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Con Pedro Sánchez siempre hay que ponerse en lo peor. No es una actitud preventiva exagerada; es lo que reclaman los hechos constatados a lo largo de su indecente trayectoria política, escrita siempre desde el abuso, la trampa, la mentira y el fracaso.

La comenzó con una moción de censura espuria, tras cosechar el peor resultado de la historia del PSOE, juntándose a partidos que solo le apoyaron para hacerle cómplice y rehén de su plan destructivo para España: la aritmética parlamentaria no justifica buscar una suma a sabiendas de que solo se logrará a cambio de algo que un presidente decente debe perseguir.

La continuó sumando al Gobierno a un partido que a él mismo, como al 95 % de los españoles según sus propias palabras, le quitaba el sueño y había también que aislar. Pasó de decir eso y de prometer que jamás haría depender la gobernación de España de partidos separatistas a dejarse intervenir, a la vez, por el populismo chavista y el independentismo más feroz de Europa, pagando la factura correspondiente a cambio de los escaños negados por las urnas.

Es decir, aceptó empobrecer, enfrentar y dividir a España, reescribiendo el Código Penal al dictado de delincuentes; los Presupuestos Generales del Estado a la orden de comunistas y la Constitución, por la puerta de atrás, al apunte de ambos a la vez, distintos en su objetivo pero idénticos en los medios destructivos.

El resultado es verificable, por mucha mentira contable que esparzan instituciones colonizadas por un ejército de Tezanos y mucha propaganda barata que difundan los secuaces de Sánchez en la infame RTVE.

España es un país pobre, que subvenciona a amplias capas populares con fines clientelares con el esfuerzo de una parte de la sociedad a la que primero se esquilma fiscalmente y luego se insulta. También es un país en el que, desde el Gobierno, se intenta inocular el odio, para justificar la nefanda pinza nacionalpopulista que encarna Sánchez, el arrogante monigote de sus interventores; y criminalizar a la alternativa, presentada como una recua fascista frente a la cual todo ha de estar justificado.

Y España es además un país antidemocrático, en el que un Gobierno débil ataca ferozmente el ecosistema inherente a un Estado de Derecho para acabar con la separación de poderes y sintetizarlos todos en uno; derribando todos los controles genuinos para perpetuar un poder inútil y lograr una impunidad obscena.

Sánchez le debe el cargo a un terrorista, un prófugo y un golpista, y ha sido capaz incluso de la bellaquería de sacar de prisión a terroristas para garantizarse el apoyo de uno de los tres miembros de ese trío calavera; todo ello mientras su entorno político y familiar más íntimo saqueaba las arcas públicas, se montaba negocios o se enchufaba en la Administración.

Si alguien que no tenía sombras penales fue capaz de hacer todo eso, y más, para llegar al poder, ¿cómo no va a estar dispuesto a lo que sea para mantenerlo y salvar su pellejo y el de los suyos de la miríada de reprobaciones, juicios y condenas que sus actos exigen? Temer que Sánchez infle el censo, meta mano en el voto por correo y adultere las elecciones no es, pues, una simple opción a barajar con discreción en la intimidad: es una obligación pública genuinamente democrática. Todo lo que era imposible que alguien hiciera, él lo ha hecho. ¿Por qué no esto también?