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18 de julio de 2024

TribunaGonzalo Ortiz

Erdogan sucede a Erdogan

El presidente turco, que acaba de ser reelegido, es una figura política internacional muy respetada. Para Nicolás Cheviron, Erdogan es el «nuevo padre» de Turquía, como lo fue Mustafa Kemal «Ataturk»

Actualizada 01:30

El 7 de mayo viajé a Estambul para calibrar la situación política en Turquía ante las elecciones del 16 de mayo que marcarían según los expertos un «zeitwende», punto de inflexión, con la casi segura derrota de Erdogan. Los resultados, entonces, 49,5 por ciento Erdogan y 44,8 por ciento Kilicdaroglu, ya hacían presagiar lo que ha ocurrido en la segunda vuelta: a Erdogan le sucede el propio Erdogan, y dado que el Parlamento está dominado por sus seguidores, vamos a un nuevo período autoritario del «reis» (jefe) al frente de Turquía. País que visité por primera vez en 1986 y que conozco bien, salvo la zona kurda fronteriza con Irán y Siria (18 por ciento de la población son kurdos). Entonces, Estambul tenía un aeropuerto internacional muy cerca del centro y ahora tiene dos muy alejados, lo que da una idea del crecimiento fenomenal de la antigua Constantinopla, capaz de absorber cada año 250.000 inmigrantes procedentes del interior.

Con el AKP de Erdogan la Basílica de Santa Sofía se ha convertido en mezquita, en un proceso de islamización, que ya dura más de 20 años. Su centro histórico, Sultanahmet, me pareció muy vigilado con unas imponentes medidas de seguridad. Es la otra «Ciudad Eterna», crisol de civilizaciones y asiento de la «Sublime Puerta», el imperio otomano que dominó durante siglos una parte sustanciosa de Europa. Hoy mantiene con sus gentes el tráfico marítimo en sus estrechos, y su historia el poderoso atractivo de lo exótico, de cruce entre Oriente y Occidente. Turquía tiene, además, la vecindad de los países turcomanos (Uzbekistan, Turkmenistan, Kirguistan y Kazajistan), su hinterland natural, donde, con el dinamismo de Turkish Airways y ahora con la low cost Pegasus, mantiene una notable capacidad de influencia.

Erdogan (como Putin o Assad, también líderes de largo recorrido) se mantiene en el poder desde hace más de 20 años «combinando valores religiosos tradicionales con una política conservadora en lo social» (Ian Bremmer). Es un formidable líder, cada vez más autoritario, que combina su considerable talento político con el apoyo mayoritario de las grandes urbes del país: Ankara, Estambul y Esmirna. Su partido, el AKP (partido de la justicia y desarrollo), se ha infiltrado en todas las instituciones, y ha propagado una vuelta al islam que se aprecia por doquier, no sólo en las regiones más alejadas y campesinas de Anatolia.

Ha colocado a Turquía en el tablero del ajedrez mundial en conflictos tan vivos como las guerras de Ucrania y de Siria. Con la Unión Europea ha negociado un acuerdo de paso de refugiados que le proporcionó más de seis mil millones de euros. Se ha opuesto a la entrada de Finlandia y se sigue oponiendo a la entrada de Suecia en la OTAN. Ha suscrito acuerdos para dejar pasar productos agrícolas provenientes de Ucrania y de Rusia. Mantiene una posición inflexible en el conflicto en Chipre con el reconocimiento de una república turca independiente en el norte del país. Por otra parte, la influencia turca en Alemania es enorme debido a la presencia de más de 5 millones de emigrantes, muchos de ellos con nacionalidad alemana. Turquía seguirá manteniendo su solicitud para entrar en la Unión Europea, cuestión que, por haber sido tantas veces rechazada (o aplazada) hoy parece cancelada.

En el plano económico, con Erdogan se han potenciado nuevas infraestructuras, pero lo cierto es que el país fue incapaz de reaccionar con presteza ante el terrible terremoto de febrero de este año que ocasionó miles de muertos. La economía se deteriora porque retrocede la renta per cápita (de 12.600 a 7.500 dólares en 10 años), en un año ha caído la liga turca en más de un 60 por ciento, y el paro afecta a casi el 25 por ciento de la población activa. Sólo el apoyo financiero de Qatar, Arabia Saudita y Rusia ha permitido superar momentáneamente estas dificultades.

El presidente turco, que acaba de ser reelegido, es una figura política internacional muy respetada. Para Nicolás Cheviron, Erdogan es el «nuevo padre» de Turquía, como lo fue Mustafa Kemal «Ataturk», cuyo apellido 'padre de los turcos' le fue atribuido tras sus gloriosas campañas contra Grecia y la firma del Tratado de Lausana. El Parlamento seguirá dominado por sus seguidores y lo cierto es que tras el supuesto golpe de Estado de 2016 se han producido miles de depuraciones tanto en el Ejército como en la Administración civil .

Turquía tiene una enorme vitalidad, y una población de más de 85 millones que pueden ser recambio a una demografía peligrosamente decreciente en Europa. El vigor del país tiene expresión en el éxito de las series televisivas turcas, en la potencia de su fútbol o en la literatura del Nobel de 2006, Ohran Pamuk. El Ejército, que ha sido siempre su columna vertebral, parece haber perdido peso relativo, pero el presidente turco no está en posición de abandonar las señas de identidad «kemalistas» que han caracterizado al país desde 1923, o su pertenencia (quizás, hoy en día, a «contrecoeur») a la OTAN. Y Turquía nos seguirá atrayendo por su variedad de civilizaciones y su posición estratégica, que junto con la estabilidad actual, permite a Erdogan jugar un papel mediador importante en los conflictos abiertos en Ucrania y en el próximo Oriente.

  • Gonzalo Ortiz es embajador de España
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