Cartas al director
Burriciegos
Embisten y cornean y los facinerosos no somos buenos recortadores ni forcados.
El Zerolo, de 1870, definía como burriciego al toro defectuoso de ojos, ya sea porque ve mucho de cerca o poco de lejos, o viceversa.
Lo escribió Félix de Azúa en el prólogo de El dios que fracasó:
«Justificar la mentira, la deshonestidad o el crimen, compartir una fe gregaria y estar en posesión de la única verdad me parecen elementos totalitarios que no han variado ni un milímetro desde 1950. Incluso entre tanta gente que se cree demócrata».
Es fácil seguir el día a día de los que apoyan o denigran al clan del Peugeot, a los autoproclamados progresistas, taxónomos de yo me lo guiso y yo me lo como, e identificar a los que siguen en el machito.
Desde el desconsolado García Montero, viudo de Grandes, a sueldo de Sánchez, con las cosas de comer no se juega, a los de la ceja que no tardarán en salir en tromba en defensa de Bambi, aquel aparente bobo solemne.
«¿Imaginan el goce que sentiría al caer en manos de una patrulla de milicianos jóvenes, armados y -¡mmm!- sudorosos?». Si esto no es suficiente para descalificar a la Grandes, q.e.p.d., qué necesitan los ciegos que no quieren ver y los sordos que no quieren oír.
¿En los burriciegos de la ceja lo de ver y oír será cosa de la edad, que no perdona, o de hipócritas intereses?