Cartas al director
Un cuento de otoño
Da pena contemplar a un país que otrora fuera una nación respetada y temida más allá de mares y océanos, y que ahora tenga que aguantar estoicamente cómo el vecino de al lado ocupe su portal y pretenda hacerse con él sin ningún tipo de coste, cuando, en condiciones normales la factura a pagar sería muy elevada.
Llena de pena y consternación, observar cómo se ha instalado con sus hijos en tu entrada y, muy al contrario de mostrar arrepentimiento y pedir perdón, afirma que el inmueble es suyo.
Además, el presidente de la comunidad de vecinos dice que el invasor no tiene culpa alguna por dicha acción y que se marcharán sin necesidad de llamar a la Policía. Mientras tanto, tu familia tiene que saltar por encima de los ocupantes para poder salir de casa y soportar sus amenazas, asegurando que el edificio es suyo y que de allí no piensan moverse.
Por si fuera poco, el presidente les lleva comida todos los días y se niega a cerrar la puerta para impedir que puedan entrar otros y ayudarles a permanecer allí. No contento con esto, les da a los ocupantes la clave del Wifi de la comunidad para que puedan pasar las horas entretenidos.
El presidente está molesto porque la mayoría de los vecinos han dejado de saludarlo y no le muestran el mismo respeto. También dice que el bloque está muy deteriorado, que es difícil defenderlo y afrontar las reparaciones.
Ningún vecino se fía de él y todos están deseando que haya nuevas elecciones para librarse de semejante individuo. Sin embargo, él pretende cambiar los estatutos de la comunidad para que también puedan votar los antiguos vecinos que vendieron sus pisos hace ya muchos años.