De golpes y seudogolpes
Un golpe o seudogolpe montado por una tropa de políticos de bajo vuelo, escasa categoría, vocación sectaria, nula convicción y notable deshonor, a imagen y semejanza del presidente del gobierno. Un golpe o seudogolpe que deje a la nación convertida en un erial
Los distintos índices que evalúan la calidad de la democracia en el mundo –Polity, Freedom House o The Economist, entre otros–, concluyen que la misma desciende de año en año. Tan es así que el informe The Economist 2024 señala la existencia de 60 regímenes autoritarios, 36 regímenes híbridos, 46 democracias imperfectas y 25 democracias plenas. Solo el 15 % de países y el 6, 6 % de la población del mundo viven en una democracia plena. Escalofriante.
Convendría averiguar si algunas democracias catalogadas de plenas coquetean hoy con el golpe de Estado. Vale decir que en el siglo XXI los golpes de Estado en Occidente no provienen de la asonada, la cuartelada o el pronunciamiento. La sofisticación se impone y aparece el golpe tácito, el técnico, el posmoderno y el pretoriano.
Para averiguar hoy la existencia de golpes de Estado –aunque, sea en modo embrionario– conviene saber de qué hablamos cuando hablamos de un golpe de Estado. Recurramos, pues, a los clásicos.
Para Gabriel Naudé, el golpe de Estado existe cuando hay «acciones osadas y extraordinarias... contra el derecho común, sin guardar ningún procedimiento ni formalidad… ¿Por qué habría que prohibir a un gran político el que supiera elevar o bajar, dar o privar, condenar o absolver, hacer vivir o morir a quienes juzgue conveniente tratar de esa forma, para el bien y la tranquilidad de su Estado? El príncipe sabio y prudente no solo debe condenar según las leyes, sino también a las leyes mismas si la necesidad lo requiere» (Consideraciones Políticas Sobre los Golpes de Estado, 1639).
Para Olivier Brichet, el golpe de Estado se caracteriza por «su carácter ilegal, de transgresión del ordenamiento jurídico-político tanto en los medios utilizados como en los fines perseguidos, sean éstos el establecimiento de un régimen dictatorial o un cambio en el equilibrio constitucional de los poderes del Estado» (Étude du coup d´État en fait et en droit, 1935).
Para Hans Kelsen, un golpe de Estado «es toda modificación no legítima de la Constitución o su reemplazo por otra. Es indiferente que esa modificación de la situación jurídica se cumpla mediante un acto de fuerza dirigido contra el gobierno legítimo, o efectuado por miembros del mismo gobierno; que se trate de un movimiento de masas populares, o sea cumplido por un pequeño grupo de individuos. Lo decisivo es que la constitución válida sea modificada de una manera, o reemplazada enteramente por una nueva constitución, que no se encuentra prescrita en la constitución hasta entonces válida» (Teoría pura del derecho, 1935).
No se trata solamente de detectar la democracia iliberal que teoriza Fareed Zakaria en El surgimiento de las democracias no liberales (1998). Esa «tendencia de los gobiernos democráticos a creer que tienen soberanía (es decir, poder) absoluta [y se] puede dar origen a la centralización de la autoridad, a menudo por medios extraconstitucionales y con resultados siniestros… gobiernos elegidos que pretenden representar al pueblo han usurpado sistemáticamente los poderes y derechos de otros elementos de la sociedad».
De lo que se trata es de averiguar si algunas democracias liberales o iliberales han dado ya –probablemente– un paso adelante y han empezado a caminar por la senda que podría llevar hasta el golpe o el seudogolpe. España, por ejemplo.
Con la ayuda de los criterios de los definidores de un golpe de Estado, hay que preguntarse si la España de Pedro Sánchez podría cumplir algunos de los requisitos propios de dicho golpe. Lo que ocurre en España: la marginación o colonización de las instituciones, el secuestro de facto de las cámaras, el diseño de cloacas en beneficio propio, una Presidenta del Congreso de parte, unos políticos que al parecer no consultan el Código Penal, el incumplimiento de la ley, la inexistencia de Presupuestos, entender, las maniobras contra el derecho sin observar procedimiento ni formalidad, la intención de falsificar el censo electoral, la descalificación de los Jurados que todavía no existen, el seguimiento y ficha de algunos periodista, los pagos irregulares, el manejo de las emociones, la modificación ilegítima de facto de la Constitución. ¿Quizá una suerte de golpe o seudogolpe?
Un golpe o seudogolpe cuya mecánica gira alrededor de tres díadas: la mentira deviene verdad; la polarización, necesidad y la inmoralidad, virtud. Objetivo, el poder a cualquier precio. Una maniobra que cuenta –elemento fundamental– con el Equipo de Opinión Sincronizado que transmite el argumentario sanchista a la ciudadanía. Un argumentario machacón, insidioso y malévolo que inocula su veneno en los cerebros más predispuestos y que publicita determinados correveidiles. A saber, hay que poner una y otra vez en la picota al malvado Mazón, quejarse sin descanso del juicio político al gobierno, entonar cuando toque el «Yo con Begoña», ponderar las virtudes del incómodo vecino Marruecos, sacar el nombre de Ayuso hasta en la sopa, y montarle una procesión a la inquilina Maricarmen. Por no hablar de los nietos sobrevenidos y ausentes repartidos por los cinco continentes que acuden a la llamada de la sangre patria. Y de Zapatero, más vale callar, no fuera a salpicar a su hijo putativo, Sánchez.
Un golpe o seudogolpe montado por una tropa de políticos de bajo vuelo, escasa categoría, vocación sectaria, nula convicción y notable deshonor, a imagen y semejanza del presidente del gobierno. Un golpe o seudogolpe que deje a la nación convertida en un erial.
- Miquel Porta Perales es escritor