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En los turbulentos años de las repeticiones electorales, y cuando Pedro Sánchez, en enero de 2015, ya había fulminado a Tomás Gómez y colocado al profesor donostiarra Ángel Gabilondo como líder socialista en la Comunidad de Madrid, tuve la oportunidad de charlar con él en una entrevista en la que reivindicó el diálogo entre los dos grandes partidos, en concreto entre Rajoy y Sánchez, y trazó como líneas rojas el apoyo a la Constitución y la defensa de la integridad territorial de España que su partido no tendría que cruzar jamás. Yo le creí: construyó un discurso de consensos, de acuerdos, de políticas para la gente, de no vetar a nadie, de gestión destinada a adultos y no a los tardoadolescentes de Podemos, a los que curiosamente su partido metería con los años en el Gobierno de España. Cuando le interrogué sobre la caída de Sánchez vaticinó que «de alguna manera encontrará su camino». En eso acertó el que había sido hasta entonces soñado candidato socialista, al que no logró convencer Zapatero para trasladarlo a Madrid, y solo pudo nombrarlo ministro de Educación. Justo es decir que buscó desde esa cartera un gran pacto de Estado educativo con el PP. Tampoco pudo ser.

Era un «decano profesor de la vieja escuela de la política». Pero inopinadamente, Sánchez logró convencerle y terminamos viendo a un catedrático de Metafísica —él sí, no como Begoña— en el avispero de la FSM. Y así salió todo, claro. Nadie daba un duro porque ese matrimonio entre la política del barro del líder socialista y la personalidad académica de Gabilondo terminara bien. Hasta su hermano, Iñaki, le desaconsejó entonces que entrara al trapo. Pero lo hizo. Cuando lo supe volví a plantearme, como en otros casos, cómo es posible que alguien que había conocido la gloria académica, que había sido rector de la Universidad Autónoma, se dejara engañar por los cantos de sirena o, más bien, de un bucanero como Sánchez para terminar de hundir su carrera profesional. Así fue seleccionado por el Gran Timonel para encaminarse al precipicio, donde le aguardaban Miguel Sebastián, Cristina Almeida, Pepu Hernández, Trini Jiménez, y todos los caídos autonómicos y municipales del socialismo madrileño, desde que Juan Barranco, un buen alcalde que sucedió a Tierno Galván, firmara el epitafio socialista en la capital, seis años antes de que lo hiciera Joaquín Leguina en la Comunidad.

Se presentó tres veces a las urnas, pero en 2021 ya ni siquiera recogió su acta de diputado en la Asamblea, tras la debacle electoral del 4 de marzo en la que su partido obtuvo el peor resultado electoral de la historia, lo que le relegó a la tercera posición, tras Ayuso y Mónica García. Aquellos comicios adelantados se llevaron por delante a Pablo Iglesias y a Gabilondo, pero la toxicidad sanchista no les alejó del todo de la refriega. El primero montó una pyme familiar para seguir cobrando desde el machito conyugal y el segundo terminó de Defensor del Pueblo. Aquellos días de su traumática salida, el exrector fue ingresado en el Hospital Ramón y Cajal, de donde salió pronto. Allí le visitó Ayuso. Todavía entonces había educación y consideración al rival, se guardaban las maneras.

Como Defensor, una institución que eligen Congreso y Senado, y que sirve, en teoría, para defensa de los derechos de los españoles, lleva cinco años y su mandato expira el próximo 16 de noviembre. Aunque ha mantenido un perfil bajo, lo cierto es que siempre ha estado en primer tiempo de saludo para Moncloa. Y ahora lo ha demostrado dando un puntapié para cargarse el tablero democrático. Su última e indecente cabriola ha sido presentar un recurso de amparo ante el TC al considerar que la decisión del Supremo de paralizar el voto de 160.000 nacionalizados al amparo de la «ley de nietos» vulnera sus derechos fundamentales. Así que, atendiendo el deseo de Sánchez y Bolaños, encorajinados por no haber colado por la puerta de atrás a esos nacionalizados para que puedan votar el 29 de noviembre, ha pedido a la Corte de Garantías, presidida por Pumpido, medidas cautelarísimas para que esas casi 200.000 personas participen en las urnas. Curioso: en quince años el Defensor del Pueblo solo ha acudido al TC por la vía del amparo en dos ocasiones, incluyendo esta. Y en 43 años, se han presentado apenas 16 recursos. La propia doctrina del Constitucional exige haber agotado las vías previas antes de admitir el recurso. Y eso no ha ocurrido en el presente.

Gabilondo ha firmado un fraude procesal de libro y no ha dado ni una sola explicación. La trayectoria vital de una persona no se borra de un plumazo, pero, tacita a tacita, el filósofo ha dilapidado gran parte de su prestigio. Que le haya valido la pena solo le compete a él decidirlo. Este último servicio a un régimen moribundo sería explicable en un Patxi o en un Cerdán. Es más incomprensible en un científico intachable.

Pero, ya saben, si nada como un pato, anda como un pato y grazna como un pato, probablemente sea un pato. Un pato togado, pero un pato, al fin. Y tan cojo como al que sirve.