Cartas al director
¿Marruecos, enemigo y Argelia, aliado?
Como tantos españoles asisto con tristeza a la pasividad del Gobierno ante lo que parece haber sido un simulacro de invasión de Ceuta por parte de Marruecos. Tristeza, pero no sorpresa: tras ocho años de sanchismo, los españoles apenas esperamos nada de este gobierno.
Marruecos ha dejado claro que considera Ceuta y Melilla parte de un supuesto solar ancestral marroquí y cuestiona abiertamente su soberanía española. La cuestión no es histórica, sino política: ambas ciudades son españolas desde hace siglos, y pretender alterar su situación mediante presión política, migratoria o mediante guerra híbrida constituye una reivindicación territorial en toda regla.
Frente a la asertividad y resolución de Marruecos, España aparece debilitada, con un gobierno que ha deteriorado alianzas tradicionales más preocupado por su supervivencia política que por defender los intereses nacionales. No podemos permitir que nuestra prudencia sea interpretada como debilidad.
España debe enviar a Marruecos una señal inequívoca de fortaleza: el Rey debe visitar Ceuta y Melilla, las Fuerzas Armadas deben disponer de los medios necesarios para garantizar su defensa y hay que reforzar sus infraestructuras y fronteras. No para provocar a Marruecos, sino para dejar claros los límites infranqueables.
Además, España debería reforzar su relación con Argelia. Es un importante socio económico y energético y el principal adversario regional de Marruecos. El Gobierno de Sánchez ofendió gravemente a Argelia con su cambio de posición sobre el Sáhara, pero las relaciones han mejorado gracias, principalmente, a los empresarios españoles y argelinos que han mantenido abiertos los canales de cooperación.
Marruecos es nuestro vecino y debemos mantener con él las mejores relaciones posibles. Un país que reclama abiertamente la soberanía de dos plazas españolas debe ser contenido mediante diplomacia y disuasión. Argelia, en cambio, ha demostrado históricamente una considerable lealtad hacia España y puede ser un socio estratégico en el Mediterráneo occidental.
La política exterior debe responder a los intereses nacionales. Hay uno que debería estar fuera de toda discusión: Ceuta y Melilla son España y debemos defenderlas.