¿Puede seguir en la Moncloa un presidente chantajeado?
O la crisis de Ceuta acaba con Sánchez o Sánchez acaba con Ceuta ulcerando la nación entera donde los filisteos, como anoche en el Nou Camp, trasforman un homenaje a los seleccionados españoles que ganaron el Mundial en una exaltación de la bandera secesionista usando como diosecillo a un menor cual Greta Thunberg con estelada
Cuando su veraneo iba camino de alargarse más que las bodas de Camacho, para lo cual había pensado hacer parada y fonda en Madrid de regreso de Lanzarote para coger ato de abrigo rumbo a Andorra, Su «Saunidad» Pedro Sánchez ha debido deshacer las maletas al comprobar que la realidad le ha estropeado su última escapada con Mohamed VI, en su doble condición de Sultán y Comendador de los Creyentes, planteando una guerra santa sobre Ceuta. Al cabo de un año de aquel otro septiembre gazatí en el que Sánchez incitó a boicotear la etapa final de la Vuelta Ciclista por participar en ella el equipo israelí 'Premier Tech' secundando el rechazo inicial de los bilduetarras, quien sembró vientos recoge tempestades aunque a él le pille bien cobijado en el bunker de la Moncloa.
No en vano, Ceuta puede convertirse en una especie de franja de Gaza tras la ocupación promovida por Marruecos este 30 de julio aprovechando la guerra fría de Sánchez con EE.UU. e Israel, claves en su día tanto en la lucha contra el terrorismo etarra y yihadista, así como para templar gaitas ante el expansionismo alauita. Como botón de muestra, en el gran campamento de emigrantes en que se quiere convertir la ciudad, militares españoles han sufrido en las últimas horas una emboscada por parte de ilegales que ni pudieron repeler ni detener al no ser agentes de la autoridad. Postulándose como némesis de Trump para tapar sus corrupciones, la frivolidad de Sánchez ha dejado la ciudad norteafricana al albur de Mohamed VI. Confírmase así por enésima vez que el apaciguamiento no disuade al agresor, sino que estimula su apetito al recompensar su bulimia.
Se lo invocó aquel septiembre de 2025 la primera ministra danesa, la socialdemócrata Mette Frederiksen, al afearle que hubiera alentado las algaradas que abocaron a cancelar la parada final de la ronda. «Una carrera ciclista –escribió Frederiksen– ha sido arruinada (…) por manifestantes y el deporte ha sido hecho prisionero (…) La democracia nos da derecho a expresar nuestras opiniones. Pero el Parlamento de la calle no tiene nada que ver con la democracia. Destruye el deporte y la democracia». Por ganar aquella batallita de Telediario, Sánchez puede hacer perder a España la guerra en que ha metido de hoz y coz a Ceuta por desatender, frente a enemigos internos y externos, lo que Rubalcaba le aventuró en 2016 sobre la 'Alianza Frankenstein' y por lo que el resentido le retiró el saludo de por vida. «El argumento –declaró– lo conozco: vamos a sentarnos con ellos y acabarán siendo buenos. Pero oiga, cabe la posibilidad de (…) que no te hagan caso».
Tras aquella profecía autocumplida, Sánchez asumió los postulados secesionistas, amén de prodigar medidas de gracia a etarras y amnistiar golpistas tras comprarle al prófugo Puigdemont su investidura tras ser derrotado en las urnas por Feijóo, y se postró de hinojos ante el monarca magrebí tras el hackeo de su teléfono coincidiendo con que los servicios secretos marroquíes detectaran la presencia clandestina en un hospital de Logroño del líder del Frente Polisario, Brahim Ghali abriendo la caja de los truenos con la subsiguiente tormenta sobre Ceuta y Melilla. Atenazada por el separatismo interno y el expansionismo vecino, tanto el País Vasco y Cataluña, de un lado, como Ceuta y Melilla, de otro, pueden ser dominios perdidos. Todo por mor de un presidente que, en vez de usar los instrumentos del Estado para hacer cumplir la ley, resolver los conflictos, garantizar la prosperidad y proporcionar buenos servicios públicos, pervierte el Estado de derecho, coloniza las instituciones, socava la separación de poderes y saquea el erario con una corrupción sistémica que compromete a su familia y a su partido.
En esa tesitura, la cuestión estriba en elucidar si puede continuar en La Moncloa quien se deja chantajear a diestro y siniestro y no responde ante los españoles sino ante unos enemigos que, para más inri, tienen la llave de un candado que no soltarán para no quedarse sin su gallina de los huevos. Para colmo, al no ser posible darle un tajo a ese nudo gordiano como Alejandro Magno en su encrucijada, España es parasitada por quienes causan su agonía lenta, pero irremisible, de no remediarse su letargia.
Como enseña la historia, un mandatario puede ser extorsionado, pero entonces abandona el cargo como, probablemente, fue el caso de Suárez. Bien dimitiendo como el canciller socialdemócrata Willy Brandt en 1974 al revelarse que su asistente Günter Guillaume era agente secreto comunista, bien abdicando, aun desprovisto de poderes ejecutivos, como Juan Carlos I tras colocarse en el disparadero con su amante Corinna Larsen, presta a hacerse cómplice de terceros países. Pero, como tantas otras cosas inauditas en Sánchez, es la primera vez que un primer ministro se somete a chantaje camuflando el abono de pagarés como gesto de valor.
Ante esa dolosa hipoteca, qué interés tienen las pendencias entre los ministros Robles y Marlaska, quienes llevan años sin hablarse, a cuenta de si el CNI informó o no de la «marea azul» de los 72.000 hijos de Mohamed VI, y que tercie Bolaños en favor del segundo en el reñidero. ¿Acaso no callaron porque hay orden de no molestar al sultán por no querer poner el cascabel al gato? O divagar sobre anteproyectos de ley de emigración carentes de apoyos y elaborados bajo la premisa gatopardesca de que todo cambie para que todo siga igual, esto es, peor. O seguir liebres informativas como esa de los galgueros de la Moncloaca de la «ciberinvasión» –remedo del ciberataque esgrimido con la chapuza del Gran Apagón– para atribuir la irrupción a una «injerencia extranjera en redes para dividir a la UE» exonerando a Marruecos. Desde el 11-M de 2004, cada vez que la sombra –como en aquella masacre previa a una victoria cantada del PP– o la certeza –asalto a Ceuta– ronda al vecino imposible del «lejano Magreb de ahí enfrente» tales acciones carecen de autor material o intelectual.
Para desviar la atención, Sánchez emula al déspota Alcibíades cuando seccionó la cola de su hermoso perro arrojándolo a la plaza para que los atenienses divagaran sobre ello en vez de criticar sus tropelías. Con sus malas artes, Alcibíades logró lo inverosímil: sedujo a los atenienses para ir a la guerra contra los espartanos para luego, tras su derrota, pasarse al enemigo, cautivarlo y comandar su ejército contra su patria nativa, donde fue acogido entre aclamaciones.
Sin embargo, la vicisitud de Ceuta ha hecho demasiado evidente la traición de «Alcibíades» Sánchez como para obligarle a suspender sus tornavacaciones en Andorra. No es cosa que España despierte de su siesta estival abruptamente como en la canícula de 1921 tras el Desastre de Annual cerca de Melilla. Esperando en vano el pertinente Expediente Picasso, elaborado entonces por el general de ese apellido, para determinar las responsabilidades en el allanamiento de Ceuta, España afronta este dilema: O la crisis de Ceuta acaba con Sánchez o Sánchez acaba con Ceuta ulcerando la nación entera donde los filisteos, como anoche en el Nou Camp, trasforman un homenaje a los seleccionados españoles que ganaron el Mundial en una exaltación de la bandera secesionista usando como diosecillo a un menor cual Greta Thunberg con estelada.