. ¿Evolucionará en línea con Meloni o con Orbán? ¿Qué pasará con Vox si se formara una mayoría de centro-derecha en España? Los europeos decidirán con sus votos su propio futuro, lo importante es que comprendan las consecuencias de las dos opciones que tienen ante sí, ser actores desde la unidad o juguetes de las grandes potencias por separado.

Si en lo económico hemos recorrido un camino muy importante, en lo relativo a la acción exterior está casi todo por hacer, empezando por las mentalidades. El propio Consejo Europeo citado acaba preso de las rutinas declaratorias de siempre, pidiendo a Hamás que deje de ser Hamás y al régimen de los ayatolás que renuncie a sus fundamentos. La ducha de realidad dista de ser suficiente. Hacen falta más sustos para que nuestros dirigentes, hijos del bienestar, acaben de entender que la política exterior va mucho más allá de las declaraciones y del derecho internacional público. Política es acción, no declaración, y es complicado hacer algo cuando no se sabe lo que se quiere ni se está dispuesto a asumir riesgos.