En busca del tiempo perdido
En esta carrera por convertirnos en seres cada día más funcionales, el verdadero triunfador será quien sepa asumir las limitaciones de nuestra existencia, se rebele contra la tiranía de la eficiencia y el perfeccionamiento perpetuo y se conceda un momento de tranquilidad en el que no tenga que aprender, producir ni mejorar
La madre de nuestro presidente del Gobierno es, quizá, una santa. Su hijo, un vástago de meretriz.
Dicho lo importante y esencial, pongamos por un momento entre paréntesis la realidad política más urgente. El otro día abrí una noticia de un periódico extranjero y comprobé, con sorpresa, que dentro del texto había un recuadro con preguntas sobre el tema. Bastaba pulsar sobre una de ellas para obtener una respuesta rápida, generada mediante inteligencia artificial, sin necesidad de leer el resto del artículo.
La aparición de este recurso en el cuerpo de una noticia no deja de resultar chocante. Te invita a clamar al cielo con los ojos en blanco, mientras lamentas la progresiva pérdida de capacidad de atención del lector medio. Sin embargo, la prensa siempre ha ofrecido atajos a quien no quería leer una noticia completa: titulares, subtítulos y entradillas condensaban lo esencial; ladillos, destacados y recuadros permitían recorrerla con rapidez. Por no hablar de la vieja costumbre de la lectura en diagonal. Ahora bien, ¿cabe decir que son lo mismo?
Sin la IA, quien no lee completo un texto periodístico sabe –si no se engaña a sí mismo– que su lectura ha sido parcial. La IA invita a pensar lo contrario: presenta la información limpia, cerrada, ordenada y redactada en tono categórico. Es la versión periodística de «los expertos hablan», muchas personas ven en este invento la fuente de todo saber y de toda objetividad. Hasta que preguntan al cacharro por un asunto que conocen a fondo. Al final, y como siempre, la utilidad y bondad de una herramienta depende del criterio de quien la usa.
En todo caso, estos atajos remiten a una escasez cada vez mayor: la de tiempo. Al menos, de ese tiempo tranquilo que evoca la estampa del lector de periódico sentado en su butaca, con un café al lado y un cigarrillo en la mano. A cambio, tenemos muchos momentos en los que el oído queda libre: mientras conducimos, cocinamos, hacemos ejercicio o esperamos. Es el territorio natural de las tertulias radiofónicas y los pódcast, lo contrario de la información breve y aséptica que proporciona una máquina. Personas que conversan, razonan, ríen o se indignan y pueden abordar un asunto en profundidad. Y, contra lo que cabría esperar en la era de la dispersión, triunfan.
Lo que me llama la atención de todo esto no son los cambios en los formatos, sino lo que revelan de nuestro estilo de vida. Con la simplificación de procesos de todo tipo, nos hemos convertido en personas multitarea. Gracias a internet –y más aún ahora, con la IA– podemos, si queremos, aprender a cocinar un plato complicado, presentar la declaración de la renta, preparar una entrevista de trabajo, reparar una bicicleta, crear una página web, iniciarnos en un idioma o comprender un concepto científico que hasta entonces nos resultaba inaccesible. Así, el tiempo que todos estos avances deberían ahorrarnos nunca acaba de aparecer.
En esta carrera por convertirnos en seres cada día más funcionales, el verdadero triunfador será quien sepa asumir las limitaciones de nuestra existencia, se rebele contra la tiranía de la eficiencia y el perfeccionamiento perpetuo y se conceda un momento de tranquilidad en el que no tenga que aprender, producir ni mejorar. Un momento en el que pueda ser, sin más, un ser humano corriente que disfruta de algo.