Fundado en 1910
Pecados capitalesMayte Alcaraz

Los jefes de gabinete que vos matáis

Hoy de nuevo el expediente Marruecos vuelve a poner sobre la mesa el papel de los jefes de gabinete. Ceuta está propiciando que los diques salten y los subordinados de los ministros se laven las manos anegando determinados despachos. Hasta llegar al de Moncloa

Ayer pasó por el despacho de la juez Tardón Gonzalo Sanz, ex jefe de gabinete del ex delegado del Gobierno en Ceuta, Miguel Ángel Pérez Triano. Ambos están para exequias políticas, pero se van señalando a sus mayores al confesar que alertaron a su superior –el primero, al delegado, y el segundo, a Marlaska– de la violación de nuestra frontera sur, por lo que abocan a este gobierno a responder por causas penales por omisión del deber. Sanz es el primer miembro del entorno de Sánchez que se ha sentado ante la magistrada, a la que ha entregado el contenido de su móvil, después del relato sin fisuras que hizo el alcalde Vivas sobre cómo se desatendieron sus llamadas previas a la avalancha. Declaración esta que ha motivado que otro jefe de Gabinete, el de Moncloa, Diego Rubio, aquel que defendió en su tesis la mentira como instrumento de poder, haya hecho públicas sus comunicaciones para intentar quitar credibilidad al responsable ceutí. Sin conseguirlo, claro. Sobre todo, porque quien lo hace se marchó a Japón de vacaciones un mesecito mientras Ceuta era agredida. Claro, que siguió el ejemplo de su jefe directo, que cogió también el camino de La Mareta.

Y es que mola tener jefe de gabinete. Es el último paragolpes de un político. Al de Boris Johnson, un tal Dominic Cummings, le cayó la del pulpo por decir que lo de la COVID era cosa de viejos. Vamos, lo que pensaba su premier hasta que él mismo, tan imberbe, se contagió. Al de nuestra añorada Merkel, Helge Braun, lo mandó la canciller a reñir a los alemanes por infectarse de coronavirus sin control. Y los teutones lo querían matar por la reprimenda.

En versión española tenemos casos más cañís: desde Josep Lluis Alay, el lugarteniente de Puigdemont, investigado por intimar en la lengua de Tolstoi con agentes de Putin, hasta la de Irene Montero, que preparaba potitos sin rechistar, a precio de enchufada de alto nivel, mientras la jefa tuiteaba en defensa de Rociíto. El cargo de jefe de gabinete también puede servir para reciclar material averiado, como lo fue el fracasado Jemad José Julio Rodríguez, colocado en la candidatura madrileña a la vera de Pablo Iglesias. La cosecha fue redonda: fracaso al cuadrado para ambos.

Recordemos la presencia del líder del Polisario, Brahim Ghali, en un hospital de Logroño, que motivó el cambio más sospechoso en la historia de nuestra política exterior respecto a Marruecos y el Sáhara. Camilo, Eliseo, Isabel o Susana, cuatro jefes de gabinete, fueron las últimas cocacolas de los ministros de Sánchez para enjuagarse la boca y no vomitar lo que sabían sobre uno de los casos más turbios del mandato sanchista. Y mira que el concurso de dislates es amplio. Camilo, un jefe de gabinete serio y severo, le salió rana a la exministra Laya. Fue sentarse ante el juez y cantar La Traviata. Que a él que le registren, que la que mandaba era la exresponsable de la diplomacia española. Él podía tener decisión para poner y quitar de la agenda a algún pelma pero quien decidía si a un acusado de genocidio se le cambiaba la identidad vulnerando, como poco, la Ley de Fronteras, era ella. La jefa.

Luego vino Eliseo, el cortafuegos de la expresidenta de La Rioja, otro jefe de gabinete –profesión de riesgo donde las haya–, al que también tuvo el juez en sus oraciones por si quisiera repetir la plantilla: mire, señoría, a mí que me registren. Que yo preparé la estancia de Gali en el hospital porque me lo ordenaron los de arriba. Vamos, lo que viene a ser un despeje de libro. El siguiente turno fue para Susana, la ex mano derecha del ministro Marlaska.

Hoy de nuevo el expediente Marruecos vuelve a poner sobre la mesa el papel de los jefes de gabinete. Ceuta está propiciando que los diques salten y los subordinados de los ministros se laven las manos anegando determinados despachos. Hasta llegar al de Moncloa. Allí recuerdan que un presidente francés, al ser señalado por su exjefe de gabinete en un asunto de corrupción, dijo displicente: «Es un hombre muy amargado: lo sé porque lo empleé yo y lo despedí.»