Fundado en 1910
En primera líneaJosé Antonio García-Albi

Libre

Juan, sabes que cada vez tienes que dedicar más horas de trabajo a cuestiones no productivas derivadas de nuevas y absurdas exigencias de la Administración que llevan horas y horas de dedicación.

En esta alegoría, no podía Juan imaginar mientras traspasaba la puerta de su oficina que en aquella mañana lluviosa, de ese Madrid prenavideño del 25, iba a comenzar para él, y para muchos, una nueva y difícil etapa de su vida. Por ello, como siempre, y tras saludar a los compañeros que ya están allí, se acomodó en su silla junto a la mesa, encendió el ordenador y se dispuso de buena gana a abordar la tarea diaria. Trabajaba Juan, ya desde hace algunos años, en una pequeña empresa que suministraba diversos servicios a Pymes y autónomos; contabilidades, liquidaciones de impuestos, temas laborales y de seguridad social y apoyo a los clientes en su relación con las administraciones públicas desde la tramitación de subvenciones, hasta la asistencia ante eventuales inspecciones oficiales. Era persona competente, cumplidora y estaba contento con su trabajo.

El Debate (asistido por IA)

A media mañana Alberto, el jefe, se acercó a su mesa. «¿Qué tal Juan? Veo que sigues liado con lo de la fábrica de muebles, ya se está haciendo largo, ya». Y siguió: «oye, vente un rato a mi despacho». De modo que Juan siguió a su jefe y se sentó frente a él, con la mesa de por medio, y ya con la puerta cerrada. Tras alguna conversación sobre temas menores relativos a algunos clientes, Alberto cambió de expresión y comenzó a hablar mirando fijamente a su empleado. «Juan, sabes que cada vez tienes que dedicar más horas de trabajo a cuestiones no productivas derivadas de nuevas y absurdas exigencias de la Administración que llevan horas y horas de dedicación. Son cuestiones que no redundan ni en beneficio de nuestros clientes, ni en el nuestro, pero sí que supone un incremento en nuestros costos, ya que los trabajadores tenéis que cobrar por algo que nadie nos paga, a eso hay que añadir la constante subida de cotizaciones e impuestos. Además de lo difícil que es repercutir ese incremento en las igualas de los clientes, nos encontramos con la competencia desleal de los sindicatos que no contentos con copar los cursos de formación obligatorios, están comenzando a ofrecer a las empresas servicios como los que desarrollamos nosotros, pero a precios bajísimos; es que claro, ellos cuentan con las millonarias subvenciones del Estado. Para mí es muy triste, Juan, pues eres un profesional excepcional, pero es imposible seguir». Un par de días después Juan Español caminaba decaído camino del SEPE para realizar los trámites del desempleo; antes de comenzar a padecer la habitual cola a las puertas del organismo oficial; en el trayecto pensó que ese año se veían menos coches y gentes por la calle así como menos personas en los comercios que lucían decoraciones navideñas.

Tras un año entero, una fría mañana Juan apagó la radio en la que acababa de escuchar la noticia de que pronto comenzarían los juicios a los peligrosos delincuentes Abascal, Núñez y Ayuso. Apagó también la estufa de butano modelo años 50 que había comprado para mitigar la factura de la calefacción y para una tener alternativa a la misma durante los apagones y se dispuso a salir a la calle. Iba, de nuevo, al SEPE para arreglar su situación tras doce meses de prestación. Además de reparar en que su antigua empresa ya había cerrado, en Cibeles pudo contemplar el enorme montaje con el que García Montero, el nuevo alcalde de Madrid, había cubierto la fachada del palacio para celebrar la fiesta del solsticio de invierno. Allí aparecían en gran tamaño, sobre un fondo rojo con tintineantes estrellas blancas, las imágenes felices de Pedro Sánchez y Begoña. Les acompañaban, en más pequeño, los rostros de otros grandes del universo. A un lado, pero con la mirada orientada hacia la feliz pareja, estaban Largo Caballero, Prieto y Pasionaria. Al otro, también mirando a las fotos centrales, Fidel Castro, Hugo Chávez y Rafael Alberti. En las farolas de las calles colgaban banderolas, también sobre estrellado fondo rojo, que mostraban retratos de otros benefactores de la humanidad como Zapatero, Otegui o Cristina Fernández de Kirchner. Se decía que en Ferraz había una foto de Felipe González pero puesto cabeza abajo. A pesar de acercarse las fiestas del solsticio de invierno, Juan observó que había poca gente en las tiendas y bastante en los supermercados. Por las calles prácticamente sólo circulaban los coches eléctricos del partido y algunas furgonetas y vehículos de gasolina de color gris que portaban en los laterales la leyenda: Fiscalía Nacional. Policía.

En la frialdad de las oficinas del organismo oficial y sentado frente a un funcionario menudo y con aspecto de zarigüeya, Juan Español fue informado de que: «ahora tiene usted dos opciones. Una es seguir como hasta ahora, pero con una prestación un 25 % menor, y que aún se verá algo más reducida tras la aplicación obligatoria de la Aportación Voluntaria y Solidaria para la Senectud. La segunda es entrar a trabajar en uno de los sindicatos para realizar con ellos las mismas labores que hacía en su último puesto de trabajo; los mismos servicios para empresas y autónomos, pero por cuenta del sindicato». Juan tragó saliva y arqueó las cejas antes de ser informado del atractivo plan de carrera que le esperaba si aceptaba la oferta. «Si acepta, además de liberar al Estado de su carga, pues le pagarían las empresas y si lo hace bien, en no mucho tiempo te incorporarán a los nuevos puestos que están creando, los ayudantes técnicos y solidarios de gestión. Las empresas, los medios de producción, son privados, por eso para evitar que actúen con prácticas capitalistas es preciso que estemos vigilantes en su gestión y es la misión de los ayudantes vigilar y fiscalizar; ellos mantienen la propiedad y el trabajo y nosotros el control. Bueno, ¿aceptas y firmas o no?». Después de unos momentos, que le parecieron eternos, con la cabeza mirando para el suelo, Juan ahogó una náusea y estampó su firma. Al despedirse le dijo al funcionario: «oiga algo así ya lo hizo Hitler». La respuesta no se hizo esperar: «lo sabemos, pero si lo dices estás fuera».

Después de todo eso y ya en la calle, caminado en esa fría mañana antaño navideña, sin saber por qué, le vino a la cabeza la canción de Nino Bravo, «Libre»; la comenzó a cantar en bajo. Poco a poco, mientas susurraba la canción, le fue invadiendo una siniestra angustia, una profunda tristeza y una tan triste melancolía, que no pudo evitar el llanto. Apoyó un brazo en una farola y sobre él la frente y lloró con los ojos cerrados. Se sentó luego en un banco y el rostro dejó verter infinitas lágrimas, buscando refugio dentro de la cavidad formada por ambas manos.

Estemos proactivos

  • José Antonio García-Albi Gil de Biedma es empresario