El feminismo contra las mujeres
Desde el caso de la Manada de Pamplona solo se alza la voz cuando los agresores son españoles de origen. No hemos visto a ninguna representante del feminismo oficial denunciar las violaciones de mujeres y niñas a manos de extranjeros
El otro día vi una película terrible, El último mono. Me dicen que escriba el peor guion del mundo y no me sale tan malo. Trata del enfrentamiento entre una influencer feminista y su equivalente «macho alfa». Sobre el papel, tiene mucho potencial: una versión moderna de la lucha de sexos. Pero los guionistas olvidaron que, para que las películas de este tipo funcionen, ambos sexos deben estar representados en igualdad de condiciones. O, en su defecto, si se quiere dar preeminencia a una de las partes, dotarla de inteligencia y verdad. No se cumple ninguna de estas premisas.
Comprobé después que estaba financiada por RTVE. Craso error haber ido a verla. Personajes nada creíbles y discusiones muy alejadas de la realidad. El lector ya habrá adivinado cuál de los dos sexos sale desfavorecido en este filme. Esto me llevó a preguntarme: ¿se puede hacer una película inteligente y divertida en la que salga triunfante una feminista del siglo XXI?
Las propias feministas dificultan considerablemente la tarea. Basta con observar el apoyo que está recibiendo estos días, con motivo de su juicio, Lindsay Clancy, la mujer que mató a sus tres hijos. Sus defensores sostienen que sufría depresión, trastorno bipolar y, en el momento de los crímenes, un brote psicótico posparto. No me interesa tanto dilucidar la verdad de su caso como lo que revela el apoyo que ha encontrado en ciertos sectores de la población.
Por un lado, se reivindica la importancia de la salud mental, la gran olvidada. En eso tienen razón. Lo llamativo es que este argumento no aparezca cuando el acusado es un hombre. Al menos, si se trata de un hombre blanco, heterosexual y nacional. Por otro lado, y en relación con lo anterior, se denuncia la falta de apoyo que recibimos las mujeres durante la maternidad. Esto obliga a preguntarse cómo encaja esa denuncia con el empoderamiento y la independencia de la mujer respecto del hombre. ¿No tendría más sentido reconocer las diferencias naturales entre ambos y el modo en que nos necesitamos mutuamente?
Nos alarmamos ante la crisis de natalidad, pero si me hubieran convencido de que debía ser por completo independiente de los hombres y, al mismo tiempo, de que afrontar la maternidad sin uno a mi lado podía hacerme desear matar a mis hijos, yo no habría tenido los míos.
El caso de Lindsay Clancy es una más de las contradicciones del feminismo actual. Una de tantas, como la que observamos ahora en Ceuta. Desde el caso de la Manada de Pamplona sabemos que el feminismo patrio solo alza la voz cuando los agresores son españoles de origen. No hemos visto a ninguna representante del feminismo oficial denunciar las violaciones de mujeres y niñas a manos de extranjeros. Las noticias sobre estos ataques han pasado a formar parte del paisaje informativo. No abren telediarios ni ocupan portadas, aun cuando su brutalidad exceda con mucho la del caso de la Manada.
En Ceuta, la hipocresía alcanza su grado máximo. Primero se niega que haya víctimas de agresiones sexuales relacionadas con la invasión. Después se niega que las ceutíes salgan a la calle con miedo y siempre acompañadas. Protegerlas exigiría admitir que entre quienes entran en España no solo hay víctimas. Y, en el «piedra, papel o tijera» del victimismo oficial, «hombre inmigrante» –sobre todo si es musulmán– siempre, siempre gana a «mujer».
Hace unos días, La Sexta advertía, alarmada, de que los jóvenes son cada vez más conservadores (¡el mal!). Son creyentes (¡oh, cielos! ¿Acaso los inmigrantes no lo son?). Leen más (¿no nos invitan siempre a los fascistas a leer?) y han dejado de creer en el feminismo oficial. Mi pregunta es: visto lo visto, ¿no sería extraño que lo apoyaran de todo corazón?