Fundado en 1910
Enrique García-Máiquez

Nietos netos

Al daño de Sánchez a nuestra política exterior, a nuestra soberanía, a nuestra defensa, a nuestra convivencia, a nuestra justicia, hay que sumar este estropicio en el mecanismo electoral

Hace nada más que una semana, parece mentira, estaba yo en esta misma página apostando muy fuerte a que Sánchez no convocaría elecciones. Felizmente, me equivoqué. Como profeta no me ganaría la vida: menos mal que soy columnista. Lo curioso es que el artículo se titulaba «Abuelito, dime tú», porque su principal argumento en contra de la convocatoria era que el presidente necesitaba como el comer los votos de la ley de nietos. Sin el censo electoral de residentes ausentes (CERA), no había cera electoral que ardiese. Ni un pábilo vacilante para Sánchez. Lo que yo —mea culpa— no sabía es que el adelanto electoral podía dejar sin efecto práctico la suspensión cautelar del Supremo sobre las inscripciones en el CERA amparadas en la ley de marras. O sea, que el CERA sí tenía mecha. El adelanto maquiavélico complicaba extraordinariamente la aplicación de la cautelar y obligaba al tribunal a resolver contrarreloj. La Fiscalía y la Abogacía del Estado sostienen ahora que no hay tiempo material para revisar los expedientes.

Estos manoseos del cuerpo electoral son lúbricos. Lo que antaño era la fiesta de la democracia está degenerando en orgía. La finta al Supremo dice poco del respeto a la separación de poderes, desde luego, y toda la operación huele a fraude de ley de lejos. Primero se convocan elecciones a toda prisa y luego se alega que no da tiempo a cumplir el auto: nemo auditur propriam turpitudinem allegans. Todavía es más censurable la deslegitimación del resultado que puede producir tanto censo para arriba (ascenso) y para abajo (descenso). Las artimañas con las urnas ya no se hacen detrás de una cortina, sino a los ojos de todos, impúdicamente. Y encima acusan de falta de sentido democrático a quienes advierten de un peligro que hasta el sesudo Supremo ve «fundado, real y serio».

La irresponsabilidad de unos responsables públicos que socavan así los cimientos —el voto a voto— de la democracia es alarmante. La cautelar no impide votar a los nietos netos, los que acreditan el exilio que exige la ley. Permitir votar también a los brutos, quiero decir por acarreo, sin garantías legales y sacando la lengua a las cautelas y a las prudencias del Tribunal Supremo, tiene un coste elevadísimo e inmediato para la confianza del electorado. Llevo desde mi más tierna infancia (1977) siguiendo atentamente todas las elecciones y nunca había palpado en la calle tantísima desconfianza. La han notado, ¿verdad?

Al daño de Sánchez a nuestra política exterior, a nuestra soberanía, a nuestra defensa, a nuestra convivencia, a nuestra justicia, hay que sumar este estropicio en el mecanismo electoral. Hoy, Fiesta Nacional, se abre precisamente el plazo de consulta y reclamación del censo electoral. Una coincidencia especialmente elocuente cuando se está resquebrajando la fe del español medio en que a través de las urnas habla su nación. Como, según las encuestas, Sánchez no tiene españoles bastantes que le voten, ha de tirar de los nietos exteriores y de las comunidades de nacionalizados. Todo indica que una de ellas, la de origen marroquí, le votará en masa.

Cuando se habla de lo que algunos llaman «la gran sustitución», se corre a caricaturizar la advertencia atribuyéndosela a conspiranoicos que imaginan oscuros conciliábulos de conspiradores cainitas. Lo que sucede es más sencillo y peor, más inexorable. Las actuales políticas europeas no favorecen el crecimiento ni la prosperidad ni los sanos principios morales. De ahí que, por un lado, baje la natalidad y, por el otro, decrezca el apoyo de los nacionales a quienes los arruinan. Los políticos, que aspiran a seguir ganando elecciones, se ven en la tesitura de importar mano de voto y expandir pagas y subsidios. Así se va cebando un círculo vicioso de gravísimas consecuencias demográficas. Lo que urde Sánchez es que tenga también consecuencias democráticas. No hay más CERA que el que arde.