Muertos como estamos
Por eso la inteligencia artificial encuentra sitio entre nosotros con tanta facilidad. No es que haya vencido al hombre, sino que llega a un mundo que ya había renunciado al esfuerzo de recordar, de escribir, de esperar, de leer, de amar sin atajos
Vivimos viejos de savia. Buscamos edulcorantes que nos ahorren el vértigo de la aurora. ¿Qué decir? ¿Qué hacer en un mundo desgastado? Nos ahorran las palabras, los quehaceres, los latidos. Muertos como estamos. Robots sin carne, sin verbo humano –aunque con infinitas combinaciones de palabras–, responden antes de que alcancemos a formular la pregunta. Y nosotros aceptamos el alivio. Muertos como estamos.
¿Dónde el mar que devuelve el asombro? ¿Dónde el sueño que canta la gloria? ¿Dónde los pájaros, las alas? ¿Dónde el café para dos? ¿Dónde la presencia que atraviesa el alma y la hiere porque duele, como duele la vida cuando por fin se vive? ¿Dónde el reconocimiento de la culpa, el peso de la condena, el temblor del perdón? ¿Dónde el malestar? Muertos como estamos.
¿Dónde el lamento, embotados como estamos? ¿Dónde el silencio que no es vacío, sino espera? Antes el silencio gestaba palabras. Ahora lo llenamos de ruido mucho antes de que el silencio llegue a ser cobijo de la escucha. ¿Para cuándo el comienzo? Muertos como estamos.
¿Dónde la memoria? No recordamos teléfonos, caminos ni versos. Hemos abandonado el recuerdo como quien deja las llaves de una casa a la que sabe que nunca va a volver. Sin embargo, quien renuncia a hacer memoria acaba por no reconocerse. Así de muertos estamos.
Queremos amar con condiciones, trabajar sin fatiga, conversar sin arriesgar nuestras convicciones, aprender sin esfuerzo. Incluso el duelo o el fracaso nos parecen una avería que alguien debería reparar. Hemos olvidado que el dolor no solo no destruye, sino que abre el horizonte. Pero nuestro deseo está anestesiado como una campana cubierta de nieve, hecha para estremecer el aire y condenada al silencio. Muertos como estamos. Oficiamos la nueva liturgia de las pantallas. Deslizamos el dedo como antes pasábamos las cuentas de un rosario, sin percatarnos de que hay liturgias que no salvan. Son altares de luz fría donde nadie espera la resurrección, aunque un algoritmo prometa burlar la muerte.
Hemos puesto espuelas a las horas hasta desangrarlas. Las obligamos a galopar hasta romper el pulso del día. Y en esa carrera hemos dejado atrás el único lugar donde la vida nos espera siempre. Where is the Love? La pregunta sigue abierta. ¿En qué recodo del camino nos dejamos el amor? ¿Cuándo empezamos a levantar Babel creyendo que podíamos vivir solos?
¿Dónde la mirada que rescata? ¿Dónde está tu hermano? ¿En qué esquina de la prisa lo dejamos olvidado? ¿Qué fue de su rostro? Ya no levantamos los ojos para encontrarnos, ni para atisbar el misterio. Los abatimos. El mundo entero desfila ante nosotros con la velocidad de un parpadeo. Nos alimentamos de imágenes que nos devuelven un mundo de simulacro, sin carne, sin olor, sin sabor, sin herida. Nos han robado la mirada verdadera. Como muertos caminamos.
Preferimos los lenitivos. Calmantes para el pensamiento. Distracciones para el corazón. No entregamos ya un segundo de tiempo al otro, ni siquiera al silencio del que brota la palabra verdadera. Tampoco al libro, que es siempre un diálogo interior. Nos acostumbramos a las sombras. La apariencia antes que la realidad. Muertos como estamos.
¿Qué sangre corre todavía por nuestras venas? ¿Dónde el sarmiento que debe ser podado para que la tierra vuelva a dar fruto? Hemos confundido la ausencia de dolor con la plenitud, y el entretenimiento con la vida.
Por eso la inteligencia artificial encuentra sitio entre nosotros con tanta facilidad. No es que haya vencido al hombre, sino que llega a un mundo que ya había renunciado al esfuerzo de recordar, de escribir, de esperar, de leer, de amar sin atajos.
Si no queremos una muerte eterna, dejemos de vivir estando muertos. Porque la peor muerte no es la que pone fin a la vida, sino la que aprende a instalarse entre los vivos. Muertos como estamos.
Con todo, puede que la muerte no tenga la última palabra, porque basta una voz verdadera, un verso, un libro, un rostro, para que vuelva a discurrir la savia.
Porque muertos como estamos, solo una resurrección bastará. Y para resucitar hay que morir. Pero la nuestra no es la muerte de quien puede decir «vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero, que muero porque no muero». Es otra muerte. La de quien ya no espera nada, la de quien ha sido vencido por el aburrimiento y la desidia, abrazado a un monólogo incluso cuando adopta la voz de una inteligencia artificial. Alimentamos el ego para cerrar el paso a la auténtica novedad. Perseguíamos lo imposible y hemos reducido el mundo a la distancia entre el pulgar y el índice.
¿Quién nos rescatará de la muerte en vida? ¿Quién alargará su mano para acompañarnos en este viaje? ¿Quién volverá a contarnos historias al oído, como Ulises y Penélope tras su reencuentro?
Ha comenzado un curso nuevo lleno de ilusión. Ojalá no nos perdamos en los datos. Ojalá no aprendamos solo a acumular conocimientos que no sacian el corazón. Ojalá aprendamos a recuperar la mirada. Dejémonos acompañar por los amigos, por los maestros y por los libros, más vivos que nosotros. Que vuelva el latido, que vuelva la Palabra, que vuelva a nosotros la Presencia capaz de derrotar todas las muertes.
- Feliciana Merino Escalera es profesora adjunta del Departamento de Humanidades UCH-CEU Elche