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Pedro Sánchez retiró al embajador español en Argentina después de que Javier Milei llamara corrupta a Begoña Gómez y Óscar Puente sugiriera que él consume drogas. También ha roto relaciones de facto con Israel y reconocido unilateralmente a Palestina. Y declaró la guerra diplomática a Italia después de que Giorgia Meloni anunciara el cierre de sus fronteras por la invasión de Ceuta, derivada a la vez de las andanzas de Mohamed VI y de la caótica política migratoria del Gobierno de España.

Tampoco le ha hecho ascos a enfrentarse a Donald Trump, a puentear a Bruselas en China, a enfadar a Argelia o a auxiliar al chavismo hasta el último momento, por recordar algunas de las proezas geopolíticas de este mono con escopeta que en España se ha entregado al separatismo y a los extremismos y fuera de ella se ha movido del eje occidental a las aguas más peligrosas del populismo con acento chino.

Pues bien, tanta energía impostada, con los enemigos equivocados e inconvenientes, se ha transformado en un genuflexo espectáculo de caricias con Marruecos, que lleva como poco seis años metiendo el dedo en el ojo de España entre loas y parabienes de la diplomacia autóctona, con Albares ejerciendo de bufón de la corte de Rabat y el propio Sánchez a las órdenes del vecino sátrapa.

No solo con la invasión de Ceuta, también con la presión comercial contra la ciudad asaltada y su prima Melilla; con el obsceno negocio del tráfico de seres humanos; con el narcotráfico y con la insólita penetración del sector primario marroquí en España y el resto de Europa, a costa de los destrozados agricultores, marineros y ganaderos españoles, atónitos al ver que los mismos que les imponen a ellos unas reglas del juego asfixiantes se las quitan o reducen a sus privilegiados competidores.

Que el mismo presidente que calificó de «violación de la soberanía territorial» el asalto de 80.000 inmigrantes durante la Fiesta del Trono a la mayor gloria de Mohamed dé las gracias a continuación al país invasor y que, desde entonces, en Marruecos se hable oficialmente como casi nunca de «recuperar Ceuta y Melilla», tirando del delirante imaginario del nacionalismo marroquí, coloca las cosas en un lugar inquietante.

El de un presidente humillado y vencido que ha instigado un debate más intenso sobre el papel del Rey de España que sobre las tretas del de Marruecos y que, en lugar de responder al invasor citando a consultas a su embajador, lo ha hecho con el de Italia por negarse a pagar las consecuencias de negligencias ajenas.

En el ámbito diplomático nada es del todo lo que parece, y mucho menos como se cuenta con gafas ideológicas soeces: Donald Trump, por ejemplo, no es un loco encaprichado con Groenlandia; es un presidente lenguaraz que intenta evitar que ese islote estratégico caiga en manos de China y su tráfico marítimo tenga una salida imprescindible para aumentar su hegemonía global.

Pero si alguien se ha saltado esa evidencia ha sido Sánchez: él sí ha prescindido de matices y, por necesidades domésticas y quién sabe si oscuros intereses económicos de sus amigos –hola, señor Zapatero–, no ha dudado en liarse a mamporros con quien haga falta con la misma sutileza que cabe esperar de un elefante en una cacharrería.

Menos con Marruecos, con quien solo falta declarar el Día del Cordero como fiesta nacional, meter el cuscús como menú obligatorio en los colegios y darle, además del Sáhara, Ceuta y Melilla, las Islas Canarias. De momento, mientras se consiente que a Ceuta se le ponga cara de Gaza o de campamento saharaui y Rabat saca de paseo a sus ministros para reivindicar su ficticio mapa marroquí ampliado, el Gobierno se ha limitado a emitir una notita aclaratoria, más que de protesta, recordando que las dos ciudades autónomas son españolas.

Tanta dureza habrá caído como una bomba en Rabat, a buen seguro y a estas alturas Mohamed VI no se está riendo, va a renunciar a su expansionismo y por supuesto va a ayudar a revertir la ocupación de Ceuta, que solo existe para esa caterva de xenófobos, fachas y antisanchistas patológicos que no aceptan la nueva normalidad ni entienden, los muy tiquismiquis, que el pobre Sánchez bata el récord vacacional de cualquier presidente civilizado y haya puesto a La Mareta mirando a La Meca antes de volver a La Moncloa, donde siempre se ha mirado a Cuenca.