Fundado en 1910

Érase que se era un sultanato remoto e imaginario. El salón del palacio es muy amplio, con un mobiliario que combina modernidad con piezas clásicas y cuadros de colección. El escenario resulta suntuoso, pero una invisible capa de melancolía parece opacarlo todo, incluso los semblantes de una espigada pareja que discute. La atmósfera es de fin de fiesta y posible mudanza. Ni siquiera la feliz situación de que estos días no está el cuñado aporreando el piano en el piso de arriba parece mejorar el estado de ánimo del gran visir Gavilán y su esposa, la legendaria Pichona.

-Pichona (Está viendo las noticias que ofrece la televisión estatal, recostada en un enorme sofá, ataviada con un chándal de diseño y unas zapatillas chonis de noche, coronadas por un pompón rosa. Una noticia le hace dar un respingo. En la televisión oficialista anuncian que su marido va a indultar al exfiscal del sultanato): Cari, acabo de ver lo que están diciendo en tu tele; y oye, me parece como súper mal. O sea, que vas a indultar a este tío y a mí no. ¿Cómo se come esto, ya me dirás…? ¿Por qué no me indultáis también a mí?

-Gavilán (Acaba de llegar de grabarse unos tiktoks promocionales por el desierto con su bici de montaña y está todavía vestido de ciclista y un poco jadeante): Pero Pichona, a veces flipo contigo. Cuesta hasta creer que llegases a catedrática en una de las más eminentes madrasas del sultanato. ¿Cómo coño te voy a indultar si todavía no te han condenado?

-Pichona (arqueando las cejas con sorpresa): Uy, claro, estoy tonta. No había caído en eso. Pero bueno, lo que queda claro que no nos tratas a todos igual en la familia. Para lo de tu hermano lo diste todo. Hasta movilizaste a unos bandidos para que le diesen un buen susto a la tía aquella. Pero conmigo, nada, pasando. Me has dejado más tirada que un dátil pocho que se arroja al suelo del zoco.

-Gavilán (con rictus de cabreo): Oye, un poco de prudencia con lo que dices, que las paredes oyen, incluso aquí. Y de dejarte tirada, nada de nada. Perseguimos al tipo que iba a por ti con todo el aparato del sultanato. Ordené a mis fámulos que lo pusiesen a parir por todas partes. Lo acusé de guerra sucia. Lo denuncié. Hice todo lo posible por amargarle la vida. Lo que pasa es que era un pirado y no se dejó intimidar.

-Pichona (los ojos levemente humedecidos y voz tomada): Lo que tú quieras… pero al final me veo ante el jurado del pueblo; y con el paquete que te tiene a ti la gente voy de cráneo. La situación es tremenda. Yo, pringada en el banquillo. Y tú, que has armado la mundial, que has hecho cosas tremendas, infinitamente peores, de rositas…

-Gavilán (rostro compungido, ojos de cordero degollado y voz queda): Bueno, bueno, no te preocupes, Pichona, que aún queda una salida: hacerte parlamentaria, y así de libras del juicio popular.

-Pichona (con sonrisa de alivio y asintiendo con un alborozado movimiento de cabeza, que hace que se balanceen sus rubias mechas lisas): ¡Ay, qué ilu! ¡Diputada! Eres un genio. Ya se lo decía yo siempre a mi padre cuando le llevaba el papeleo del club y él me decía que eras un paquete. Mira hasta dónde has llegado. Eres el mejor. Diputada, ¡pero qué guay! Y a poco que destaque, pues quién sabe… igual llego algún día a ser la primera mujer visir del sultanato. Si lo has conseguido tú, que eres bastante zote…

-Gavilán (ceño fruncido): No empecemos a provocar, que no estoy para pijadas. De hecho, no sé si saldremos de esta. Estoy calentando la calle y voy a intentar tunear las votaciones, pero aun así la cosa se ha puesto muy chunga… No descartes que nos tengamos que mudar a Rabat, que allí todavía me deben algunos favores.

-Pichona (arrugando la nariz): ¡A Rabat! ¿A taparme las mechas con un velo en las ceremonias oficiales de tu amigo Mohamed? ¿Pero no habíamos quedado en que somos feministas?

-Gavilán (suspirando hastiado de la conversación): Es lo que hay, y punto. Y ahora te tengo que dejar, que son las cinco y no he comido.