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tribunaJosé Ignacio Palacios Zuasti

Complejo de matriculín

El veredicto de los electores es claro: PP y Vox están obligados a entenderse. Ambos deben ser conscientes de la gravedad del momento que vive España y, a la hora de negociar, ninguno de los dos podrá imponer condiciones leoninas al otro

Después de Extremadura, Aragón y Castilla y León, los votantes de Andalucía han dado el mismo mensaje: quieren que cuanto antes se acabe con el actual Frente Popular que gobierna España y quieren que el cambio lo lleve a cabo el Partido Popular, pero, como parece que no se fían de que este vaya a afrontar con coraje todas las reformas que son necesarias para revertir las actuaciones de Pedro Sánchez, quieren que Vox sea decisivo para que le obligue a realizarlas.

El resultado logrado por el PP de Andalucía en los comicios del pasado 17 de mayo ha sido magnífico, pues conseguir 52 escaños en una tierra que durante casi 40 años fue un bastión socialista y el semillero de votos del PSOE es un gran éxito que hace no muchos años hubiera sido impensable.

Los diez gobiernos ininterrumpidos del socialismo se quebraron hace ocho años, en diciembre de 2018, cuando el PSOE volvió a ganar las elecciones, pero perdió 14 escaños y se quedó en 33. En ese momento, el Partido Popular de Moreno Bonilla, que también perdió siete parlamentarios, con sus 26 diputados, junto con los 21 de Ciudadanos de Antonio Marín y los 12 de Vox, que se estrenaba en un parlamento autonómico, sumaron más que las dos izquierdas (PSOE y Adelante Andalucía) y así se produjo el cambio.

Recordemos que en diciembre de 2018 en la política nacional estaban Pablo Casado y Albert Rivera y que Pedro Sánchez llevaba seis meses de presidente del Gobierno. Entonces, ante esos resultados, se escribió que Sánchez salía «derrotado y su proyecto quedaba tocado de muerte». Ocho años después, él permanece en la Moncloa y los otros dos son ya recuerdos lejanos.

Después de esos comicios comenzó lo que se llamó «la hora de la derecha» y Juanma Moreno declaró que era consciente de que el PP, junto a Cs y Vox, debía ser un instrumento del «cambio». También dijo entonces que «Vox es una fuerza política que nace de la democracia, a la que le han votado 400.000 andaluces, y que respeta y defiende la Constitución de 1978 y la Corona. Por tanto, es un partido clarísimamente constitucional». El acuerdo en ese momento fue fácil y mes y medio después de celebradas las elecciones, Juanma Moreno era investido presidente, con el apoyo de los 59 votos de PP, Cs y Vox, y formó un Gobierno de coalición con 6 consejeros del PP y 5 de Cs.

Cuatro años después, en las elecciones de junio de 2022, Cs desapareció y Vox, aunque logró dos escaños más, dio la sensación de que había fracasado, pues su cabeza de lista, Macarena Olona, había repetido en esa campaña electoral que su objetivo era ser decisivo en el Gobierno, algo que no logró porque el PP, que se benefició de los restos de la Ley D’Hondt, obtuvo mayoría absoluta, 58 escaños.

Ahora, en estas elecciones, a Moreno Bonilla le ha sucedido algo similar a lo que le ocurrió entonces a Olona y, como ese compañero de clase que todos hemos tenido, a Juanma le entró también el complejo de matriculín, aún a sabiendas de que ese objetivo de la mayoría absoluta era muy difícil repetirlo. Y por esa obcecación, en vez de ser prudente y de dedicarse a tender puentes con la única formación política que le podría apoyar en caso de necesidad, lo que ha hecho durante la campaña ha sido meterse con ella, con lo que se ha pegado un tiro en el pie pues a lo largo de estos días le hemos oído decir que «los andaluces deciden si quieren un Gobierno para todos o introducir elementos de distorsión, insultos. Si quieren, gobierno o desgobierno, futuro o pasado, concordia o discordia», que «no nos podemos meter en un lío y depender de quien quiere meter palos en la rueda y quiere volver al pasado más oscuro que hemos tenido», también ha hablado de «dos bloques: el de la estabilidad (PP) y el del lío (Vox y todos los demás) y de que el «Estatuto y la Constitución están por encima de la prioridad nacional».

Después del veredicto de las urnas, a Juanma Moreno le ha llegado la hora de meterse en el lío y de ponerse en la tesitura de llegar a un acuerdo con Vox o de repetir elecciones. Ahora a él le toca decidir si sigue el camino de Extremadura y Aragón, y previsiblemente de Castilla y León, y el que se dará en mayo de 2027 en muchas otras comunidades autónomas y ayuntamientos y, después de las generales, con el Gobierno de España, o si se convierte en el díscolo del PP.

El veredicto de los electores es claro: PP y Vox están obligados a entenderse. Ambos deben ser conscientes de la gravedad del momento que vive España y, a la hora de negociar, ninguno de los dos podrá imponer condiciones leoninas al otro. Si el acuerdo no se logra, ellos serán los responsables y el electorado tomará buena nota y les pasará factura.

  • José Ignacio Palacios Zuasti fue senador por Navarra