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En primera líneaJosé Antonio García-Albi

El estado de la nación

Tras la dana de Valencia, la tragedia de Adamuz ha de ser un revulsivo para la sociedad española que marque un antes y un después en la defensa de nuestras libertades, nuestras empresas, nuestro bienestar y de las instituciones de la nación, y parece que también en defensa de nuestras vidas

No me refiero a aquel divertidísimo programa de humor radiofónico que dirigía Luis del Olmo, en el que el recordado Ussía tenía tantos personajes estelares; con el socialismo, el humor desaparece. El estado de nuestra nación no tiene nada de humorístico, ni de ficción; es dramática y tristemente real. Tan real como lo que voy a contar.

El Debate (asistido por IA)

Vivo en un pueblo de la provincia de Segovia, rodeado por hermosos y vastos pinares de resina o piñoneros. Una noche de final del pasado verano observé por la ventana de mi casa unas llamaradas frente a la misma; salí y me encontré con un incendio. Como cualquier otra persona, no tardé en llamar al servicio de emergencias del 112. Ante mi desesperación, la conversación con dicho servicio parecía más una larga actuación de Gila con su teléfono que un servicio para hechos de gravedad; enfadado tras su ligereza y su intento de que fuera yo el que avisara a los bomberos, le recordé sus obligaciones y dijeron que llamaban. De la alcaldía llamaron a la Guardia Civil, que desplazó una pareja una hora después. Estos hicieron venir a unos bomberos que se encontraban a 35 kilómetros en lugar de que acudieran los que tienen base en otro pueblo a tan solo ocho kilómetros; dos horas desde mi llamada al 112, que nunca, nunca avisó a nadie, hasta la llegada de los camiones. Si eso ocurre en un pinar, adiós pinos. Mi cabreo matutino era inmenso al reparar que en ese agosto habían muerto cinco personas por los incendios que han arrasado cientos de miles de hectáreas, pueblos y casas. Supongo que con estos servicios el próximo verano estaremos igual.

El estado de nuestra nación es tal que los incendios no se apagan, a la Sanidad se va a esperar y a la Justicia, a desesperar. Tras el gran apagón tercermundista, persisten otros pequeños y comarcales que perjudican, por ejemplo, a los termostatos inalámbricos de las calefacciones y a los dispositivos de las oficinas que se estropean; en otras ocasiones, la cobertura móvil se va de vacaciones durante una semana, dificultando los pagos con tarjetas.

Capítulo aparte merece el servicio ferroviario que se encuentra bajo las órdenes de un ministro irresponsable y pendenciero. Retrasos, averías, parones eternos, enormes perjuicios a ciudadanos españoles y turistas que nunca son compensados. Todo ello hasta el atroz y trágico accidente de Adamuz, que debiera arrastrar responsabilidades muy potentes y además debiera suponer un antes y un después. Nos compete ahora a los ciudadanos decir basta ya, hacer que nada pueda ser igual que antes de la tragedia de la Adamuz que se suma a la de la dana. No se puede seguir así.

A los deficientes servicios hay que añadir un creciente índice de pobreza, el paro mayor de Europa, la constante pérdida de poder adquisitivo y un sistema de pensiones que lo han llevado a la quiebra.

Así mismo, la salud institucional es lamentable. Un T.C. que, haciendo caso omiso de sus funciones, se convierte en represor del Supremo. Una fiscalía que opera como policía política. Y un presidente que desprecia y se dedica a desairar a quien ostenta la máxima representación de la Nación, S.M. el Rey. Que se burla abiertamente de la soberanía nacional que reside en el Parlamento; no acude al Senado, el Congreso es un paripé constante. Que gobierna manejando a su antojo el dinero de los españoles sin el obligado control parlamentario mediante la aprobación y revisión de unos presupuestos generales; ¡nada!, este gobierna como en Cuba o Venezuela, sin control y arbitrariamente. No queda sana institución alguna, ni la televisión, ni el Banco de España o las comisiones regulatorias, ninguna. Además de jugar con el modelo territorial del Estado a su capricho, como quien lo hace con una barra de plastilina.

Con el cada vez más disparatado e inmoral robo fiscal a los ciudadanos, aparte de cosas inconfesables, crean chiringuitos innecesarios, un laberinto de entes administrativos de tal complejidad que los convierte en inútiles. Las administraciones públicas tienen tanta grasa, como un monstruoso paquidermo, que no se pueden mover. No sirven para nada, pero caen como una losa sobre los ciudadanos de forma abusiva. Por ejemplo, atacando a la libertad de empresa, tuvieron parada una OPA bancaria durante más de un año. ¿Quiénes se creen ellos que son para hacer eso? Además de Indra y Telefónica, ahora quieren controlar otras empresas mediante un fondo hecho con nuestro dinero. Y más en lo cotidiano, también hemos visto y sufrido la que nos ha liado el represor que dirige la DGT con los farolitos de burdel para los automóviles. Nos empobrecen con la inflación económica y nos oprimen con la inflación normativa y regulatoria y pagamos además su corrupción inherente al socialismo.

Cuando alguien me comenta una o varias cosas de las aquí expuestas, o me habla de la vivienda, suelo responder: ¡Bienvenido al socialismo! Porque eso es lo que tenemos encima y, como tal, pervierte las instituciones de la nación para perpetuarse en el poder. Nada de lo que aquí nos ocurre es nuevo; a lo largo de la historia, el socialismo ha creado pobreza, falta de libertad y una ausencia de democracia que le permite mantenerse. Lo vimos en los países que estaban al otro lado del telón de acero, asistimos al empobrecimiento de Argentina y ahora lo tenemos en Venezuela, Cuba, Nicaragua y España; siempre ocurre lo mismo.

Tras la dana de Valencia, la tragedia de Adamuz ha de ser un revulsivo para la sociedad española que marque un antes y un después en la defensa de nuestras libertades, nuestras empresas, nuestro bienestar y de las instituciones de la nación y parece que también en defensa de nuestras vidas. Pero no solo un revulsivo para la ciudadanía, ya que, tal y como están las cosas, no se explica que el Partido Popular y su líder Alberto Núñez sigan apoyando, financiando y gobernando con los de Sánchez en Bruselas. No tiene ni explicación, ni justificación alguna. Entre otras cosas, son miles los millones de euros que ha recibido el gobierno socialista para repartírselos entre ellos vía subvenciones, mientras los trenes se han convertido en un arma mortífera para la vida de los usuarios; claro, ellos van en Falcon.

  • José Antonio García-Albi Gil de Biedma es empresario