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tribunaCarlos Uriarte Sánchez

De Sopron a Ceuta: las dos caras de la frontera europea

El Picnic Paneuropeo nos recuerda que una frontera puede convertirse en símbolo de división o de libertad. Desde Sopron hasta Ceuta, la historia europea continúa planteando la misma cuestión: cómo construir una Europa abierta sin dejar de gestionar las fronteras que la protegen

El 19 de agosto de 1989, en un pequeño rincón de la frontera entre Hungría y Austria, tuvo lugar un acontecimiento que, aunque inicialmente parecía simbólico, acabaría formando parte de la historia de Europa: el Picnic Paneuropeo. Durante unas horas se abrió un paso fronterizo para celebrar la unidad europea. Centenares de ciudadanos de Alemania Oriental aprovecharon aquella oportunidad para escapar hacia Occidente.

Treinta y siete años después, resulta interesante trasladar la mirada a otro extremo de Europa: Ceuta, frontera entre España y Marruecos y, al mismo tiempo, frontera exterior de la Unión Europea. A primera vista, ambos acontecimientos parecen representar situaciones opuestas. En 1989, abrir una frontera simbolizaba libertad; en Ceuta, controlar una frontera es una cuestión fundamental de seguridad y de gestión migratoria.

Sin embargo, ambos permiten plantear una misma pregunta: ¿qué significado tienen las fronteras en Europa y qué ocurre cuando las personas intentan atravesarlas?

Antecedentes y causas.

En 1989 Europa continuaba dividida por el Telón de Acero. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, millones de europeos habían vivido separados por una frontera que no era solamente geográfica, sino también política e ideológica.

La llegada de Mijaíl Gorbachov al poder en la Unión Soviética y sus políticas de perestroika y glasnost favorecieron un proceso de apertura. Los gobiernos comunistas de Europa oriental comenzaron a perder estabilidad y el temor a una intervención soviética disminuyó.

Hungría fue uno de los países que avanzó más rápidamente. En mayo de 1989 comenzó a desmontar las instalaciones fronterizas con Austria. La desaparición de aquella barrera tuvo un enorme valor simbólico: una frontera que durante décadas había separado dos sistemas empezaba a dejar de ser infranqueable.

En ese contexto se organizó el Picnic Paneuropeo, impulsado entre otros por el político húngaro Imre Pozsgay y el dirigente europeo Otto von Habsburg. Lo que estaba concebido como una celebración de la cooperación europea se convirtió en una oportunidad inesperada para los ciudadanos de Alemania Oriental que se encontraban en Hungría.

Los hechos.

El 19 de agosto, cientos de alemanes orientales se dirigieron hacia el paso fronterizo que había sido abierto temporalmente. Aproximadamente 600 personas consiguieron atravesarlo y llegar a Austria.

La decisión de los guardias fronterizos húngaros fue fundamental. En lugar de utilizar la fuerza para impedir la salida, permitieron que los ciudadanos cruzaran.

El acontecimiento tuvo un enorme impacto psicológico y político. El Picnic Paneuropeo no provocó por sí solo la caída del Telón de Acero, pero demostró que las fronteras del bloque oriental podían empezar a abrirse.

Pocas semanas después, Hungría permitió la salida hacia Occidente de miles de alemanes orientales. El 9 de noviembre cayó el Muro de Berlín. Un año más tarde, Alemania se reunificó y, durante las décadas siguientes, la Unión Europea se amplió hacia el centro y el este del continente.

De las fronteras interiores a las fronteras exteriores.

Aquí aparece la conexión con Ceuta.

La Europa surgida de aquel proceso decidió avanzar hacia una integración cada vez mayor. El espacio Schengen eliminó los controles fronterizos ordinarios entre numerosos países europeos y permitió una libertad de circulación que habría resultado inimaginable para los europeos que vivieron durante la Guerra Fría.

Pero existe una paradoja: cuantas más fronteras interiores elimina Europa, mayor importancia adquieren sus fronteras exteriores.

Ceuta es un ejemplo especialmente singular. Su frontera con Marruecos forma parte de las fronteras exteriores del espacio Schengen, aunque la ciudad cuenta con un régimen específico. Por ello, lo que sucede en Ceuta no afecta únicamente a España, sino también al conjunto de la Unión Europea.

La situación migratoria de la ciudad ha demostrado repetidamente la dificultad de gestionar esa frontera. Las llegadas de personas que intentan entrar en territorio europeo obligan a las autoridades a combinar el control fronterizo con la atención humanitaria y el respeto de los derechos fundamentales.

Dos fronteras, una cuestión común.

Sería incorrecto equiparar a los ciudadanos de Alemania Oriental de 1989 con las personas que actualmente intentan llegar a Ceuta. Son contextos históricos completamente diferentes. Los primeros escapaban de un régimen político que restringía gravemente la libertad de movimiento; la migración actual responde a causas muy diversas, entre ellas factores económicos, conflictos, situaciones políticas y redes migratorias.

Pero ambos casos muestran algo fundamental: las fronteras afectan directamente a la libertad y a las oportunidades de las personas.

En 1989, atravesar la frontera entre Hungría y Austria significaba para muchos alemanes orientales escapar de un sistema que limitaba sus libertades. En Ceuta, cruzar la frontera puede representar para un migrante la posibilidad de acceder a Europa y buscar una vida mejor.

La diferencia es que la Unión Europea actual necesita mantener sus fronteras exteriores controladas para garantizar la seguridad y el funcionamiento del espacio Schengen.

Por eso, la comparación entre Sopron y Ceuta no debe entenderse como una equivalencia histórica, sino como una reflexión sobre la evolución de Europa.

En 1989, abrir una frontera ayudó a derribar una Europa dividida. Hoy, controlar las fronteras exteriores permite mantener una Europa sin fronteras interiores.

La verdadera dificultad consiste en encontrar el equilibrio entre seguridad, control migratorio y derechos humanos. Porque detrás de cada frontera hay decisiones políticas, pero también personas.

El Picnic Paneuropeo nos recuerda que una frontera puede convertirse en símbolo de división o de libertad. Desde Sopron hasta Ceuta, la historia europea continúa planteando la misma cuestión: cómo construir una Europa abierta sin dejar de gestionar las fronteras que la protegen.

  • Carlos Uriarte Sánchez es presidente de Paneuropa España y vicepresidente de la Sociedad Coudenhove-Kalergi