Ecologismo zumbado
A partir de ahora, mucho cuidado. Por matar a un niño el gobierno y la sociedad no sólo aplauden el crimen del ser más indefenso del planeta, sino que financian el crimen y se proponen abrir una relación de médicos cuya conciencia les impide colaborar en un aborto
Cuando cayó el Muro de Berlín, derribado desde la zona oriental berlinesa por miles de víctimas del comunismo, huyeron a millares de la gran mentira, de la farsa, y se cobijaron en otros embustes más llevaderos. Muchos comunistas se sintieron engañados y deshabitados y encontraron cobijo, principalmente, en el feminismo radical y el ecologismo «sandía», muy verde por fuera y muy rojo por dentro. Se reencontraron familias separadas por el muro durante decenios, y la hospitalidad y el abrazo de los alemanes libres a sus hermanos recién liberados de la cárcel comunista fue ejemplar. En los parabrisas de los coches Lada del comunismo, se apilaban billetes de marcos que dejaban los occidentales a los orientales y que nadie osaba apropiarse de ellos. Y una curiosidad. En los supermercados de Berlín Oeste, se agotaban a primera hora de la mañana los plátanos. Sabían que existían, pero los plátanos no entraban en los planes quinquenales leninistas, y los hijos de la mentira tuvieron la ocasión de probarlos en su nueva libertad.
El ecologismo «sandía», que nada tiene que ver con el científico y naturalista, se extendió por Europa y el mundo. El camarada animal, el camarada árbol, el compañero mar y el compañero cambio climático. El agujero de la capa de ozono, que llevaba millones de años agujereando la capa, se convirtió en el aliado imparable. La caza fue perseguida, y en determinados países, prohibida, y se sucedían anécdotas irritantes. En Extremadura, un ganadero tuvo que levantar un sector de la alambrada que aseguraba la protección de su ganado, porque un sapo partero que se movía por ahí, «era víctima en sus desplazamientos de la alambrada». Y el comprador de una pequeña finca de dehesa que pensaba construir su casa donde no existía otra cosa que ruinas y escombros de una edificación anterior, no obtuvo el permiso de construcción por un motivo concluyente. «En esas ruinas han anidado dos parejas de mochuelos moteados, y hay que proteger a los mochuelos moteados». Y se quedó sin permiso, hasta que un día, por causalidad o casualidad, los mochuelos moteados desaparecieron.
Ese ecologismo se ha convertido, hoy en día, en un implacable enemigo de la naturaleza. En ese aspecto, el comunismo ha triunfado. No se puede cazar un lobo pero sí asesinar a un niño a pocas semanas de nacer. Ese ecologismo, de sudadera del Che, pantalones piratas, barbacoa incendiaria y chancletas, ha calcinado en los últimos años miles de hectáreas de bosques y sierras en España. Y ahora nos enteramos, y no por Greta Thunberg ni Alberto Garzón, tonto ella y tonto él, que muchos jóvenes ecologistas sufren una nueva enfermedad mental. La ecoansiedad. Un trastorno que psiquiatras y psicólogos han descubierto en las mentes bondadosísimas de muchos imbéciles angustiados por cumplir con los objetivos ecologistas hasta las últimas consecuencias. Y muchos de ellos han decidido no tener hijos para no dejar una huella negativa que afecte a la limpieza climática. Es decir, que además de ecologistas «sandía» son unos lerdos muy blandos en sus resistencias intelectuales. Un nuevo ecologismo zumbado, al que pertenecen algunos ministros de nuestro gobierno, que es, además de perverso, una síntesis de la majadería.
A partir de ahora, mucho cuidado. Por matar a un niño el gobierno y la sociedad no sólo aplauden el crimen del ser más indefenso del planeta, sino que financian el crimen y se proponen abrir una relación de médicos cuya conciencia les impide colaborar en un aborto. Y matar a un lobo que ha diezmado una ganadería y arruinado al ganadero, es acto merecedor de una multa de 2.000.000 de euros y posterior ingreso en prisión. Una locura colectiva. Para colmo, ellos mismos se zumban y acuden al psicólogo. Que me aten esa mosca por el rabo, siempre que no esté penado, naturalmente.
- Publicado en la web de Alfonso Ussía el 28 de septiembre de 2021