Gabilondo, qué decepción
Le comenté que tenía una filósofa en casa y que los filósofos se lo preguntan y se lo responden todo. No sabemos qué se habrá preguntado Gabilondo en esta ocasión; conocemos lo que se ha respondido. Cuida su futuro
Viejos amigos juristas, entre ellos un catedrático de Derecho Constitucional, con los que comenté la decepción que da título a estas líneas, se sorprendieron ante mi confesión de sobremesa. «¿Cómo podías confiar en Ángel Gabilondo?», dijeron. Lo consideraban otro estómago agradecido de la cohorte de Sánchez. Me creyeron ingenuo. Gabilondo habría dejado de ser el Gabilondo que conocí. Debo darles la razón.
Me llevé bien con Gabilondo cuando fue portavoz socialista en la Asamblea de Madrid. Hubo buena sintonía más allá de la política. Nos intercambiábamos libros de uno y de otro, hablábamos con cierta complicidad, y me pareció un intelectual riguroso desde sus ideas. Le comenté que tenía una filósofa en casa y que los filósofos se lo preguntan y se lo responden todo. No sabemos qué se habrá preguntado Gabilondo en esta ocasión; conocemos lo que se ha respondido. Cuida su futuro.
Gabilondo fue elegido Defensor del Pueblo en 2021 por los votos de PP y PSOE. Sus primeras declaraciones ante la Comisión Mixta Congreso-Senado refrendaban la idea que tenía de él: «No debo, ni quiero, ni puedo excluir a nadie, ahora no debo ser partidista ni sectario». Pero el Defensor del Pueblo se convierte en el defensor de Sánchez recurriendo ante el Constitucional la suspensión de la ley de Nietos según auto del Supremo. Hace una semana Gabilondo aseguraba a Isabel Durán, como recogió ayer El Debate, que «por ley no podía presentar recursos cuando la causa está sub iudice». Ahora recurre. Considera que se vulneran derechos fundamentales.
Para mi amigo catedrático, presente en aquella conversación, el recurso no tiene apoyo alguno en la Constitución y Gabilondo no podría recurrir por las circunstancias que han señalado ya otros juristas, incluso el propio Gabilondo. El mismo auto del Supremo lo señala al referirse a limitaciones y a la propia doctrina del Constitucional. Pero saltarse la Constitución con interpretaciones caseras viene siendo normal en Sánchez. Comenzó con la amnistía y no tendrá límites. Esperemos lo peor porque su objetivo es cambiar el Estado como lo conocemos.
El Constitucional de Conde-Pumpido sirve a quien sirve, convertido en tribunal de casación cuando interesa a Sánchez. Su presidente ha elegido una jubilación deshonrosa en lo personal y desprestigiada en lo profesional. Lo que me duele es que Gabilondo siga ese camino. Como ocurre con Tezanos. Sánchez embarra todo lo que toca sean instituciones o personas. Si el Constitucional lo asume, quiero pensar que no, se abrirá una batalla jurídica indeseable. Pero Sánchez apuntala su pucherazo también en votantes sumados por la ley manipulada ilegalmente por la hermana de Puente. Va en su condición. No cree en la alternancia porque no cree en la democracia. Además, tiene mucho que defender al aferrarse a Moncloa. Sobre todo, su futuro judicial.
La autocracia sanchista no supone sorpresa. Es irresponsable y antidemocrático que un presidente elegido por el Parlamento proclame: «El Parlamento ha dado la espalda a la calle; es la voluntad de la ciudadanía». Para Sánchez él determina la voluntad de la ciudadanía, y cuando le falla uno de sus socios, en su día comprados por la glotonería de prebendas y la prisa por debilitar la unidad nacional, el Parlamento ya no le sirve y convoca elecciones buscando un nuevo pucherazo; hemos olvidado el voto de 2023. Este es, para vergüenza de tantos, el personaje que nos gobierna. Emulará a Venezuela; tras unas elecciones se supo que habían votado miles de colombianos. Las autoridades miraron para otro lado.
Las movilizaciones nada numerosas, no representativas de una mayoría de ciudadanos que no se movilizan, son una vieja careta de la izquierda radical. Desde la URSS a la Segunda República. Un dirigente socialista anunció que buscaban «hackear el sistema legislativo». Sánchez comenzó ocupando instituciones y manejando voluntades. Y sigue ese camino. No puede salir a la calle, y tampoco sus ministros, sin que les abucheen, pero esos ciudadanos para él no cuentan, como tampoco los de Ceuta, mientras son ciudadanos ejemplares los ocupantes de Sol, siempre los mismos, con marchas de protesta contra lo que sea, con banderas rojas, y acosando a ciudadanos con banderas españolas.
Lo de las banderas tiene miga. Cercanos al Gobierno denunciaron que algunos jóvenes contrarios a la ocupación ilegal de Sol enarbolaban banderas no constitucionales. Pero sí lo son. La bandera con el águila de San Juan fue legal hasta la ley de 1981, años después de aprobarse la Constitución, que no especifica escudo alguno. En 1979 se convirtieron en diputados ante ella Dolores Ibarruri, Santiago Carrillo, Rafael Alberti, Marcelino Camacho y hasta 23 diputados del grupo parlamentario comunista. La bandera claramente no constitucional es la republicana que se enarbola en Sol y en otras movilizaciones, sin repulsa alguna.
Siento que Gabilondo se deje manejar. Sánchez siempre ha sido un fraude, desde sus primarias a sus investiduras. Un codicioso narcisista sin escrúpulos ni ideología. Nada le detiene en su asalto inconstitucional, en su golpe enmascarado. Ha gobernado sin ganar elecciones —aunque él, mintiendo, repite que las ganó—, sin mayoría parlamentaria y sin Presupuestos. Gobernará también sin los españoles, contra ellos, si no se impide contundentemente. La oposición debe desmontar el fraude, dejar de permanecer en Babia. No cabe una oposición normal ante una estrategia anormal del Gobierno. Medios hay. La calle es de todos. Desmontemos la falsedad de que el radicalismo de perroflautas moviliza más que la ciudadanía que trabaja y construye la España de cada día.
- Juan Van-Halen es escritor. Académico correspondiente de la Historia y de Bellas Artes de San Fernando