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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

El largo viaje desde Felipe González a Adam Smith

Feijóo, que en el último congreso del PP dio por muertos los conceptos de derecha e izquierda, comienza a entonar poco a poco la melodía liberal y patriótica

Feijóo, que sopló las 65 velas el día 10, tiene a estas alturas sus ambiciones colmadas. Ha llegado bastante más lejos de lo que podía imaginar de chavalín en la tienda de su abuela en Os Peares.

Enlazó cuatro mayorías absolutas en Galicia, una proeza política, ha alcanzado la Presidencia de su partido y ha ganado unas generales, aunque el anómalo pacto del PSOE con el separatismo antiespañol lo privó del poder. En el capítulo personal, goza de una vida familiar satisfactoria, con un hijo al que adora, y una situación económica que sin ser de potentado le permitirá vivir bien en lo que le quedé por aquí abajo.

Es decir, para tocar techo solo le falta llegar a la Moncloa (y que el Deportivo gane la Liga). Lo primero es probable, muleta de Abascal mediante. En cuanto a lo segundo… ay, tardaremos en volver a ver un milagrín como el del Súper Dépor.

La edad aporta serenidad. También el hecho de saber que cuando enfilas la última curva de tu carrera los pronósticos te sitúan como el próximo presidente (y más ahora que se ha frenado la fábrica de votos de Sánchez, sobre la que El Debate dio el primer aviso). Ese sosiego le permite a Feijóo hacer confesiones que un político al uso evita. Este viernes, a la vera de Aznar, recordó que se pasó nueve años meditando antes de afiliarse al PP, partido para el que ya trabajaba. Previamente había sido votante de Felipe González.

En su desembarco en Galicia, el Fraga otoñal convirtió al PP local en un partido galleguista. Una suerte de PNV regionalista. Feijóo, el antiguo votante socialista, se educó en esa escuela fraguiana. Aquel galleguismo un tanto socialdemócrata le funcionó muy bien electoralmente en Galicia.

Pero hoy está en Madrid y además la política ha mutado. La vida pública se ha crispado por los impensables desmanes de Sánchez. En Occidente se vive un fuerte ascenso de la derecha y una acerada pugna ideológica entre el 'wokismo' y el retorno a los valores tradicionales. La clase media certifica que pierde dinero y apoyo público, mientras la inmigración descontrolada crea unas tiranteces que solo la izquierda se niega a ver.

Cuando Feijóo desembarca en Madrid en abril de 2022, a fin de salvar al PP tras la comatosa etapa de Casado, era un político regionalista, que de manera ingenua creía que viniendo de Galicia podría entenderse con los nacionalismos centrífugos. Además, pretendía situar al PP en el espectro de lo que en su día representaba el PSOE de González, en la esperanza de captar así a votantes socialistas quemados con el sanchismo. En el último congreso del PP llegó a asegurar que los conceptos de izquierda y derecha están superados (nada más irreal).

Pero Madrid cambia a las personas, porque es la capital de España y una ciudad abierta, donde tienes un trato cosmopolita con mucha gente valiosa. Además, se ha pateado España –varias veces– y el sentir regionalista pierde fuelle ante la evidencia del nexo patriótico que nos une a todos.

Por último, los excesos de Sánchez lo han llevado a entender que aquí ya no basta un «quítate tú, que me pongo yo». Se ha vuelto imprescindible recoser España. Así que ha acabado emprendiendo la ruta de la sensatez, la que lleva a alejarse del PSOE para caminar rumbo a Adam Smith, aparcando de paso los entrañables ensimismamientos en el terruño para sustituirlos por la puesta en valor de gran nación común.

Su discurso de ayer en FAES, muy relevante, dejó ver ese cambio. No es baladí que lo pronunciase al lado de Aznar, el único presidente con un poquito de alma liberal que hemos tenido (y así de bien le sentó a la economía).

Feijóo dijo una serie de cosas que muchos veníamos echando en falta (o al menos las expuso por fin todas juntas). Expresó claramente que hay margen para bajar impuestos. Resaltó que España «necesita recuperar el sentido de nación» (esperemos que eso empiece por evitar todo coqueteo con Junts, ERC y el PNV, y por aplicar las leyes y sentencias sobre el español en las aulas que se incumplen, pues precisamente la Xunta de Rueda ha dado esta semana un paso en sentido contrario de la mano del PSOE).

Advirtió sobre que se necesita «presencia del Estado en todo el territorio». Defendió a la acogotada clase media. Explicó que las sociedades sanas establecen derechos, pero también deberes, y que hay que fortalecer un Estado de derecho, hoy machacado. Incluso se atrevió a soltar algo que el Feijóo socialdemócrata de hace unos lustros jamás habría dicho: «España necesita que trabajar sea indudablemente más rentable que no trabajar», un rejón a la insostenible subcultura del subsidio que ha universalizado la izquierda.

Un buen discurso. Solo se echó en falta una referencia al hondo problema de la ingeniería social socialista, ese Pensamiento PSOE que tanto ha calado. Imposible un cambio real si no se aborda la subcultura de la muerte del mal llamado «progresismo», las leyes de Memoria que imponen una Historia obligatoria so pena de sanción, o la condena del esfuerzo en educación y el rodillo de la izquierda en la cultura (¿va a repetir el PP su error endémico y seguirá subvencionando y adulando desde su gobierno a los artistas y pensadores del PSOE?).

Bajar impuestos, reforzar la unidad nacional, reconstruir las instituciones y dejar atrás el dopaje de la subvención parece una buena partitura. Ahora solo faltan los músicos que la toquen, que no pueden ser histriones con botes de gas pimienta en el Congreso. El PP va a gobernar en unos meses, previo plácet de Vox, y necesita buscar a los mejores, porque el populismo izquierdista va a quemar la calle. Ya están en ello. Por desgracia, los desahucios son un problema endémico. Pero la izquierda solo se acuerda cuando la derecha acaricia la Moncloa.