Spaghetti western in Marinaleda
Sin embargo, el de Marinaleda no es un caso aislado. En muchos otros pueblos de la comarca, que tienen ley y autoridad que vele por su cumplimiento, también verdean azoteas y patios, y por las calles flota un empalagoso aroma a delito
La campiña sevillana, en ese lugar maravilloso entre las provincias de Córdoba y Málaga, junto a la cuenca del río Genil, tiene cierto parecido con los escenarios de los legendarios westerns, salvo por las arboledas de olivos que van poblándolo todo. Desde el altozano de la ciudad de Estepa se domina una extensión sin fin en la que serpentea una estrecha carretera, por la que uno se confunde con el espejismo de los camiones contratados para la última producción italoespañola de Sergio Leone, el gran hacedor de películas baratas de indios y vaqueros. En los remolques transportan unos cuantos caballos convenientemente domados, y en las furgonetas viajan los cámaras, los encargados del sonido y de la luminotecnia, los carpinteros (que en lo que canta un gallo pueden levantar una aldea de fachadas de madera en mitad de la desolación), peluqueros, maquilladores, el realizador, el chico de la claqueta, los actores y los extras, contratados en Antequera, que van a disfrazarse de apaches. Un poco más atrás avanza una furgoneta con las vestimentas y las armas. El destino de todos ellos es un pueblo sin ley, ese paraíso comunista (acéptenme la exageración) llamado Marinaleda.
Una calle custodiada por viviendas humildes recorre Marinaleda de punta a punta. Cuando sopla el viento del Estrecho, algunos matojos rodantes cruzan los pasos de cebra. Sergio Leone se asombra de que todo esté aparentemente vacío, como si los vecinos sospecharan que la banda de Butch Cassidy ronda por los alrededores. Lo cierto es que a ver quién es el guapo que se asoma en plena caló… La caravana de la película pasa por delante de un colosal mural con el rostro en blanco y negro del Che Guevara según el famoso retrato de Alberto Korda. El Che no nació ni murió en Marinaleda, pero eso es lo de menos.
Los extras de Antequera, que ya se han puesto las largas pelucas adornadas con plumas, miran indiferentes las placas de color violeta, porque en Marinaleda todo, todo, es inclusivo, también el mobiliario urbano, que está pintado con toda la gama del arcoíris. La avenida de la Libertad se abre ante ellos como un abrazo materno. Hay pintadas utópicas, un tanto ajadas, en los muretes, sobre el revoco de cal. Aquí y allá ondea la bandera que trazó Blas Infante, junto a la de Palestina, y muchos residentes visten camisetas gratuitas que lucen en la pechera un lema, «Solo el pueblo salva al pueblo», y los rostros sonrientes del alcalde Sánchez Gordillo (con su sempiterna kufiya colgada al cuello), de Fidel y de nuestro amigo Ernesto.
Clint Eastwood, que suda la gota gorda bajo un poncho basto, se sorprende de que en Marinaleda no haya saloon, ni oficina del sheriff, ni enterrador vestido de levita, ni cazarecompensas, ni una calle apropiada para un duelo con colts, ni general store para que los buscadores de oro compren palas y cedazos, ni oficinas bancarias repletas de dólares para que los hermanos Dalton ejerciten sus perfidias.
Que Marinaleda –objeto de deseo de todo revolucionario que se precie, aunque no pase allí sus vacaciones– sea una ciudad sin ley no significa que el pueblo se tome la justicia por su mano. No, allí no hay un árbol del ahorcado. Su anarquismo es mucho más sencillo: por razones políticas, en la amable localidad sevillana carece de policía. Cierto que hay un cuartelillo de la Guardia Civil, pero sus agentes no terminan de estar bien vistos por las autoridades municipales, aunque ya no se calen el tricornio de charol ni se atusen los bigotes espesos.
Que no haya ley, que no haya policía y que los guardias civiles tengan que mirar para otro lado ayuda a que unos cuantos vecinos sumen a la paguita el cultivo de marihuana en los tejados y los patios de sus casas. Al fin y al cabo, de algo hay que vivir. Pero, al caer la noche, cuando llega el momento de preparar la cena, muchos habitantes de Marinaleda no pueden guisar porque la vitrocerámica no tiene fuerza para calentar sus resistencias. El ventilador de la campana extractora gira a la velocidad del caracol y se desaconseja encender al mismo tiempo el lavavajillas y la lavadora, porque saltan los plomos. Tampoco trae a cuenta comprarse un automóvil eléctrico, pues sería un milagro que cargara siquiera un cuarto de su batería tras ocho o nueve horas enchufado a la red.
El origen de tantos problemas domésticos hay que buscarlo en los empalmes ilegales de la ciudad sin ley. Cualquiera, con un poco de maña, es capaz llevarse la electricidad de todos a su cubil para que las plantaciones artesanales de maría den unas cuantas cosechas a lo largo del año. Las farolas titilan, se apagan y se encienden, mientras en muchas terrazas brota un intenso halo de luz amarilla.
Sin embargo, el de Marinaleda no es un caso aislado. En muchos otros pueblos de la comarca, que tienen ley y autoridad que vele por su cumplimiento, también verdean azoteas y patios, y por las calles flota un empalagoso aroma a delito. Los agricultores caseros no quieren formar parte de las cuadrillas que recogen la aceituna ni participar en las peonadas. Es más fácil trapichear con la Administración, que siempre brinda la posibilidad de asegurarse lo necesario para ir tirando. Para lo demás están los enganches a los postes de la luz y la venta de cogollos al por mayor.
- Miguel Aranguren es escritor