Fundado en 1910

Federico Jiménez Losantos, de verbo acerado e ingenio muy agudo, a sus 75 años tiene su brillante carrera más que hecha. No necesita que lo defiendan, y menos un gacetillero de clase media como yo. Pero aun así, voy a hacerlo, porque lo están crujiendo en las redes sociales en una polémica absurda que vuelve a demostrar que en España los apriorismos ideológicos se imponen a los hechos.

Jiménez Losantos tiene un par de ventajas que no se estilan en la España actual: ha leído más libros de los que cabían en la legendaria Biblioteca de Alejandría y ha ejercido siempre su libertad, expresando sus opiniones con una independencia que le ha costado hasta algún empleo de campanillas.

Su perfil lo completa un humor tan faltón como irresistible, aunque a veces se le va la mano. Si hubiese contenido un pelín el vitriolo mortificante se habría convertido sin duda en el comunicador radiofónico top de España. Pero a veces el fuego satírico le puede, lo cual contrasta con sus exquisita educación y gratos modales en privado.

Hijo de una familia de maestros, estudió con beca y es un ejemplo de intelectual y periodista que ha firmado una gran carrera con las únicas armas de su potente cabeza y su laboriosidad trabajólica. Comunista en el final del franquismo y socialista después, superado el despiste juvenil se convirtió en uno de los más eficaces críticos de la utopía comunista, pesadilla que siempre acaba mal y que ha denunciado en ensayos harto esclarecedores y superventas.

Cuando su independencia le costó su nómina en buenas casas, Federico tuvo los redaños de montar su propia radio y periódico digital y huelga decir que le va estupendamente.

Y ahora vamos con la polémica. En una de sus disertaciones en su programa de radio, Jiménez Losantos apuntó, a su chispeante estilo, que los ministros de Franco estaban mucho mejor preparados que los de Sánchez, a los que tachó de «analfabetos», y destacó que en aquella etapa «la meritocracia era fundamental».

Jiménez Losantos tiene razón en la idea de fondo que apunta, al margen de cómo lo dice (en realidad en el pésimo Gobierno de Sánchez no todos los ministros son «analfabetos», sino que hay algunas excepciones). Pero basta que nos hagamos una pregunta para demostrar el acierto general de su tesis: ¿Habrían sido ministros de Franco eminencias como Ione Belarra, Irene Montero o Iceta? Evidentemente, no. Medianías sin currículo alguno, como las dos primeras, o un ignaro sin estudios, como el segundo, no habrían pasado el cedazo de los gabinetes del franquismo.

Por supuesto Franco también tuvo algún ministro tarugo o vivales. Pero la media de preparación de los integrantes de sus gabinetes supera claramente a los de Sánchez. Eso es así, por muy políticamente incorrecto que suene. Manuel Fraga era catedrático de Derecho Político con 25 años y poseía un coco como una apisonadora. Licinio de la Fuente, en cierto modo el padre de nuestra Seguridad Social, era hijo de unos modestos agricultores toledanos y destacaba tanto de niño que las fuerzas republicanas quisieron llevarse a aquel prodigio a estudiar a Moscú. Acabaría formándose a golpe de beca y se convirtió en abogado del Estado.

Los famosos ministros López del desarrollismo habían sido los tres premios extraordinarios o los mejores de su promoción. Cruz Martínez Esteruelas fue un erudito, autor de doce libros, y abogado del Estado. Fernando Suárez, que murió hace dos años, obtuvo el premio extraordinario de fin de carrera en Derecho. Lora-Tamayo era un importante científico y catedrático… y no sigo por no aburrir.

No voy a aromatizar el franquismo con agua de colonia. Pero tampoco se puede pretender que en sus cuarenta años no se hizo nada bueno, o que no contó en sus filas con españoles valiosos y eminentes. Hoy somos rehenes de unas leyes censoras de falsa Memoria, que nos obligan a mirar al pasado con anteojeras y que se cepillan hasta la libertad de cátedra.

El pasado hay que mirarlo con serenidad, datos y haciendo un esfuerzo científico por buscar la verdad. No anteponiendo a todo estudio nuestra particular plantilla ideológica para amoldar los hechos a nuestros prejuicios.