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Cartas al director

La fábrica de bandos

Existe una dolencia silenciosa en la sociedad española que carcome el juicio: la obligación de tragar con un paquete ideológico cerrado. Si te declaras de un lado, debes asumir todo el catálogo; si miras al otro, tragas con sus contradicciones. Pensar por cuenta propia se vuelve una actividad sospechosa.

Sin embargo, la inteligencia no funciona por lotes. Una mente libre no se encajona en un bloque: toma una idea válida de aquí, cuestiona otra de allá y construye su propio criterio sin pedir permiso a ninguna tribu.

El problema es que quien abraza el pensamiento en bloque se vuelve extraordinariamente manipulable. Cuando la identidad sustituye al análisis, basta con agitar una bandera o inventar un enemigo para suspender el sentido crítico. Nos manipulan agitándonos el corazón mientras los verdaderos problemas de fondo –la vivienda inalcanzable, la sanidad, las pensiones, la precariedad o la educación– quedan fuera del debate real.

El mayor triunfo de esta cortina de humo es conseguir que confundamos lealtad con pensamiento. Una ciudadanía que elige colores antes que argumentos es más fácil de polarizar, movilizar y distraer.

Y mientras los de abajo se desgastan en trincheras de rojos y azules, los de arriba siguen haciendo negocio en aguas turbias. Prospera así una política donde la corrupción, el cohecho y el desfalco encuentran el caldo de cultivo perfecto: una población ocupada en vigilar al vecino mientras quienes mandan ganan por goleada.