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Con el colmillo y la memoria que lo caracteriza, me recordaba el otro día el compañero Julio Martínez, cuando conocimos que Zapatero se iba de excursión a la Audiencia el 2 de junio, que la fecha le sonaba de algo. Vaya si le sonaba. Un 2 de junio se murió el Pana. El Pana torero. El Brujo de Apizaco. Un bohemio como pocos nos ha regalado en los últimos años la tauromaquia y de los que cada vez quedan menos.

Lo dejó con el boleto un toro días antes en Ciudad Lerdo y este 2 de junio se van a cumplir diez años desde que suspiró su último aliento. Qué cosas las del destino. También a Zapatero le llamaban el Pana. Lo dice el juez. Pero más así al estilo compadre. Al estilo bro, que dicen ahora los chavales, que es lo que pareció siempre de ciertos tiranos que nunca cuadraron demasiado en la agenda de todo un ex presidente del gobierno. Qué engañados estábamos. Ahora se entiende la afición por viajar a ciertos países a mediar en ciertos asuntos.

La semana horribilis del Partido Socialista –una de ellas– ha propiciado de nuevo que en los mentideros se hable del atajo hacia la Moncloa que supone la moción de censura. Y digo atajo a sabiendas de que Sánchez utilizó el término con toda la intención del mundo el miércoles en el Congreso desatando los gritos y carcajadas de la bancada de enfrente. Hablar Sánchez de atajos para llegar al poder es del todo sorprendente, no me lo negará nadie. Pero creo, y lo creo de verdad, que la moción de censura que algunos piden y plantean sería la última bala y el último flotador al que agarrarse del presidente. Nadie. Ni él, ni la izquierda política, ni los sedados socios, ni los adláteres mediáticos consentirían el atajo una moción que saliese adelante. La situación post sanchismo, que ya pinta insostenible por todo el terreno quemado que va a dejar tras de sí, sería del todo tóxica, con un ambiente ficticio de usurpación de poder y de golpe de timón que algunos llamarían de estado y que hará de España un polvorín al que uno no quiere ni asomarse. La calle agitada. El clima perfecto para algunos.

A Pedro Sánchez le tienen que ganar las urnas. Si es que le ganan. Los votos. Si alguno quiere que se vaya para no volver, tiene que hacerlo en una noche electoral con su partido preparando el día después sin que tenga margen de maniobra. Lo contario sería enarbolar la bandera del contra todo y contra todos que tanto le ha funcionado. La que tanto anhela y que ya le ha servido en otras ocasiones. Nunca he descartado que Sánchez vaya a intentar volver si un día las urnas lo echan, pero no tendría ninguna duda de que así lo hará si el mecanismo para hacerlo no es el de unas elecciones.

Conviene que el que aspira al poder no meta la pata, que siempre es susceptible de hacerlo. Y conviene esperar porque ya se sabe que cuando el enemigo se equivoca, es mejor no distraerlo. Vienen meses de juicios, de hermanos, de esposas, fontaneros y fontaneras, de secretarios de organización y financiación que ya veremos cómo acaban. Así que vísteme despacio, que tengo prisa.

Y viene Zapatero. Que el 2 de junio se sienta delante del juez por los delitos de corrupción más graves que se le han imputado jamás a un líder político en España, no por lo hecho, que también, sino por quién lo ha hecho. Presuntamente. Aunque en España nos entretengamos y vendan más las cuestiones torrentianas con lumis de por medio.

Parece que Albert Rivera se quedó corto. No había una banda. Había dos. Una de alto standing y otra de burdel de carretera. Y mientras el faro de la izquierda que es Zapatero se va a la Audiencia, los otros seguirán desfilando por los tribunales a explicar sus negocios sucios y escarceos amorosos. Y España ya sabemos que, si puede elegir, elige barro. Por eso igual hasta echan un capote al supervisor de nubes desviando la atención con sus líos de faldas. El genial Pana ya brindó un toro en la México a las «daifas, meselinas, meretrices, prostitutas, suripantas, buñis que saciaron su hambre y mitigaron su sed cuando no era nadie.». Igual Zapatero acaba brindándoselo por apartar un poco el foco del que puede ser el mayor escándalo de la historia de la democracia reciente en nuestro país.