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Seat ya no es española, pero pertenece a su universo sentimental, como otras pocas marcas que ayudan a entender una identidad y por ello triunfan: superan sus estrictos intereses comerciales para alojarse en el subconsciente colectivo y ayudar a explicar una época.

Seat es la España que progresó y, de repente, se vio subida a un coche rumbo a una playa y al 78, como si en ese vehículo viajara la transición tranquila y comenzaran los 50 años mejores en tres siglos, ahora interrumpidos por un majadero político rendido dentro al independentismo y fuera a Marruecos.

El fin de la marca, anunciado por su actual propietario Volkswagen, forma parte de una reestructuración global del sector, que se puede llevar por delante decenas de miles de empleos en toda Europa y también en España, no hace tanto puntera, por una única razón: las restricciones al motor de combustión, combinadas con la hegemonía del coche eléctrico chino, hacen inviable o muy difícil mantener las plantas de fabricación.

Es decir, dos decisiones políticas, sustentadas supuestamente en criterios objetivos relativos a la protección del ecosistema, han hundido un sector puntero y a la vez han potenciado la competencia china, que sigue siendo uno de los países más contaminantes del planeta. En otras palabras, Europa se ha dañado a sí misma aplicándose unas reglas del juego que solo benefician a sus competidores, un modus operandi que ya hemos visto, con resultados igual de catastróficos, en el sector primario: ganaderos, pescadores y agricultores son víctimas del mismo intervencionismo que la automoción, sometidos todos a una especie de religión climática que no soporta un análisis serio.

Frente a las fatwas ecologistas, que exigen ciega fidelidad a una especie de nueva religión, prevalecen las evidencias científicas de que la contaminación de los coches de combustión es ínfima, como la de la industria, al lado de la climatización. Y a nadie se le ocurre prohibir el aire acondicionado o la calefacción, que son los mayores responsables de emisiones.

Y frente a la autocensura europea, que parece aspirar a ser una macroreserva de la biosfera, de la demagogia y de la estupidez; arrasa el desarrollismo industrial y tecnológico de potencias que no se aplican las mismas restricciones y colonizan con ello todos los mercados.

La renuncia de Europa a buena parte de su industria, el acoso al sector primario que además de alimentarnos nos define, su galopante retraso tecnológico, su dependencia energética y su infame burocracia, todo ello inmerso en un universo propio blandengue e infantil, está detrás del posible cierre de Seat, un símbolo de una decadencia mayor o peor.

Pero no puede ser que solo la estupidez explique este suicidio por etapas. Tiene que haber algo más y en casa tenemos un indicio: el mismo Pedro Sánchez que se presenta como heraldo de la lucha contra el cambio climático (ese fenómeno que explica la dana o los grandes incendios cuando va a la ONU pero aquí se convierte en una torpeza doméstica del pepero de turno que a él no le afecta) y defiende la reconversión del sector de la automoción con la renuncia al motor de combustión y la apuesta por el eléctrico; viaja luego a China a defender desde allí que Europa rebaje los aranceles a la exportación de su mayor rival y competidor.

Es decir, se alimenta al rival y al mismo tiempo se cercena la competitividad propia, con excusas y mantras de todo tipo que ya no esconden una poderosa sospecha que se resume en una pregunta: ¿Para quiénes trabajan de verdad quienes toman decisiones trascendentes para el futuro de los europeos y, por tanto, de los españoles? No hay que ser muy lince: basta con ver quién sale ganando con todo.