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Sánchez tiene dos registros ante los escándalos, bochornos, sinvergonzonerías y delitos que suceden con él, para él, a partir de él o desde él mismo: el silencio y la indignación, que suelen combinarse.

El silencio es por todos conocidos y consiste en callarse, como si siempre estuviera en algo mucho más importante que cumplir con esa aburrida obligación democrática de rendir cuentas cuando tu partido, tu entorno y hasta tu familia parecen sacados de la serie mafiosa Gomorra.

No me molesten con Adamuz, Ábalos, Cerdán, mi señora, la cloaca, mi hermano, Zapatero o las saunas, que yo estoy a lo importante y voy a revertir el cambio climático, arreglar lo de Gaza y acabar con el fascismo.

Tenemos, por citar sólo el penúltimo ejemplo, a una tipa pagada por el PSOE que contactó con un clan de las drogas para quitarse de en medio a la juez encargada de David Sánchez, el Hermanísimo con menos luces que una sesión de ouija, y que además gastó dinero del PSOE en comprar audios grabados en la sauna del yerno de Sánchez y lo disimuló con inserciones publicitarias en el seudomedio presidido por Rosa Villacastín, tertuliana del régimen en TVE, donde pontifica –no se rían– de política.

En esa escena siciliana Sánchez guarda silencio, como si la cloaca no fuera suya y el hermano tampoco, dejando que el trabajo sucio de blanquearlo lo hagan lumbreras con las dosis correctas de inmundicia y la fórmula mágica del sanchismo, mitad ignorancia, mitad osadía.

Y luego ya irrumpe el segundo registro, igual de indecente y más ocasional porque hasta él mismo sabe que no se lo cree nadie y que enfadarse en lugar de explicarse es en realidad una confesión de culpa: un presidente digno es capaz de ofrecer una alternativa solvente a las sospechas que le acechen, y entiende que en una democracia se rinden cuentas, no se ajustan con los jueces, los guardias civiles, los periodistas y al final los propios ciudadanos.

La penúltima indignación de Sánchez ha sido especialmente memorable: le preguntaron por el procesamiento de su esposa y, apretando los labios y creyéndose Copérnico juzgado injustamente por sus teorías astronómicas, dijo que antes que su mujer era Begoña Gómez, como si el nombre evocara a Simone de Beauvoir, y que ya estaba todo dicho al respecto de su martirio.

Y ya luego siguió perorando de la democracia, en la misma semana en que ha trascendido cómo su partido contactaba con unos mafiosos para asustar a un juez y compraban audios grabados en las saunas de su suegro, con cuyas ganancias él mismo accedió a una coqueta vivienda en Pozuelo, con los que se aspiraba a extorsionar a los clientes de tan siniestro negocio.

Begoña no es Begoña en el asunto que nos ocupa: es la mujer del presidente y por eso mismo va a ser juzgada, al entenderse que los presuntos delitos descritos en el auto de acusación solo pudieron cometerse gracias a esa condición. Si el rector le montó una cátedra, tras acudir a La Moncloa a escuchar la petición; si varias multinacionales se la patrocinaron y si tuvo un asistente pagada por todos es porque era, y es, la pareja del presidente del Gobierno.

La obviedad contrasta con la falsa ira de Sánchez, que en realidad es el cómplice necesario y el beneficiario eventual de los posibles réditos de su esposa: ella no pudo hacer nada sin él, y por tanto él forma parte por acción u omisión del mismo pliego de cargos. Quizá por eso la defiende, ora con cartas de amor, ora haciendo pucheritos: sabe que él está igual de marcado que ella y que, aunque se crean JFK y Jackie, todo el mundo ve en ellos a Los amantes de Teruel. O a Bonnie and Clyde.