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Crónicas incorrectasÁlvaro Delgado

Vuelve usted mañana, o no vuelva: una aventura en la Delegación del Gobierno

El autor recoge la surrealista experiencia de un ciudadano en Delegación del Gobierno: un funcionario dormido, trabas burocráticas y una cita previa imposible para presentar alegaciones en plazo

Un ciudadano que debía realizar unas alegaciones en plazo en un procedimiento administrativo decidió presentarlas en el Registro General de la Delegación del Gobierno en Palma, cosa que le permite la Ley. Al entrar en el edificio de la calle Constitución, pasados unos minutos de las doce de la mañana de un día laborable del mes de mayo, se dirigió al mostrador de información. Allí quería dar cuenta de que se dirigía al Registro, que se encuentra en la misma sala, para presentar el escrito. Pero, acercándose al mostrador, se apercibió de que el funcionario encargado de informarle estaba profundamente dormido, lo que el ciudadano pudo acreditar por su postura recostada y sus audibles ronquidos.

«Perdone», le dijo prudentemente el ciudadano. Pero el tipo seguía roncando. Tras varios «perdone» incrementando el volumen acústico el funcionario despertó sobresaltado. Al explicarle que quería presentar un escrito, el funcionario gruñó indicándole que debía pedir cita previa. El ciudadano, sorprendido, le dijo que no había ningún público esperando en la sala ni en el Registro. El funcionario le contestó que no era posible presentarlo sin cita previa, balbuceando seguidamente algo así como «código», aunque su estado somnoliento le impedía expresarse con claridad.

El ciudadano, estupefacto, salió de Delegación con la idea de que en este país el único servicio eficiente es la Guardia Civil

Al apercibirse de la situación, un amable Guardia Civil que custodiaba el edificio se acercó al desconcertado ciudadano y le indicó se podía pedir cita previa llamando por teléfono o bien empleando el código QR que figuraba adherido a una mampara, aunque que le recomendaba usar el QR porque la gestión le saldría gratis. El ciudadano cumplimentó la farragosa petición de cita previa desde su teléfono móvil, mientras la sala seguía vacía: …Ubicación de la Delegación del Gobierno, datos personales, dirección de correo por partida doble, motivo del contacto…. Al final del proceso telemático, el ciudadano se dio cuenta de que la fecha de la cita previa que le asignaba la aplicación era posterior al vencimiento del plazo para presentar sus alegaciones, por lo que preguntó al funcionario si, dadas las circunstancias y la falta de público, podía presentarlas en el Registro. El funcionario le respondió de mal humor: «no creo que se lo cojan, pero inténtelo».

El ciudadano se acercó a los dos funcionarios encargados del Registro. Uno se encontraba hablando en ese momento con una compañera. El otro estaba totalmente desocupado. El ciudadano le explicó su situación al funcionario que no atendía a nadie y éste, sin mediar palabra, pareció gestualmente aceptar el encargo. Sin abrir la boca, agarró el documento, le dio entrada, y acabó su trabajo en un menos de un minuto, colocándolo sobre el mostrador para que el ciudadano lo retirara con el justificante de Registro ya impreso en un documento aparte. El ciudadano dio las gracias y, sin obtener respuesta, salió de la Delegación del Gobierno estupefacto, con la idea, compartida por muchos, de que en este país el único servicio eficiente es la Guardia Civil.

Esta puede parecer una anécdota graciosa, pero es el triste reflejo de cómo funcionan actualmente nuestras Administraciones. Desde la pandemia, se ha generalizado una práctica en la mayoría de oficinas públicas que hace que funcionarios desocupados se desentiendan de atender a los ciudadanos que les pagan. La cita previa no constituye ya un medio para organizar debidamente el trabajo, o evitar aglomeraciones. Es una forma de espantar a los espontáneos que aparecen y les hacen trabajar. Esta es exactamente la Administración hiperdimensionada que pagamos los españoles con una de las presiones fiscales más altas del mundo. Nada henos avanzado desde que Larra la describió satíricamente en 1833.