Engaños, robos y caricias
Margarita (yo siento en el alma una alondra cantar) es José Bono y José Bono es Margarita. Socialistas que viajan en el carruaje de los bandidos y que, quizá algo menos tardos, no ven razón para añadir insulto al robo
Puente, el hombre primitivo, reanuda su campaña contra el Rey. Ma-me-mi-mo-mu decide que las violaciones en Ceuta no se han cometido si las víctimas no se registran en los puestos que la pija promueve. Marlasca niega evidencias y piensa en nuevas formas de sometimiento al moro. Sánchez despliega una inutilidad tan densa, una nada tan conspicua, que al final su imagen de IA ante un escritorio, simulando acción sin piernas, se convierte en símbolo de este verano infame.
Margarita (está linda la mar) se llena la boca de España procurando al contribuyente sesteante un enardecimiento repentino que se agradece mucho si se te pegan las sábanas. El verano nuestro es de siesta larga, y para no empalmar con la noche utilizamos recursos como poner fuerte la música, darle unos empujones cariñosos al durmiente, o buscar a Margarita (el viento lleva esencia sutil de azahar) en un vídeo patriótico que no compromete a nada. Margarita (yo siento en el alma una alondra cantar) es José Bono y José Bono es Margarita. Socialistas que viajan en el carruaje de los bandidos y que, quizá algo menos tardos, no ven razón para añadir insulto al robo. Entonces les recitan a los pobres lo que les gusta, la palabra España, que se diría posee propiedades mágicas.
Brillan en una banda de maleantes que escupe a los administrados y les llama fascistas. Ella los saluda agitando la manita breve como una princesa (las princesas primorosas se parecen mucho a ti), y les suelta una cosa sin sentido pero emocionante: «España, España, España, España, España y España». Lo dice entonando distinto cada vez y simulando una cadencia discursiva. Con ese mero detalle, ya cuenta con el favor de los más sentimentales, para los que la palabra España funciona como la burundanga, que te somete químicamente, pierdes la voluntad y entregas lo que te piden los abusadores. Como decíamos, José Bono era lo mismo pero pronunciando una jota en vez de una ese. Funcionaba exactamente igual, siendo el sometimiento de las bellas almas, que quieren a España de una manera nominal, algo inmediato. Su prosodia es de fácil imitación.
Ponía Bono cara de socialista falangista (no soy mejor que mi padre), convencido de que así cubría la práctica totalidad del espectro ideológico del momento. También repetía la palabra España, creando una apariencia de sentido tan conmovedora como para dotarlo, hasta ahora, de impunidad: «Ejpaña, Ejpaña, Ejpaña, Ejpaña, Ejpaña, Ejpaña». No necesitaba ni la conjunción final de Margarita. Esa jota tenía el efecto de ahondar en algo antiguo e inefable. Iba a las entrañas. Sugería la Dama de Elche y la Alhambra. Despertaba la épica. Cómo sería de fuerte la burundanga de Bono que, siendo ministro de Defensa, se declaró dispuesto a morir antes que matar, una declaración que merecía su inmediata destitución y su envío al severo monasterio de Gerghard, en Armenia. Entre el sometimiento químico de la derecha tierna y el sometimiento voluntario de la izquierda, nos hemos quedado despiertos los de siempre.