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en primera líneaJuan Van-Halen

El final de la escapada

En un país históricamente con gobiernos de coalición y de concentración, algunos de sus ministros actuales atacan públicamente a su propio gobierno. Así la inefable Yolanda, vicepresidenta, promovió movilizaciones contra el Ejecutivo, y ministros de Sumar le criticaron aceradamente

Sánchez nos desveló su reflexión. La anterior se debió al amor a Begoña; la actual al amor a sí mismo. Elecciones el 29 de noviembre. Ya estamos en el final de la escapada. Es un tipo capaz de todo. Debemos esperar siempre lo que cree mejor para él, no para España. En sus primeras palabras ya nos ha mentido, y luego lo ha repetido. Ha reiterado que ganó las elecciones de 2023, pero las perdió. Formó un gobierno de perdedor, que es otra cosa. Ya nos advirtió el clásico que no debemos fiarnos de alguien que nos engañe una vez. Sánchez nos ha engañado repetidamente. Es un resistente; lo confesó en aquel manual escrito por Irene Lozano. Ha resistido siguiendo un plan; no ha cambiado su talante pese a lo que hemos vivido. La calle le rechaza, caso inédito hasta él en un presidente de gobierno. Lleva años sin poder salir a la calle porque la gente le abuchea. Sólo molesta a su vanidad.

El Debate (Asistido por IA)

Asistimos al fin de un ciclo que sólo su protagonista no admitía. Aún se resiste y por ahora tiene la sartén por el mango. Quiere seguir en Moncloa como sea, llevándose por delante lo que haga falta, incluso el sistema del 78 y la Monarquía. Se ha ido haciendo con casi todos los resortes. Cuando se mira en el espejo: «espejo, espejito», le dice que él es el mejor. Su narcisismo es parejo a su ambición y a su falta de escrúpulos. Los constituyentes no podían pensar que el gobierno recaería en un tipo como él. Por eso, entre otros motivos, hay que reformar la Constitución.

Sánchez aprovechó su intervención en Moncloa para ofrecernos un panorama idílico de su mandato, mintió como corresponde, y nos reiteró lo bien que va todo atreviéndose a mimar a autónomos y empresarios. Ahora. Habló de la energía, en el país del gran apagón, y aseguró que los niveles de desigualdad han caído al mínimo, él, tenaz destructor de la clase media, y se atrevió a hablar del gran aumento del poder adquisitivo de los ciudadanos que saben lo que supone ir cada día a la compra. Cómo no, se apuntó la mayor creación de empleo; hay que echarle dídimos. En cuanto a Defensa, se ufanó de no destinar el 5 % del producto interior bruto que él votó a favor. Ni una palabra sobre Ceuta. No explicó por qué ha gobernado sin Presupuestos esta legislatura. Y dijo algo gravísimo: que los intereses del pueblo han sido pisoteados por el Parlamento. Menudo talante democrático. Sánchez parece vivir en otro mundo, en un país de maravillas inventadas. Como los monos del santuario japonés de Toshogu, ni ve, ni oye, ni habla. En su caso ve lo que quiere, oye lo que le conviene y habla siempre desde la mentira.

Y, claro, atacó a la oposición en circunstancias en las que era improcedente hacerlo si tuviese vergüenza. Era una ocasión institucional y en sede institucional. No era Ferraz, era Moncloa. ¡Y citó hasta el ático de Ayuso! Eligió hace años representar a una parte de España, no a su totalidad. Y sigue con el muro. Para él la oposición no tiene sentido de Estado y él sí. Y la oposición utiliza torticeramente su poder autonómico y municipal. Cuando los suyos ganan, perfecto lo que hacen. Cuando ganan los que no le gustan emplean mal ese triunfo. Así es este tipo que no sabe ser de otra manera. La mentira y la desvergüenza política se personifican en este hombre que ha llegado hasta dónde nunca soñó.

No se refirió a las catástrofes que no supo afrontar, como el volcán de La Palma, la dana, o los incendios. Y, como era obvio, eludió referirse a su mayor lacra: la corrupción rampante. No citó a su mujer procesada, a su hermano condenado, a su fiscal general condenado, a su ministro de confianza en la cárcel, a su inspirador Zapatero, el de las joyas, bajo lupa judicial, y a tantos colegas ya en puertas. Un centenar de sus colaboradores y socios de sus colaboradores están implicados en tramas sucias. Pero eso, al parecer, carece de importancia.

No padeciendo amnesia debemos temer que haga trampas. No sabe actuar de otra manera. Tratará de apañar las elecciones como hizo con la moción de censura de 2018, y de una u otra forma, las elecciones de 2023. Tiene resortes desde Correos a Indra, esta vez, supongo, sin Leire Díez. Acaba de declarar uno de los narcos que contactaron en Badajoz que lo que le pidieron fue «eliminar» a la juez Biedma, no asustarla. Sánchez ante un nuevo gobierno confiará en ocupar las calles y promover enfrentamientos, esperando, vamos a pensar mal, en que se produzca una desgracia, a ser posible en los suyos, para acusar a sus adversarios políticos. Esperaba algo parecido en Ceuta, de ahí la crispación provocada y mantenida. Sólo lo impide la serenidad ciudadana, pero tiene su límite. Que se rebasase ese límite es lo que Sánchez esperaba. Puede que también lo esperase en Sol.

Y algo anecdótico con pocos precedentes. En un país históricamente con gobiernos de coalición y de concentración, algunos de sus ministros actuales atacan públicamente a su propio gobierno. Así la inefable Yolanda, vicepresidenta, promovió movilizaciones contra el Ejecutivo, y ministros de Sumar le criticaron aceradamente. Pero nadie dimitió. De perder privilegios, nada. Ir contra sí mismos seguro que es muy molón.

Juan Van-Halen es escritor y académico correspondiente de la Historia y de Bellas Artes de San Fernando