Millones de españoles nos sentimos humillados
Somos infinidad los que sentimos repulsión al ver que se pone la ley en suspenso con Puigdemont solo porque Sánchez necesitaba comprarse su Presidencia 'fake'
El proyecto de autócrata, que se ha visto forzado a convocar elecciones, ha soltado una frase tremenda en su mitin tras el consejo «de ministros y ministras»: «El Parlamento ha dado la espalda a la calle».
Sánchez sostiene así que existe una voluntad popular que se sitúa por encima de la ley y de la sede de la soberanía nacional. Un planteamiento peligrosísimo, preludio siempre de dictaduras, pues es el gobernante quien establece de manera arbitraria cuál es el sentir del pueblo.
No me agradan las políticas del sentimiento, aunque los dirigentes públicos deban guardar siempre un espacio para compasión. Pero a los que sí les chifla el sentimentalismo político es a nuestros separatistas. Si se intenta debatir con ellos de manera racional, una vez que se quedan sin argumentos para justificar su afán por romper España siempre se acogen al mismo tópico: «Ya, pero es que lo nuestro es... un sentimiento».
En nuestra despistada España se habla mucho de los sacrosantos «sentimientos» de los independentistas. Pero nada de los sentimientos de los españoles del común, que padecemos los envites separatistas contra las leyes que nos obligan a todos, que soportamos sus insultos perdonavidas, su cargante y mendaz victimismo, su xenofobia y su bicoca contable a costa de los demás.
Nadie lo dice en alto, pero millones de españoles nos hemos sentido humillados con el perdón a Puigdemont. Ha sido posible por la felonía de Sánchez, que en 2019 prometía con énfasis que traería al fugitivo a rendir cuentas. Por la felonía del desagradable Pumpido, un seudo jurista que ha traicionado a España para servir a su amo y conservar su coche oficial. Y por la felonía de los magistrados de la facción izquierdista del TC, que se han plegado a un enjuague anticonstitucional sin más objeto que comprarle a Sánchez unos escaños necesarios para gobernar sin ganárselo en las urnas.
Ha sido además una amnistía negociada a traición en Bruselas por dos emisarios que hoy sabemos que eran dirigentes corruptos del PSOE: Zapatero y Cerdán.
La catarata de desmanes de ocho años de sanchismo ha creado una coraza de indiferencia. Por eso se ha encajado sin grandes lamentos la desquiciada estratagema de Pumpido, que se ha atrevido a enmendarle la plana al Supremo como si estuviésemos en una satrapía tercermundista.
Millones de españoles nos sentimos asqueados por el regreso de rositas de Puigdemont. Pero ni siquiera PP y Vox lo han denunciado con fuerza. De hecho, algunas voces cínicas del centro-derecha susurran: «Bueno, tampoco le viene tan mal al PP, que así se quita este embolado para cuando gobierne». Una vez más la peor realpolitik, la que se salta los principios.
Puigdemont y Junqueras no son dos políticos aceptables. Son tenaces enemigos de España, con una aversión fanática al país que nos une. Utilizando el dinero público español –su región estaba quebrada–, y aprovechándose de unos cargos que los convertían en máximos representantes del Estado en Cataluña, lo que hicieron fue lanzar un golpe de Estado para romper España. Suplantaron la voluntad real de los catalanes, mayoritariamente contrarios a la independencia. Llegaron a aprobar su República a la brava, poniéndose por montera la legalidad constitucional pese a todo tipo de avisos. Calentaron su desafío con una campaña de mentiras –«España nos roba»– y se dedicaron a poner a parir a nuestro país por todo el orbe, presentándolo como un «Estado represor» y «antidemocrático».
Lo hacían además a través de unas seudoembajadas que éramos tan imbéciles de costear con dinero público del propio Estado que ellos trabajaban para destruir.
Puigdemont y Junqueras hicieron un daño enorme a Cataluña. Provocaron un éxodo empresarial que todavía perdura. Castigaron la reputación de Cataluña, convirtiéndola en un destino laboral antipático y dañando sus ventas y sus oportunidades empresariales. Mintieron a los catalanes, asegurándoles que la flamante República sería reconocida de inmediato por la UE y que la economía florecería como nunca. Sucedió exactamente lo contrario (ay, Junqueras…).
A millones de españoles nos duele que se hayan perdonado los delitos de los golpistas antiespañoles solo para que un ególatra se atornillase tres años más en la Moncloa sin hacer nada. Nos resulta humillante ver cómo el Gobierno de España ha asumido su relato, acusando a los jueces que los frenaron de guerra sucia, obligando al Rey a firmar una amnistía que contradice de plano el discurso de su vida. Nos escuece ver a un exultante Puigdemont, ya premiado por Sánchez y Pumpido, soltándonos desde Waterloo el inefable «lo volveremos a hacer» y alardeando desde su gran victoria sobre España.
Millones de españoles vivimos lo que ha pasado como una afrenta y una derrota. Y es que hay que hacerse una pegunta capital: ¿Qué respeto puede recibir un país que no se hace respetar?