Cartas al director
La coartada humanitaria
El abandono de Ceuta no es un accidente administrativo, sino una decisión sostenida en el tiempo. La ciudad arrastra desde hace décadas el paro más alto del país y unos servicios públicos en precario, sin merecer nunca un plan de choque. Bastan, en cambio, unas semanas de repercusión mediática para que el Estado descubra su capacidad de reacción.
De ese contraste nace una sospecha: la compasión pública se ha vuelto un cálculo de visibilidad. La solidaridad se destina donde rinde, no donde duele. En ese reparto el ceutí es el último, por previsible, por no dar titulares. Se decreta la emergencia para lo que no se supo evitar y se llama normalidad a lo que nunca se quiso resolver.
Ahí reside la hipocresía humanitaria: un Estado que mide la dignidad por la repercusión que produce. No se le pide que desatienda a nadie; se le pide simetría. Que Ceuta deje de ser la partida de ajuste con la que se financia la buena conciencia ajena.
Quien solo repara en sus fronteras cuando se desbordan no protege: administra el olvido. Y enseña a los suyos que la pertenencia no otorga derechos, apenas turnos. Y siempre el último.