Fundado en 1910

Mary Anne MacLeod nació en las remotas islas Hébridas escocesas, en un hogar donde se hablaba en gaélico. Allá vivió hasta que a los 18 años emigró a Estados Unidos. Mary Anne era la madre del presidente Trump, cuyos abuelos paternos eran alemanes.

La historia se repite con importantes mitos estadounidenses. La neoyorquina Rita Hayworth, la bellísima Gilda del guante sensual, figuraba en su acta de nacimiento como Margarita Carmen Cansino, la hija de un bailarín andaluz, Eduardo, nacido en Castillejo de la Cuesta. Los padres de Sinatra habían llegado de Italia. Los abuelos de Bob Dylan fueron judíos que huyeron de los pogromos de Odesa. John Ford, el genio del cine del Oeste, era hijo de un irlandés de Galway. El padre de Andy Warhol, emigrante eslovaco, se llamaba Andrej Varchova, y su hijo acabó adaptando el apellido a una versión anglo. Conocidos son los ancestros irlandeses de JFK, o que el padre de Steve Jobs era sirio, o que los abuelos de Spielberg eran judíos ortodoxos ucranianos.

¿Qué hicieron esas familias y sus descendientes cuando llegaron a América? Pues abrazar el espíritu del sueño americano y los valores de la República a donde se habían ido en busca de una vida mejor. El enorme país que acabaría siendo la primera potencia mundial se forjó como un crisol de gente llegada de todas partes. ¿Por qué funcionó? Pues porque la inmensa mayoría de los recién llegados se hicieron patriotas estadounidenses, incluso sin necesidad de explicitarlo, o sin ser del todo conscientes. Los unió el idioma inglés, las bases constitucionales de la joven República, que tanto admiraron a Tocqueville, y un indómito espíritu de libertad. Estados Unidos era el país donde podías convertirte en capitán de tu destino y aspirar a lo máximo desde lo más bajo (ahí está Elvis, que nació en una mísera cabaña sureña de tablas de madera, o Henry Ford, vástago de unos granjeros de Michigan).

Los países más operativos y triunfadores son aquellos en los que su sociedad, al margen de las particularidades locales, está fuertemente unida por un modelo político, una cultura, una historia compartida y una lengua que los unen a todos. Es muy revelador que los separatistas contrarios a España, que tanto abogan por sus hechos diferenciales, lo primero que hicieron al gobernar en sus regiones fue tratar de anularlos internamente (véase como el PNV y Pujol pasaron sus rodillos nacionalistas sobre Álava y Tarragona).

En España se da una particularidad que nos diferencia de otros países europeos: la izquierda es antipatriótica. Está más cercana a los separatistas antiespañoles que a quienes abogan por una nación unida. El resultado es que existen dos Españas, una que quiere a su país y otra que cree que ese sentimiento viene a ser un resabio franquista que se debe dejar atrás.

Esta dicotomía se ha puesto de manifiesto en la manera antagónica en que Sánchez y la Corona celebraron el 12 de octubre, Día de la Fiesta Nacional. Sánchez resaltó: «Hay muchas formas de vivir esta España nuestra, porque somos muy distintos y eso está bien». El mensaje de la Casa Real resaltaba precisamente lo contrario: «Hoy celebramos todo aquello que compartimos y nos une como país». A la hora de destacar aspectos valiosos de España, Sánchez no se refería por supuesto a su formidable pasado imperial, ni mucho menos a su obra evangelizadora, ni a la maravilla y poder del idioma español, ni a Cervantes, Gracián, Góngora, Velázquez, Goya, Cristóbal de Morales, Tomás de Victoria, Falla… Para Sánchez, lo único que cabe resaltar de España en el 12 de octubre son las leyes de ingeniería social de su gobierno, a las que llama eufemísticamente «derechos».

¿Quién tiene razón, el que cree que un país debe permanecer unido o el que apuesta por que seamos muy distintos (y elige como aliados preferentes a dos partidos que dieron un golpe contra España y otro fundado por una banda terrorista separatista)? En las calles de Ceuta se vio el clamoroso veredicto de los españoles: Felipe golea a Pedro. Los Reyes han sido aclamados de una manera sensacional y son bien recibidos en toda España. Sánchez no puede ni entrar a un bar a tomarse una Fanta, so pena de que lo insulte hasta la máquina tragaperras, y vive encapsulado en su burbuja de seguridad y adulación. Al final, y como siempre, Roma no paga a traidores.