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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Tropas en el Líbano… y nuestras fronteras, un coladero

¿Cómo puede llegar una enorme embarcación cargada de inmigrantes a una playa turística de Cartagena e irse de vuelta? Pues porque el gobierno ha renunciado al control fronterizo

Los vídeos de lo sucedido han dado la vuelta a Europa, pues reflejan la perfecta impunidad con la que las pateras salidas de África arriban en España. Los bañistas que pasaban el día en la cala del Barco de Cartagena, cerca de La Manga Club, se vieron sorprendidos esta semana por la llegada a la playa de una lancha semirrígida negra de enorme tamaño, con potentes motores a popa. A bordo iban unas dos docenas de personas, que siguiendo la instrucción de los patrones de la nave –léase los traficantes de seres humanos– se echaron al agua, tocaron tierra y escaparon corriendo, en medio del sobresalto de los atónitos turistas. Algunos de los pasajeros llevaban sus rostros tapados con pasamontañas.

La patera se dio la vuelta y se marchó por donde había venido sin mayor problema ni obstáculo. Según las asociaciones de guardias civiles de la zona, la única embarcación del Servicio Marítimo de Murcia no estaba operativa, por una avería. Cancha abierta. Pero de haber contado con ella poco cambiaría. Según los guardias, las lanchas de los narcos y de los traficantes de seres humanos, que a veces son la misma mafia, corren mucho más que las suyas.

Las primeras víctimas de este coladero son las propias personas que compran un pasaje para llegar a España, por el que pagan más de 2.000 euros (ergo los que vienen no son precisamente los más pobres y necesitados de sus países). El pasado 4 de agosto se supo que 17 inmigrantes habían muerto en una patera que intentaba llegar a Baleares. Estuvo 15 días a la deriva y los supervivientes iban tirando por la borda los cadáveres de sus compañeros de travesía. Al final solo sobrevivieron dos. Una tragedia espantosa. Al día siguiente, murieron dos inmigrantes más en otra lancha con rumbo a Baleares. Son horrores que casi pasan desapercibidos. El año pasado murieron más de 800 personas en las rutas marítimas hacia España. Pero se trata solo de los casos conocidos, las cifras reales son muchísimo peores.

¿Qué está haciendo el gobierno ante esta tragedia y ante el lamentable descontrol de nuestras fronteras marítimas? Pues dar dinero a los países de salida para intentar que frenen el aluvión y poco más. De propina, Sánchez ha fomentado el efecto llamada con su regularización masiva, que ha colocado un gran logo de Welcome sobre España.

Según informa con orgullo el propio Ministerio de Defensa, España tiene 4.000 militares y guardias civiles desplegados en «misiones en los cuatro continentes». Nuestras tropas están en el Líbano, en Colombia, en Irak, en Bosnia, en Somalia, en los Países Bálticos, en Mozambique… Pero donde no están es protegiendo nuestras fronteras frente a unas mafias que desembarcan como les da la gana en las costas españolas. Tampoco se encuentran luchando contra unos narcotraficantes que ya operan con armas de guerra en el litoral andaluz y el Guadalquivir, un enemigo que desborda a unas fuerzas policiales infradotadas por Sánchez y Marlaska.

La Constitución española establece que una de las misiones de nuestras Fuerzas Armadas es defender «la integridad territorial» de España, lo que empieza por proteger las fronteras de la nación, y hoy no está ocurriendo, pues son un coladero.

Nuestros militares son excelentes, muy preparados, disciplinados, con una magnífica capacidad de organización. Se da la paradoja de que actúan en tierras lejanas, o entrenan y entrenan en docenas de maniobras de cara a amenazas futuras, o hacen de bomberos forestales –a Dios gracias–, pero no se los utiliza frente a los enormes desafíos de nuestras fronteras marítimas del sur, donde sufrimos una escalada descarada del narco y el tráfico de personas.

Tenemos 700 soldados en el Líbano, visitados ayer por Margarita Robles. Estoy seguro de que el 90% de los españoles estarían de acuerdo en traerlos mañana mismo a proteger Ceuta y Melilla.