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en primera líneaJuan J. Gutiérrez Alonso

Ceuta, sus campamentos y el aroma del pasado

La lealtad no es un axioma, se gana o se pierde, y España lleva siglo y medio demostrando –en Guinea, en Cuba, en Filipinas, en el Rif, y ahora en Ceuta– que su compromiso con los territorios periféricos dura exactamente lo que dura la comodidad de mantenerlo

Hay una vieja costumbre española, ya casi litúrgica, que consiste en dejar tirados a los suyos con desprecio e incluso con elegancia de quien parece que no ha hecho nada o no es responsable de nada.

El Debate (Asistido por IA)

Con los matices históricos de cada caso, por supuesto, esto ya se practicó en Guinea Ecuatorial en 1968, cuando Madrid entregó los territorios a Macías Nguema con la misma premura con que se cierra un expediente incómodo, y los españoles que allí quedaron, funcionarios, maestros, misioneros, comerciantes, descubrieron que la patria, cuando conviene, tiene una memoria corta y que eso de las instituciones son un camelo.

Se practicó en Cuba en 1898, donde decenas de miles de peninsulares vieron cómo la metrópoli negociaba su salida en París sin reservarles ni una línea. Se practicó en Filipinas, donde el desastre no fue solo naval sino humano. Comunidades enteras que llevaban generaciones sirviendo a la Corona y agitando las banderas españolas quedaron, de un plumazo diplomático, convertidas en extranjeros en su propia casa.

Y se practicó, con una brutalidad que todavía incomoda citar en los manuales escolares, en el protectorado de Marruecos, donde el desastre dejó claro que la sangre derramada por España en África era, para los gabinetes de Madrid, un coste asumible antes que un compromiso.

Ceuta parece que apunta ya a heredar esa tradición, aunque el método haya cambiado de traje. Ya no se abandona con un tratado firmado a miles de kilómetros, sino que se abandona con la pasividad calculada de quien deja que los hechos hagan el trabajo sucio.

La crisis migratoria de estos años no es que se ha gestionado, sino que se ha promovido desde el BOE y luego ya, se ha dejado suceder. Ahora ya, se explica con la jerga humanitaria que tan bien disimula la ausencia de política.

El resultado, visto con frialdad, se parece demasiado a un experimento que ya sobrevuela en la cabeza de no pocos. Convertir la ciudad, sin decirlo nunca en voz alta, en una suerte de campo de contención permanente, un colchón geográfico entre Marruecos y la Península, donde la responsabilidad se diluye entre Interior, Exteriores y Bruselas hasta que ya no es de nadie. Ya están construyendo los campamentos.

No hace falta invocar a Gaza u otros lugares de la zona para entender la lógica, porque basta con observar que a Ceuta se la trata como territorio de tránsito y absorción, no como ciudad española con vecinos que pagan el IRPF y esperan, ingenuamente, ser tratados como tales.

Y sin embargo, quien pasee por el Estrecho con los ojos abiertos comprobará que la geografía no ha sido injusta con Ceuta. Lo ha sido, en todo caso, quien la administra desde lejos. Basta mirar Gibraltar, ese peñón que Madrid llevaba tres siglos reclamando con más retórica que estrategia y que ahora ha medio entregado también, para medir la distancia entre gestionar un territorio fronterizo con inteligencia y limitarse a sufrirlo.

Los llanitos, sin recursos naturales, sin agua propia, sin más activo que su posición, han construido una economía de servicios financieros, puerto franco y fiscalidad competitiva que multiplica su renta por habitante muy por encima de la española. No lo han hecho por magia, lo han hecho porque Londres les ha dejado hacer, y ellos han sabido convertir la periferia en centro.

Ceuta, con un puerto natural, una posición estratégica sobre el Estrecho equiparable a la de Gibraltar y un potencial logístico y turístico evidente, no parece que aspire a algo parecido. Aspira, según vemos, a ciudad-ong, se le ofrece dependencia asistencial, funcionariado hipertrofiado y una economía de subsidio que Madrid administra como quien reparte limosna: lo justo para que no se note el abandono, nunca lo suficiente para que Ceuta deje de necesitarlo.

Cabe entonces preguntarse, sin demagogia pero sin pudor tampoco, qué debe un ceutí a un Estado que lo trata como frontera antes que como ciudadano, como problema logístico antes que como compatriota.

La lealtad no es un axioma, se gana o se pierde, y España lleva siglo y medio demostrando –en Guinea, en Cuba, en Filipinas, en el Rif, y ahora en Ceuta– que su compromiso con los territorios periféricos dura exactamente lo que dura la comodidad de mantenerlo. Gibraltar decidió hace tiempo que su interés no coincidía con la simple pertenencia sentimental a una bandera, y hoy vive mejor que buena parte de Andalucía y que casi toda la península.

No parece descabellado que, tarde o temprano, alguien en Ceuta empiece a hacerse la misma pregunta que llevan haciéndose los llanitos desde hace tiempo: ¿de qué sirve la lealtad, si nadie la corresponde?

  • Juan José Gutiérrez Alonso es profesor de Derecho Administrativo de la Universidad de Granada