Nuevas víctimas, nuevas revoluciones
A la extrema izquierda hace tiempo que se le quedó pequeño el obrero de mono azul, quien además comete el pecado –¡fachapobre!– de votar a Le Pen
«Uno de los problemas de la derecha es que no se moviliza», ¿cuántas veces habremos oído o pensado esto? Es una frase que admite varios matices. El primero, que las manifestaciones «derechistas» suelen ser pacíficas, con poco o nulo eco mediático y muy, muy acotadas en el tiempo (apenas unas horas la mayoría). «Es que la gente de derechas trabaja» no es una excusa, dudo mucho que todo votante de izquierdas ande desocupado sin mejor que hacer. La derecha, cuando ha querido, ha sabido saltarse este obstáculo: recordemos las protestas frente a la sede de Ferraz todos los días a las 20:30, rezo del rosario incluido. ¿Cuál es la diferencia entre ésta y las acampadas, pretéritas y actuales? La reacción del gobierno, ¿o cuántos antidisturbios disparando hemos visto en Sol?
La diferencia principal radica en que nadie fagocita las protestas de liberales y conservadores, ni tampoco sabe cómo llevarlas al siguiente nivel, al que de verdad cuenta: la repercusión en pantalla grande y pequeña, en los medios generalistas y en redes sociales. No es algo que ocurra solo en España, por cierto. En Francia tenemos un fenómeno muy parecido ahora mismo: protestas por un problema real (vivienda aquí, educación allá) vehiculadas por organizaciones que nada tienen de inocente. Y, en ambos países, elecciones a la vista. Faltan siete meses para las presidenciales francesas, más o menos los que habrían quedado para las generales españolas si Pedro Sánchez no las hubiera adelantado.
Merece la pena observar de cerca el caso francés pues, en la medida en que nos lleva décadas de adelanto respecto de la inmigración masiva tercermundista, nos habla de lo que podría llegar a ocurrirnos. Unas protestas que comenzaron, en teoría, por una serie de carencias, se llenaron enseguida de banderas comunistas y palestinas, ¿qué tiene que ver Gaza con la falta de docentes en los institutos franceses? ¿Y qué hace la antiguamente muy anticlerical izquierda francesa desfilando junto a banderas verdes islamistas? La respuesta radica en el término Islamo-gauchisme (islamoizquierdismo), esa alianza pragmática entre la extrema izquierda y sectores musulmanes unidos contra el capitalismo, el imperialismo y la globalización. El rojo pone la calle, los sindicatos, los cargos electos, el aparato y el verde -color islamista- pone la tribu, que cada vez es más numerosa y está más encabronada. A pesar de la enorme inversión en todo tipo de ayudas que llevan recibiendo desde hace décadas, ¿nos suena?
A la extrema izquierda hace tiempo que se le quedó pequeño el obrero de mono azul, quien además comete el pecado –¡fachapobre!– de votar a Le Pen. Necesitaban un nuevo sujeto revolucionario y lo encontraron en el hijo y nieto de inmigrantes, habitante de la periferia. Al islamismo le viene de lujo que se presente su causa como una lucha contra la opresión, y lanzar la etiqueta «islamofobia» cada vez que se proteste contra ellos. ¿Conspiranoia? Miren la etnia de la mayoría de los manifestantes.
El islamoizquierdismo es un acelerador formidable para la tribalización, un elemento fundamental en lo que David Betz bautiza como la nueva guerra civil europea, en los que las sociedades dejan de discutir sobre impuestos o colegios y se empiezan a agrupar por tribus. En España, el grupo mayoritario de extranjeros son los marroquíes. Les siguen Colombia, Venezuela y una larga lista de países hispanoamericanos. La próxima guerra «civil» española será entre hispanoamericanos y norafricanos. Los pocos españoles que quedemos la contemplaremos atrincherados en nuestras casas comiendo palomitas. Si es que podemos permitirnos comprar unas.
De momento, tenemos que contemplar cómo una panda de jóvenes que sólo se representan a sí mismos ocupan la plaza del Sol y ofrecen consignas y recetas para la solución de un problema que afecta a todos los españoles y que, de seguirlas, nos abocarían todavía más al abismo. Eso sí, lo de mencionar que el problema tiene que ver con los cientos de miles inmigrantes ilegales que han entrado es tabú. El inmigrante ya se configura como el nuevo sujeto revolucionario y, por tanto, no se le puede señalar jamás.
Mientras, el paga-impuestos de a pie, a contemplar cómo despedazan el país que heredó de sus padres sin tener voz. Y con la regularizaciones, nacionalizaciones y la ley de nietos, en nada contará apenas su voto.