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En el recuerdoAlfonso Ussía

En espera de subvención

Ahora, a la pobre Maribel, le ha llegado la hora de decir tonterías para que se acuerden de ella. «Nacer mujer, gay o negro, ha sido y será siempre una desgracia». Monumental majadería

Conocí, cuando era una reciente veinteañera, a Maribel Verdú. Era simpática. Muy agradable para tomar una copa inconsistente. Luis María Anson acostumbraba a contar con ella en las cenas de ABC, que tenían el atractivo de lo insólito. 'El Español del Mes' y el 'Español del Año', ésta última, la fetén. Lógicamente, era el propio Luis María el que decidía al español del mes y al español del año, pero lo disfrazaba como «un acuerdo de la Redacción de ABC». No se trata de criticar a Anson, que fue un gran director de ABC y animó el cotarro. Sorprendió que «por acuerdo de la Redacción de ABC» se nombrara 'Español del Año' a Jordi Pujol, pero es fácil escribir a toro pasado.

Fui invitado y no asistí, porque para mí, ya en aquellas calendas, Jordi Pujol, que todavía no había heredado a su papá, ya amagaba traiciones y antiespañolismo, a pesar de su paso por las Milicias Universitarias, el IPS, donde alcanzó la oficialidad. Su fotografía vestido de uniforme y con las botas altas de los oficiales es documento de gran valor testimonial. Pero me estoy liando. Escribía de Maribel Verdú, que ya se desnudaba mucho y hablaba más. Años más tarde se casó con un hijo de Carlos Larrañaga. Como resulta una canallada poner en boca de un fallecido lo que no puede corroborar ni desmentir, me excuso de recordar lo que me dijo al respecto.

Maribel hablaba de fútbol con mucha soltura. Con más soltura que de literatura, arte, política y vida. Ya había rodado algunas películas y su innegable belleza la hacía muy atractiva. Su voz era y es más bonita que la de Penélope Cruz, lo cual no es mérito a resaltar, pero lo he escrito aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid. Compartí con mi mujer y con ella un vuelo en helicóptero desde Niza a Montecarlo. IBM había convocado a sus directivos y empleados sobresalientes en el Principado, y nos contrataron a los dos. A mí, a cambio de una conferencia que me salió de dulce, y a Maribel, como presentadora del acto. Durante el vuelo a Montecarlo, en un aparato idéntico en el que falleció en accidente –se habló de atentado–, José María Aristrain, Maribel se refirió a una circunstancia eventual y puntual que le afectaba. Llevaba unos vaqueros muy apretados, y nos informó que «por el traqueteo del helicóptero la costura del vaquero le estaba poniendo». Me pareció divertido. Más que cuando hablaba de fútbol.

Después de Montecarlo, Maribel se puso de moda en el cine español con trascendencia coñazo. El cine español ofrecía dos opciones para salir en pelotas. La sonriente y la trascendente. La sonriente, en las películas de Mariano Ozores, con su hermano, el gran Antonio, siempre moviéndose por ahí. Y la trascendente coñazo en películas sesgadas y lentas de la Guerra Civil, o los maquis, la injusticia de la vida y esas cosas. Maribel, que por su simpatía podía haber elegido el empelotamiento sonriente, se fue al trascendente, y se convirtió en una más del grupo de la Ceja subvencionada. Las películas de los Ozores, al menos, las producían ellos con su dinero, y ganaron un pastón porque carecían de morbos intelectuales y eran divertidísimas, con Antonio Ozores, Esteso, Pajares, Juanito Navarro, Simón Cabido, Florinda Chico y unas mujeres esplendorosas que se desnudaban con la misma facilidad que las de los coñazos trascendentes.

Ahora, a la pobre Maribel, le ha llegado la hora de decir tonterías para que se acuerden de ella. «Nacer mujer, gay o negro, ha sido y será siempre una desgracia». Monumental majadería.

Si no hay cine a la vista, que se la lleve Carmona de secretaria a Iberdrola.

  • Publicado en la web de Alfonso Ussía el 5 de octubre de 2021