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en primera líneaÍñigo Castellano y Barón

La jauría

Si el Parlamento pierde el respeto por sí mismo, la nación empieza a perder el respeto por sus instituciones. Y entonces entra en juego lo que ya advirtió Alexis de Tocqueville: las democracias no mueren de golpe, se vacían poco a poco. Se erosionan desde dentro

Distintos artículos he dedicado en diferentes medios a denunciar la ausencia de parlamentarismo en España y en consecuencia, la ausencia misma y real de la democracia. El Congreso ya no es en demasiadas sesiones, la casa de la palabra. Es el albergue de la jauría. Un espacio degradado donde el argumento es sustituido por el gruñido, la razón por el gesto y la política por la escenificación de una caza permanente. No hay deliberación. Hay emboscada. No hay intercambio. Hay dentellada. No es una metáfora exagerada. Es una descripción.

El Debate (Asistido por IA)

La jauría política no nace del exceso de convicción, sino de su ausencia. Cuando falta pensamiento, sobra ruido. Cuando no hay ideas, aparecen los instintos. Y cuando la política deja de ser ejercicio de inteligencia, se convierte en territorio de impulsos. Unos muerden con rabia –rabia auténtica, cultivada, útil para ocultar la propia indigencia intelectual–. Otros ladran, disciplinados, sin saber siquiera por qué. Y unos pocos, cada vez menos, intentan aún comportarse como representantes de una nación y no como piezas de un rebaño desbocado.

Aquí es donde conviene recordar a Edmund Burke, político, escritor y filósofo anglo-irlandés, que entendía que el Parlamento no era campo de intereses enfrentados, sino una asamblea de juicio, de responsabilidad, de sentido común elevado a norma política. El representante no estaba para amplificar el grito de la calle sino para filtrarlo, ordenarlo y devolverlo en forma de decisión. Hoy ocurre lo contrario: el Congreso no contiene la ira, la amplifica. No ordena el conflicto, lo excita. No eleva el debate, lo degrada. Y en ese ecosistema la jauría prospera.

No es casualidad. Es funcional. La tensión constante es rentable, incluso cuando media España arde. El enemigo es necesario. La política convertida en cacería asegura titulares, cohesiona a los propios y evita lo más peligroso para muchos: pensar. Porque pensar obliga a matizar, y matizar debilita la consigna. Por eso el grito sustituye al argumento. Por eso la descalificación precede a cualquier intento de entendimiento. Por eso el Parlamento ha dejado de ser un lugar de encuentro para convertirse en trinchera permanente. A esta degradación contribuye un sistema que ha terminado por pervertir la representación. La maldita Ley d’Hondt, aplicada sobre un mapa desigual, ha fabricado una anomalía: mayorías sociales que no gobiernan y minorías que condicionan todo. Grupos pequeños convertidos en piezas clave, no por su peso real, sino por su posición táctica. Y esa posición se explota como se explota cualquier ventaja en una jauría: con presión, con ruido, con chantaje. Pero no nos engañemos. Las leyes no ladran. Ladran los hombres.

Y aquí la responsabilidad es directa. Como advirtió Ortega y Gasset, «cuando las élites fallan, todo falla». Cuando quienes deben elevar el nivel lo rebajan, la caída es inevitable. Y eso es exactamente lo que ocurre: una política que no exige, que no piensa, que no construye. Una política que reacciona, que grita, que destruye. En ese punto, la advertencia de Thomas Hobbes: «Cuando la autoridad moral se desvanece, las normas se relativizan y el interés particular prevalece sobre el bien común, reaparece la lucha de todos contra todos». El viejo aforismo deja de ser teoría para convertirse en retrato: el hombre es un lobo para el hombre. La política, sin freno moral, regresa a su forma más primaria. Y lo más inquietante es que esa regresión no escandaliza. Se aplaude. Se premia. Se convierte en espectáculo.

Mientras tanto, fuera de ese ruido, existe otra España. Una España que no ladra. Una España que trabaja, cumple, y convive sin necesidad de convertir cada diferencia en una guerra. Una España que no necesita enemigos para afirmarse. Esa España no ocupa tribunas, no monopoliza micrófonos, no convierte la política en teatro. Pero es la que sostiene el país. Es en el fondo, la España que intuía Antonio Machado: no la que grita, sino la que resiste; no la que se exhibe, sino la que permanece. Y esa España –silenciosa, firme, madura– está hoy mal representada. No porque no exista, sino porque no encuentra quien la encarne. El problema no es solo político. Es moral.

Si el Parlamento pierde el respeto por sí mismo, la nación empieza a perder el respeto por sus instituciones. Y entonces entra en juego lo que ya advirtió Alexis de Tocqueville: las democracias no mueren de golpe, se vacían poco a poco. Se erosionan desde dentro. Se desgastan en sus hábitos, en sus formas, en su lenguaje. España está en ese proceso. No en el final pero sí en fase peligrosa. Y no se saldrá de ella con más ruido. Ni con otra jauría enfrentada a la anterior. Eso sería prolongar la enfermedad. La salida exige otra cosa: contención, sentido de Estado, voluntad de acuerdo. Exige políticos que no necesiten ladrar para hacerse oír ni morder para imponerse. Exige recuperar la idea, hoy casi olvidada de que el adversario no es un enemigo a destruir sino un interlocutor necesario. No es ingenuidad. Es supervivencia. Porque ninguna nación puede sostenerse indefinidamente sobre la agresividad, el resentimiento y la confrontación permanente. La jauría puede dominar el escenario durante un tiempo, pero no puede construir nada duradero. Y tarde o temprano, la España que no ladra reclamará su sitio. Cuando eso ocurra, pedirá orden y sentido. Pedirá política, no consignas. Ese día –que espero llegue– no será el triunfo de unos sobre otros. Será el fin de la jauría y el inicio de la libertad.

  • Íñigo Castellano y Barón es conde de Fuenclara