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Al bate y sin guanteZoé Valdés

La espera: política y espiritual

La espera, en sus formas política y amorosa, nos obliga a preguntarnos qué hacemos con aquello que no depende enteramente de nosotros. Esperar puede rebajar o engrandecer; puede reducirnos a la impotencia o enseñarnos una vitalidad secreta. El temblor radica en confundir la espera con la eternidad

Esperar es una de las formas más antiguas y consistentes de sentirse vivos. Antes de que el ser humano aprendiera a levantar ciudades, a escribir leyes o a pronunciar promesas de amor, ya sabía esperar: el regreso de la lluvia, la salida del sol, la maduración del fruto, la vuelta del cuerpo amado, el fin de una amenaza, el anuncio de una novedad, la llegada de una justicia que casi siempre se demoraba demasiado. La espera no es un accidente de la existencia; es una de sus sustancias. Nos acompaña como una sombra que no siempre se ve, pero que modifica la postura del cuerpo, la respiración de la mente y la temperatura secreta del corazón.

Conozco a personas que imaginan la espera como un vacío, como una habitación sin muebles donde nada sucede. Pero la espera nunca se presenta vacía. Al contrario: contiene plenitud de imágenes, de cálculos, de supersticiones, de miedos, de ensayos mentales y de pequeños ritos. Quien espera no está quieto, aunque permanezca inmóvil. Dentro de él se mueven ejércitos. Una persona sentada frente a una puerta cerrada puede estar atravesando, sin moverse, un continente entero de hipótesis. ¿Y si no llega? ¿Y si llega tarde? ¿Y si llega cambiado? ¿Y si la noticia que aguarda no trae alivio sino ruina? La espera se convierte entonces en un mundo o en un país interior, con fronteras inestables y clima propio.

Ese país interior puede ser íntimo, doméstico, casi invisible; pero también puede volverse colectivo. Un pueblo entero puede aprender a esperar con la misma obstinación con que se aprende un idioma. Espera elecciones, decretos, permisos, aperturas, indemnizaciones, amnistías, reformas, renuncias, retornos. Espera que la historia, esa maquinaria a menudo sorda, se digne a cambiar de dirección. Espera su libertad, la que tantos le deben. Y al esperar, el pueblo pierde tiempo: aunque produce memoria, acumula decepciones, inventa formas de paciencia y, a veces, también de rabia.

La política ha hecho de la espera una técnica. Todo poder que se prolonga aprende a administrar el tiempo de los otros. No necesita únicamente vigilar cuerpos, dominar mentes, ni censurar palabras; le basta con imponer calendarios inciertos, trámites interminables, promesas aplazadas, respuestas que nunca llegan. En esa administración de la demora, la espera deja de ser una condición humana para convertirse en un instrumento de dominio. Quien controla el reloj controla, de algún modo, la imaginación.

Las sociedades sometidas a una espera perpetua terminan viviendo en un tiempo suspendido. El porvenir se transforma en promesa, y la promesa, repetida durante años, corre el riesgo de endurecerse hasta parecer una burla. Se promete un mañana luminoso mientras el presente se deshilacha. Se pide paciencia a quienes ya han entregado generaciones enteras al altar de una posibilidad. Así, la espera política se vuelve una pedagogía ambigua: enseña resistencia, pero también puede enseñar resignación; alimenta la esperanza, pero puede acostumbrar al ciudadano a sobrevivir con migajas de futuro.

Sin embargo, no toda espera política significa pasividad. Existen esperas que trabajan bajo tierra, como raíces. La madre que aguarda noticias de un hijo detenido, el exiliado que conserva la llave de una casa a la que quizá no vuelva, el barrio que se organiza con protestas mientras espera soluciones, el preso que cuenta los días sin renunciar a su nombre: todos ellos encarnan una espera activa, una espera que no se confunde con obediencia. En esos casos, esperar no significa aceptar el silencio del poder, sino conservar una medida íntima de justicia contra la versión oficial del tiempo. Estados Unidos prometió la libertad a los cubanos, escapada ahora en una nube de humo que nos vuelven a echar en plena cara.

Si la política administra la espera desde fuera, el amor la incendia desde dentro. Amar es, muchas veces, esperar: una llamada, una carta, un mensaje, una mirada que confirme lo que todavía no se ha dicho, un regreso que nadie garantiza. El amante vive en una temporalidad alterada. Cinco minutos pueden adquirir la densidad de una noche; una noche sin respuesta puede convertirse en una época. El reloj, ese aparato que pretende medir lo mismo para todos, se revela insuficiente ante la ansiedad amorosa. En el amor, el tiempo no pasa: se espesa. Y una promesa devenida posibilidad aviva la llamarada.

Pero la espera amorosa no es sólo sufrimiento. También es imaginación. Quien espera al amado inventa escenas, ensaya palabras, acomoda el mundo para una presencia futura. La ausencia se llena de signos: una calle recorrida juntos, una canción, una copa intacta, una prenda olvidada. Todo adquiere valor de buen presagio. El amor convierte la espera en lectura: se leen silencios, demoras, gestos mínimos, cambios de tono. A veces se lee demasiado. O, se interpreta la nada como si fuera un mensaje cifrado. Y aun así, esa lectura desesperada revela algo esencial: amar es creer que el otro puede modificar el sentido del tiempo.

La espera, en sus formas política y amorosa, nos obliga a preguntarnos qué hacemos con aquello que no depende enteramente de nosotros. Esperar puede rebajar o engrandecer; puede reducirnos a la impotencia o enseñarnos una vitalidad secreta. El temblor radica en confundir la espera con la eternidad. Porque hay un punto maravilloso en que toda espera permanece como confianza, y se convierte en acción, se encumbra para dejar paso a otra forma extraordinaria de libertad.