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Pecados capitalesMayte Alcaraz

El terror que me relata un ceutí

Cuando madrugan, llevan sus niños al cole, levantan la persiana de su bazar o entierran a sus muertos en ataúdes cubiertos con la bandera española, están haciendo España. Que perezca el mundo, eso quieren en La Mareta, para que así parezca a la vuelta del verano que su veraneante es el salvador europeo contra la ultraderecha

Recibo un mensaje de una persona que vive en Ceuta. Que nació en Ceuta. Que sus padres, sus hijos y sus nietos son caballas. Que ama Ceuta. Que, por eso, ama a España y siente con orgullo su país. Hoy solo haré de intermediaria. Importa más que la lean a ella que a mí. Lo que refiere sucedió hace cuatro días: el 14 de agosto.

«Quiero contarte algo horrible que pasó ayer viernes. Fue enfrente de mi puerta. Escuchamos voces de gente corriendo por nuestra calle. Eran policías secretas. Venían buscando a dos hermanos gemelos yihadistas. Yo permanecí junto a mi puerta. Luego subí a la azotea y empezó la movida. Fue de película. Yo tengo vecinos enfrente. Uno de los yihadistas saltó por las azoteas de las casas. Y se coló por una ventana pequeña de la planta baja de una de mis vecinas. Entonces, escuchamos a los policías gritar que no había salido por ningún lado. Tiene que estar aquí, repetían. Así que decidí llamar a mi vecina para que viniera de su comercio, que tuvo que cerrar, y evitar así que el yihadista entrara en su casa. Ella cerró su negocio, que lo tiene en el centro de Ceuta, vino y entró en su vivienda. Fue cuando el yihadista la interceptó y la agarró por la cintura, mientras los policías daban vueltas por toda la zona. La sujetó diciéndole que no le quería hacer daño. Por favor, tengo hijos, déjame, le repetía mi vecina, yo no voy a contar nada. Un señor que conoce el árabe le habló al delincuente y finalmente la Policía lo detuvo. A mi vecina no le salía la voz. Todos en el bloque estábamos aterrados. La pobre estaba en shock y no le salían ni las palabras. Yo estoy estos días con el corazón a mil. Es una locura. Son pacíficos, pero cuando lleguen las lluvias ¿qué? Yo creo que venderé mi casa y me iré. Qué pena todo esto que nos está pasando».

Mi interlocutor es una de las ochenta y cinco mil quinientas noventa y cinco personas que viven en Ceuta, una más del batallón de perplejos españoles que ha visto cómo Marruecos ha desbordado su frontera enviando a más ciudadanos que los que están empadronados en la ciudad española y el presidente que prometió servirles a lo más que ha llegado es a servirse una caipiriña a orillas del Atlántico. Ha cerrado por vacaciones –pero, sobre todo, por indecencia, la Presidencia del Gobierno. La cuidad es hoy un incesante ruido de sirenas. Y miedo, mucho miedo. Unos y otros la han convertido en el escenario de un juego geopolítico atroz y sus rehenes son compatriotas nuestros, que pagan impuestos, madrugan para trabajar, sufren –como si les estuviera ocurriendo a ellos– con los incendios de la meseta, lloran cuando el volcán de La Palma deja varados a miles de canarios, que el 11 de marzo de 2004 no se separaron de la tele cuando unas bombas mandaron a la tumba a casi 200 viajeros de unos trenes, que pidieron misas por los cientos de víctimas de ETA, que agotan las camisetas de la selección de fútbol aunque no gane y que se echan a la calle para festejarla o celebrar una medalla de bádminton. Nunca piden nada. Ni cupo fiscal, ni amnistías, ni competencias. Por no tener, no tienen ni autonomía sanitaria. Pudieron ser Comunidad Autónoma, con todas sus competencias, pero prefirieron depender de la Administración General del Estado, que tiene obligación de cuidarlos. Y los descuida. Ni los ha arropado con un hospital de campaña. Nada. Su ministra de Sanidad se hace fotos y desautoriza a los médicos de los que insinúa que son xenófobos. ¿Pero no habíamos quedado en pandemia que a los sanitarios hay que hacerles caso? ¿O solo cuando sus reivindicaciones van contra Ayuso o Juanma Moreno?

Los ceutíes no saben si los que han naufragado por sus calles –Interior dice que 5.000, cuando antes había sostenido que 2.000, pero medios marroquíes hablan de 12.000–, olvidados también por todos, portan infecciones, dada la falta de higiene y la escasa salubridad a las que les han abocado su Rey y nuestro presidente. Mucho se habla, y con razón, de las decenas de niñas y jóvenes migrantes que copan las calles sin protección. Pero dentro de las casas de los caballas hay niñas que son mandadas a la península para evitar males mayores: quizá no puedan volver al cole en septiembre. Y esto no es odio al extranjero; es la verdad que la izquierda no quiere reconocer, más preocupada por adular a un dictador con una fortuna de 5.000 millones, doce palacios y que usa a su gente como proyectiles en chancletas contra la frontera española, que en defender a los suyos.

Lo que está ocurriendo en Ceuta, la novia del viento como la llaman sus ciudadanos, es gravísimo. Se llama desistimiento, renuncia, abandono, desinterés, dejación, desistencia. Y no se lo merece su buena gente. Cuando madrugan, llevan sus niños al cole, levantan la persiana de su bazar o entierran a sus muertos en ataúdes cubiertos con la bandera española, están haciendo España. Que perezca el mundo, eso quieren en La Mareta, para que así parezca a la vuelta del verano que su veraneante es el salvador europeo contra la ultraderecha. Pero, créanme, si dentro de ese mundo está Ceuta y Melilla, estamos también nosotros. Soy hija de ceutí: sé de lo que hablo.