La casa de Andrés Trapiello
Me gustaría que mi próximo viaje fuera muy especial, con destino a Conde de Xiquena si pudiera ser, y si no, centrado en recorrer todos los rincones de Madrid que mi admirado Andrés Trapiello nos ha enseñado a entender, querer y amar.
Hace algo más de tres años publiqué en estos mismos algoritmos una columna dedicada al maestro Andrés Trapiello, que titulé Los trapiellanos, en donde reconocía mi indeclinable filiación trapiellana, que como lector se remonta ya a principios de los años noventa, cuando le descubrí en El País y le seguí leyendo luego en los sucesivos volúmenes de su Salón de pasos perdidos, sus poemarios, sus novelas o sus ensayos.
Como en sus libros y en sus artículos él hablaba a menudo de su casa en Madrid, en la calle Conde de Xiquena, y de sus paseos por el centro histórico de la capital de España, a partir de un determinado momento empecé a fantasear con la idea de llegar a conocerle en persona algún día, hacernos quizás amigos y ser invitado a su casa para contemplar su fabulosa biblioteca tras un recorrido conjunto previo por el Rastro. Es cierto que a priori era una fantasía algo compleja y tal vez demasiado elaborada, para qué negarlo, pero, por suerte, con el tiempo se acabarían haciendo realidad sus dos primeras premisas.
Así, en mayo de 2002 pude contactar con Trapiello por primera vez, a raíz de una entrevista telefónica que le hice en esas mismas fechas y de un viaje que él realizó poco después a Palma, donde resido, para una lectura poética. Como los dos somos quizás más analógicos que digitales, tras ese primer encuentro le envié al cabo de unos días una carta manuscrita expresándole mi emoción y mi gratitud, una carta que él contestó con sumo cariño y afecto en una misiva posterior escrita también a mano, que todavía hoy conservo. Sólo añadiría aquí que como mi letra es a veces un poco ininteligible, incluso para mí mismo, Trapiello pensó con buen criterio que nuestras posibles comunicaciones posteriores podrían ser ya por correo electrónico.
Desde entonces, nunca hemos dejado de estar en contacto, con independencia de que a veces nos hayamos escrito un poco más y otras veces un poco menos. Lo más habitual durante estos años ha sido que yo le felicitase por la publicación de algún nuevo libro —lo que quiere decir que ha habido momentos en que le he felicitado casi cada semana— o que le comentase algunas de mis cuitas periodísticas o económicas, que en el fondo venían a ser lo mismo. Él, por su parte, me ha dado siempre cálidos y oportunos consejos, tanto a nivel personal como literario, que es algo que invariablemente le he agradecido mucho.
A lo largo de este cuarto de siglo, hubo también algunos intervalos de tiempo en que posiblemente por sobrecarga de trabajo apenas nos escribíamos. Cuando eso sucedía, me dedicaba entonces a releer sus antiguos correos, con la misma melancolía y añoranza con que los espíritus románticos rememoran un pasado dichoso y feliz. Recuerdo que una vez incluso transcurrió algo más de un año sin que supiéramos el uno del otro.
Cuando finalmente reemprendimos de nuevo la comunicación, aquel dilatado silencio previo me hizo temer que quizás ya no se acordase de mí, por lo que empecé a firmar mis textos con mi nombre y mi lugar de nacimiento —Josep Maria de Palma de Mallorca—, como hacían los escribas medievales o los pintores renacentistas para ser reconocidos y ubicados de inmediato con mayor facilidad. Por fortuna, Trapiello no sólo se acordaba de mí, sino que además me comentó que le gustaba mucho mi nueva denominación, que he seguido manteniendo en toda su amplitud, a pesar de que normalmente me llaman ahora sólo Pep y de que el nombre oficial de mi ciudad es hoy simplemente Palma.
Como trapiellano irredento, lo mejor de todos estos años ha sido no sólo poder contar con la amistad del autor de Me piden que regrese, que también, sino ir constatando cómo por fin ha acabado recibiendo el reconocimiento que merecía desde hacía ya mucho tiempo en nuestro país, por la calidad del conjunto de su obra literaria, por la fascinante magia de su melancolía luminosa y por ser una de las voces más lúcidas y honestas que hemos tenido a la hora de analizar nuestro pasado y nuestro presente.
Ahora que en breve se cumplirán las «bodas de plata» de nuestro primer encuentro personal, el único supuesto que aún no se ha dado es que yo haya llegado a ir a su casa, una posibilidad que tal vez algún día se acabe materializando. Sólo harían falta dos requisitos, el primero sería que a él le pareciera bien, por supuesto, y el segundo sería que yo me animase a salir de Mallorca, que es algo que no suelo hacer con mucha frecuencia. De hecho, el pasado mes de junio se cumplieron exactamente veintiún años desde mi última salida de la isla, que fue a Madrid para pasar allí un par de días de asueto.
Desde entonces, no me he movido de Mallorca, aunque sería casi mejor decir que no me he movido de Palma, si exceptuamos una pequeña excursión que hice al municipio de Marratxí en 2012 y otra al de Llucmajor en 2019. Pese a esa limitada sed de aventuras, quizás no esté de más añadir que, paradójicamente, una de mis grandes pasiones era y sigue siendo viajar, pero a mi ritmo, sin precipitaciones, pues siempre he sido muy parsimonioso en todo. O en casi todo. Además, tengo decenas de guías de viaje en casa y no me pierdo nunca un solo capítulo de Callejeros, Españoles por el mundo o Star Trek Voyager.
Me gustaría, pues, que mi próximo viaje fuera muy especial, con destino a Conde de Xiquena si pudiera ser, y si no, centrado en recorrer todos los rincones de Madrid que mi admirado Andrés Trapiello nos ha enseñado a entender, querer y amar.