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Querido joven confuso que tal vez me estés leyendo. Me refiero a ti, al que sientes que el mundo te debe algo, que la sociedad te hurta un presente entretenido y un futuro esplendoroso, al que está convencido de que la acampada en la Puerta del Sol es necesaria y la del Trampolín, humanitaria, al que cree que trabaja de más por menos porque se lo queda un cruel empresario y al que siente una amenaza reaccionaria que acabará con sus libertades y derechos.

A ti, sí, a ti querido perroflauta, dicho con todo cariño y para que nos entendamos: hay otros jóvenes que no creen nada de eso y traducen de otra manera los problemas, buscan responsables reales, no salvan al Gobierno de la quema, no se creen partisanos mientras organizan clases de yoga y asumen que el primer paso para superar cualquier quebranto es el que uno mismo tiene que dar, sin esperar a que alguien le sustituya a cambio de apropiarse de su voluntad política, moral y personal.

Necesitas que alguien te lo diga, estimado joven campista: tus problemas, que existen, no son para empezar tan distintos a los que tuvieron tus generaciones precedentes. No procedes de la nobleza, tu familia es trabajadora, tus padres dedicaron todo su tiempo a currar y a criaros y cada hito que lograron fue precedido de un esfuerzo inmenso, prolongado y lleno de incertidumbres. Nadie lo tuvo nunca nunca fácil y si miras con sosiego hacia atrás y permites que te lo cuenten tus padres y tus abuelos, podrás conocerlo de primera mano.

Desde esa mirada quizá te cueste menos identificar dónde está el problema: acertar en el diagnóstico (trabajo precario, vivienda imposible) pero equivocarse en la terapia siempre agrava la patología y le añade una hipertensión dañina para la salud. Tu empleo está mal remunerado porque entre tu coste real y tu ingreso neto el gobierno mete la mano y, con excusas peregrinas, se queda con una porción que, al añadirle luego el resto de impuestos directos e indirectos, reduce a la mitad el dinero disponible en tu bolsillo.

Añádele que el mercado laboral está intervenido por políticos que lo plantean como un pulso entre vagos y cabrones, que se ha desvencijado el orgullo del oficio por un falso igualitarismo universitario, que el BOE se utiliza como un arma regulatoria incompatible con la flexibilidad en todos los ámbitos y que el Estado intenta sustituir a la economía productiva como principal generador de progreso, lo que equivale a esperar de un ladrón que gestione la Comisaría.

No caigas en la trampa de confundir el Estado de bienestar con el bienestar del Estado y te darás cuenta de que el segundo es carísimo y debilita al primero: todo el mundo quiere vivir del Estado, tú también, pero es el Estado quien vive de todo el mundo. Tampoco piques en otro asunto importante: quienes se centran en redistribuir la escasez solo generan pobreza, solo desde la abundancia es posible progresar, que tengas un buen trabajo y una casa decente.

No te fíes de quien te diga que tu empleo es malo porque tu patrón se forra ni de quien insista en que no accedes a vivienda porque tu abuela tiene dos, un mensaje que juega en la misma liga que los incel, esos tipos raros que creen que no ligan porque las mujeres son malvadas.

En realidad buena parte de lo que pasa deriva de que el gobierno desprecia a la empresa tipo, pequeña y familiar, mientras se entiende con el IBEX 35; porque ha construido menos viviendas que Los tres cerditos del cuento y porque, ante cualquier problema, opta por implantar un enfrentamiento entre aliados convertidos en enemigos para esquivar la responsabilidad propia.

Acampar en Sol para chillarle a Ayuso y Almeida con consignas antifascistas es lo mejor que puedes hacer para que nada se solucione y todo se agrave: estás desahuciando sin querer a todas las Maricarmen de España y a ti mismo, exigiendo que se intensifiquen todas las políticas que te han traído hasta aquí, a cambio de un pañuelo de papel para secarte las lágrimas. Y no estás en edad de llorar, querido amigo, o a este paso te vas a quedar sin perro y la única flauta que vas a oír es la de ese oriundo de Hamelín que ahora okupa la Moncloa. Espabila.