El amor es un milagro
Que nacieran exactamente nuestros padres. Y antes nuestros abuelos. Y antes los suyos. Que se encontraran. Que se gustaran. Que estuvieran en un lugar concreto, un día concreto, a una hora concreta. Que acertaran y que se equivocaran, porque también las meteduras de pata son las que nos han traído hasta aquí
A veces el refranero español alberga más sabiduría sobre la condición humana que bibliotecas enteras consagradas a estudiarla. «En comunidad, no muestres habilidad», toda la vida con la frasecita instalada en mi memoria, advirtiéndome de que, a la misma velocidad a la que destacas en lo que sea, te cae el encargo. Y yo, en mi línea de escuchar siempre antes al corazón que a la prudencia, voy y me pongo a publicar quincenalmente aquí mis cuitas.
Cada vez son más los amigos, familiares o incluso simples conocidos que se acercan a mí reclamándome «palabras» para sus cosas: que le dé una vuelta a esto que les han dicho sus hijos, o sus vecinos; que encuentre la manera de explicar aquello que ellos sienten con absoluta claridad, pero no consiguen poner en palabras... Hasta he llegado a ejercer una suerte de 'ciber-Cyrano de Bergerac' por WhatsApp para un amigo que está conquistando a una bella damisela segoviana con palabras que, técnicamente, son mías.
En este caso, diré que ni él ni yo quisimos nunca llegar a semejante engaño. Todo empezó con un café inocente. Mi amigo me contaba sus desencuentros con su novia. Yo le hacía las veces de consultorio sentimental, hasta que, analizando unos WhatsApps particularmente envenenados, escribí una respuesta suplantando a mi amigo, se desenrocó la situación y, desde entonces, soy su Cyrano.
En fin, que estos pequeños trabajos de escritora clandestina me gustan. Me encajan. Soy curiosa, disfruto de la conexión con mis semejantes y aprendo mucho. Además, ahora que están felizmente enamorados, ha bajado considerablemente la frecuencia de mis servicios. El problema llega cuando se me obliga a sacar a mi Cyrano de su cómodo escondite. Cuando ya no se trata de escribir para otros, sino de hablar yo directamente; de dar la cara y plantarme ante el balcón de la damisela.
Ahí sufro.
Hoy sábado se casa mi hermana pequeña, Pilar, Pili para los de casa. Y me toca hablar.
«Pic, tú escribes, haz un brindis», me pidieron ella y mi futuro cuñado, Jesús.
Confieso que llevo toda la semana pensando qué puedo decirles. Me he empachado de vídeos de brindis en YouTube, pensando en escurrir el bulto con alguna broma. He puesto mi propia vida patas arriba intentando rescatar alguna enseñanza; he mirado de frente las verdades de mi corazón y he intentado destilar alguna receta infalible que pudiera entregarles envuelta para regalo. Y, después de 32 años de casada, todo lo que puedo aportar al asunto es esto: no tengo ni idea.
No alcanzo a encontrar ninguna fórmula mágica para la vida en común, ni para el amor, ni para acertar el camino. Y voy más lejos aún: nadie las sabe. Ni puede saberlas. Porque en la vida todo lo que hacemos es siempre la primera vez.
Esta es la primera vez que veo a mi hermana pequeña enamorada hasta las trancas. Es la primera vez que se casa. Es la primera vez que me toca brindar frente a los invitados como en las películas americanas. Es la primera vez que mis hijos, ya en edades casaderas, vienen a una boda familiar acompañados de sus parejas. De pronto, el futuro sentado a la mesa.
Todo es nuevo porque, aunque no nos demos cuenta, todo sucede una sola vez y lo hacemos lo mejor que podemos.
He descubierto que en la vida no hay ensayos. Estamos siempre debutando.
Una avanza tomando decisiones con lo que tiene: cierta información, la inteligencia que le haya tocado y su pobre corazoncito. Y así vamos: a golpe de intuición, emoción, errores y aciertos. Y con semejante precariedad construimos nada menos que una vida.
¿Se han parado a pensarlo? El libre albedrío ejercido por auténticos novatos.
Los filósofos llaman contingencia a esa inquietante condición de lo que existe pero podría perfectamente no haber existido.
Pero aquí estamos. Precisamente nosotros.
Eso me parece un milagro.
Piensen ahora en la sucesión absolutamente disparatada de acontecimientos, decisiones, encuentros y casualidades necesaria para que cualquiera de nosotros exista.
Que nacieran exactamente nuestros padres. Y antes nuestros abuelos.
Que se encontraran.
Que se gustaran.
Que sobrevivieran.
Que eligieran un camino y no otro.
Que estuvieran en un lugar concreto, un día concreto, a una hora concreta.
Que acertaran y que se equivocaran, porque también las meteduras de pata nos han traído hasta aquí.
Basta con mover una sola pieza de esa inmensa cadena para que ninguno de nosotros existiese. Ni ustedes. Ni yo. Ni mi hermana Pili. Ni su novio Jesús, quienes hoy inician un camino que solo Dios sabe adónde les llevará.
A mí tanta casualidad empieza a parecerme sospechosa.
Llega un momento en que, ante semejante carambola cósmica, una empieza a sospechar que detrás tiene que haber alguien organizando un poco el tráfico.
Y si existir, si entre todas las posibilidades hayamos nacido precisamente nosotros, ya me parece un milagro, encontrarse, entre millones de seres únicos que avanzan por el mundo improvisando, me parece todavía más extraordinario.
Dar con uno.
Uno que te vea.
Y al que tú veas.
Uno delante del cual, en algún momento y sin saber muy bien por qué, algo dentro de ti diga: quiero conocerle. Y que el otro, empujado por la misma extraña enajenación, responda: yo también.
Y entonces empieza ese extraño baile gravitatorio en el que dos vidas que hasta ayer tenían su propio centro comienzan, sin apenas advertirlo, a modificar mutuamente sus órbitas.
Dos vidas completas, cada una con su historia, sus heridas, sus manías, sus miedos y sus sueños, deciden hacerse sitio la una a la otra y afrontar juntas algo para lo que ninguna de las dos ha ensayado.
En fin, que no sé nada de la vida, ni del amor, ni del cosmos, ni del heroico viaje a lo desconocido que supone vivir. Pero sé reconocer un milagro cuando lo tengo delante.
Y hoy, con Pili y Jesús, tengo uno delante.