Fundado en 1910

Cartas al director

Vivir sin pedir perdón por ser piel vieja

Se acabó la dictadura del deseo «hot» impuesto y el consumo disfrazado de felicidad. Una revolución silenciosa crece entre mujeres que, con años a cuestas, una independencia económica limitada y mucha vida recorrida, deciden reconquistar su cuerpo, su placer y su tiempo.

La respuesta del sistema es predecible: juzgar, etiquetar, sentenciar. Pero esta retirada de la hipersexualidad, en una sociedad «pornificada», no es una derrota de «viejas pobres»: es una elección libre. Un acto de dignidad que afirma: no soy recurso, ni capital erótico, ni decorado para nadie.

Aquí, el placer no es una obligación ni un lujo: es presencia y sensualidad. Es caminar desnuda por una playa al atardecer, sin filtros ni testigos. Es redescubrir una sensualidad íntima, profunda, sin catálogo, sin mirada ajena que dictamine.

No es nostalgia ni queja: es resistencia pura. Porque cuando el mercado traduce cada deseo en mercancía, elegir el disfrute propio —aunque sea discreto y económico— es profundamente subversivo.

Mi cuerpo no se alquila. Mi vida no se vende. Y mi placer, aunque sin lujos, es mío. Solo mío y de con quien yo decido compartirlo. No me digas que es «consuelo de pobres»: eso es lo que esperas, que me avergüence de mis arrugas, de mis canas, de mi peso y de mi situación de «no triunfadora» y de «no deseosa de ser deseada». Y no lo haré. Ni ahora, ni nunca.