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Marco Ezechia Lombroso, nacido en Verona en 1835, era el hijo de una pudiente familia judía. Bajo el nombre de Cesare Lombroso se convirtió en un célebre médico y criminólogo. Su gran teoría aseguraba que la maldad viene a ser una cuestión genética. El criminal delinque por tendencias innatas, que según Lombroso se perciben incluso en rasgos físicos del rostro y el cráneo. Para entendernos: la cara es el espejo del alma.

La ciencia actual ha hecho añicos las teorías de Lombroso, por estar mal sustentadas y cargadas de prejuicios. Pero viendo las tropelías de algunos personajes de nuestro circo político, un amigo me suele decir: «Yo soy totalmente lombrosiano, creo que a muchos de estos se les ve ya en la jeta lo que llevan dentro».

Me río con sus comentarios y soy consciente de que Lombroso se ha quedado obsoleto. La experiencia nos dice que existen bellísimas personas con cara de energúmeno y otras de afables facciones que albergan un corazón de curare. Sin embargo, cuando veo al bronco ministro de las carreteras, o al presidente del TC, casi me entran ganas de concederle la razón al viejo Lombroso…

Y es que gasta Cándido, de 77 años, una mirada torva, huidiza, que parece delatar las más aviesas intenciones. En este caso, su execrable práctica seudo jurídica encaja con su aspecto siniestro.

Pumpido es el más fiel fámulo de Sánchez, el encargado de ir dando pasos que faciliten la transición hacia una autocracia y a una España de taifas deshilachadas. El servicial Cándido se ha encargado de enmendarle la plana al Supremo para rebajar las sentencias del mayor robo de nuestra democracia, los ERE del PSOE, y ha aporreado la Constitución a martillazos para encajar la amnistía que necesitaba su amo a fin de comprar el poder sin ganar las elecciones.

Como sucede tantas veces, el altísimo concepto que Pumpido tiene de sí mismo es inversamente proporcional a su valía real. El veterano seudo jurista vendido a los intereses del PSOE sigue considerándose una eminencia del Derecho, como se percibe en la entrevista que ha concedido al periódico sanchista de cabecera. Pumpido se cree Cicerón, cuando es más bien de la estirpe de Catilina, el conspirador contra los pilares de la República romana que fue desenmascarado y frenado por el legendario abogado.

Cándido forma parte de una saga de juristas. Su padre llegó a fiscal del Supremo y su abuelo presidió varias audiencias. Su propio currículo es muy notable: magistrado del Supremo, fiscal general (aunque bajo Zapatero, lo cual constituye un desdoro más que un mérito) y ahora presidente del TC. Pero todos esos oropeles se marchitan porque le falta lo más importante que debe tener un juez o un fiscal: rectitud moral para intentar atenerse a la letra de la ley.

Cándido ha elegido otro camino: desvirtuar su erudición para ponerla al servicio de una causa política. Utiliza sus saberes para enmascarar decisiones injustas bajo una fachada de supuesta legalidad. Su cinismo llega al extremo de que tras años haciendo política desde los tribunales, y hasta alardeando de ello («la toga de los fiscales no eludirá el polvo del camino»), se permite ahora acusar a los jueces de «judicializar la política», debido a que han cumplido con su deber y han investigado la corrupción del PSOE y de la familia Sánchez.

Queda una duda: ¿Por qué ha caído tan bajo Pumpido? ¿Cuál es su móvil? ¿Una fe izquierdista tan profunda que la antepone a cualquier consideración, incluida la letra de la ley? ¿O simplemente se trata de algo más práctico, como seguir disfrutando ya en el crepúsculo de sus días de un cargo de campanillas, con su pompa, su coche oficial y sus 180.000 euros anuales?

No conozco la respuesta. Pero lo que sí sé es que el jurista que se cree un gurú del Derecho en realidad arrastra su losa de descrédito por todas partes. De cuando en vez, ilustres gallegos asentados en Madrid se reúnen a comer, en un encuentro ya asentado. Y algunos, Cándido, han dejado de acudir a esos almuerzos por una razón impronunciable: no soportan verte, no quieren compartir mesa y mantel contigo como si nada hubiese ocurrido cuando es notorio hasta que extremos te has rebajado.

Una pena acabar así tus días. ¿Por qué? ¿Para qué? Perniciosa vanidad, que anula el buen juicio.