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TribunaManuel Sánchez Monge

La espiritualidad de la Generación Z

La fe de la Generación Z es más personal y menos institucional, combinando la espiritualidad tradicional con prácticas modernas en la búsqueda de sentido. Busca significado y valores en un mundo digital

Cuando parecía que avanzaba una secularización imparable y se idealizaba el vivir como si Dios no existiera, asistimos a un claro cambio de tendencia en las nuevas generaciones. Así lo certifican estudios sociológicos recientes. «Durante muchos años se ha instalado la narrativa de que cuanto más moderna es una sociedad, más se seculariza, y cuanto más se seculariza, más desaparece la religión, y esto no es así, la cosa no es tan sencilla», expresa Rafael Ruiz, profesor de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Ciencias de las Religiones. Y añade: la fragilidad existencial vuelve a introducir esa pregunta religiosa que parecía haber estado desterrada en las últimas décadas.

Ahora la sensibilidad espiritual está en ascenso, especialmente entre los españoles de 24 a 29 años. El influjo de la Iglesia está más vivo de lo que parecía. Contra toda previsión, entre los jóvenes católicos españoles el número de practicantes está aumentando. Según estudios sociológicos de la Fundación SM, en 2010, se declaraban «católicos practicantes» un 7 % de los jóvenes españoles entre 15 y 24 años. En 2017, eran un 8,2 % (casi un 9 % entre mujeres). En los últimos cinco años, el 50 % de los jóvenes ha manifestado mayor interés por la espiritualidad, mientras que solo el 15 % reportó una disminución, lo que resulta en un saldo neto de +35 %.

La fe, lejos de desaparecer, se redefine: menos institucional, más emocional y ligada a la búsqueda de sentido en tiempos de incertidumbre. No se trata de un retorno masivo, sino de un renacer silencioso, uniendo lo reflexivo y lo emocional. La gran afluencia de público a los conciertos donde miles de jóvenes combinan oración, música y celebración, reflejan una nueva manera de vivir la espiritualidad: más participativa y conectada con la cultura contemporánea.

Estamos hablando de jóvenes de la Generación Z. Esos chicos y chicas que, según los estereotipos, son adictos a la tecnología y a las redes sociales, son víctimas de ansiedad e inestables emocionalmente hablando. Que se desaniman y dejan los estudios o el trabajo si no alcanzan resultados positivos inmediatamente. Hablamos de la «generación de cristal», que supuestamente se ofende con facilidad por comentarios o situaciones que las generaciones anteriores consideraban insignificantes. Pero que busca autenticidad y asocia la fe con valores como el perdón, la amabilidad y la justicia, y entiende la Iglesia, especialmente como comunidad. Desde la música y el arte hasta las redes sociales, los jóvenes reinterpretan los símbolos religiosos y los adaptan a su lenguaje.

La fe de la Generación Z es más personal y menos institucional, combinando la espiritualidad tradicional con prácticas modernas en la búsqueda de sentido. Busca significado y valores en un mundo digital, lo que ha llevado a un resurgimiento de la espiritualidad que puede manifestarse en una mezcla de creencias, rituales y símbolos. La espiritualidad no desaparece, se transforma. La Generación Z vive su fe de una forma menos institucional y más personal, con menos normas y más búsqueda interior. Y en esa búsqueda late una vuelta a las raíces: a lo estable, lo ritual y lo trascendente en una sociedad cada vez más rápida y virtual. Los jóvenes de hoy se parecen más a sus abuelos que a sus padres, porque anhelan sentido, silencio y comunidad en un mundo que parece no detenerse.

El Papa León XIV indagaba en el Jubileo de los jóvenes sobre la inquietud que anida el corazón de la Generación Z: «¿Qué es realmente la felicidad? ¿Cuál es el verdadero sabor de la vida? ¿Qué es lo que nos libera de los pantanos del sinsentido, del aburrimiento y de la mediocridad?». Y respondía: «La plenitud de nuestra existencia no depende de lo que acumulamos ni de lo que poseemos, como hemos escuchado en el Evangelio; más bien, está unida a aquello que sabemos acoger y compartir con alegría. Comprar, acumular, consumir no es suficiente. Necesitamos alzar los ojos, mirar a lo alto, a las ‘cosas celestiales’, para darnos cuenta de que todo tiene sentido, entre las realidades del mundo, sólo en la medida en que sirve para unirnos a Dios y a los hermanos en la caridad». «Aspiren a cosas grandes, a la santidad, allí donde estén. No se conformen con menos. Entonces verán crecer cada día la luz del Evangelio, en ustedes mismos y a su alrededor»

El repunte de la religiosidad también se da en otros países de Occidente. En Francia, los jóvenes de entre 18 y 25 años que pidieron el bautismo pasaron de cerca de 1.000 en 2022 a 4.000 en 2025; los de 11 y 17 años fueron 7.400, aumento del 33 %. Ahora bien, explicar el 'giro' católico que España vive en la actualidad basándonos únicamente en la fenomenología resultaría frívolo.

  • Manuel Sánchez Monge es obispo emérito de Santander