Sidney Sweeney y las dos versiones 'progres' de la libertad
Es comprensible que los desnudos de la actriz molesten a lo woke, porque parecen reafirmar el estereotipo de mujer como descanso del guerrero, como esclava sexual, por mucho que haya firmado un contrato y cobre lo que cobre por esa sesión de fotos
Sidney Sweeney: ¿Puede haber un erotismo bueno y un erotismo malo?
Leo que, cada vez que la actriz Sidney Sweeney se desnuda ante las cámaras, se forman dos bandos. Están quienes la critican diciendo que cosifica a la mujer y que así no hay quien se libere de siglos de opresión machista. Otros responden que haga lo que quiera, que para eso es mayorcita y, de paso, aprovechan para darle caña al feminismo y a lo woke. Pues a mí me parece que, en realidad, las dos posturas son progres a más no poder, y que las dos sitúan a la libertad en el centro de la vida moral o, incluso más, como único criterio del juicio moral.
A ambas visiones se les puede enfrentar una tercera, que postula que la libertad es siempre la libertad de elegir algo que consideramos bueno. Podemos equivocarnos al elegir o ser débiles al elegir, pero nadie salta de la azotea pensando que espachurrarse es muy divertido. Por ello, en el centro de la vida moral se sitúa el bien y la razón práctica –que juzga si algo es bueno o malo– y no la libertad, que puede ser un bien en sí mismo, pero que también es una condición necesaria del sujeto moral, sin la cual no existe ni la responsabilidad ni el mérito, pues nadie es culpable de algo que no ha elegido, ni tampoco se le pueden echar flores por lograr algo que habría hecho de todas formas. En el caso de Sidney Sweeney, esta tercera opción implica preguntarse si el erotismo es bueno o malo o si puede haber un erotismo bueno y un erotismo malo.
Usted es racista
Woke significa despierto, alerta. Lo woke está muy relacionado con la Critical race theory, con la que, en los años setenta, sesudos profesores de Harvard quisieron explicar por qué, a pesar de que la ley ya no discriminaba a los negros, los negros seguían discriminados. La explicación que propusieron es que el racismo lo permea todo: todas las instituciones y todas las mentes. Somos racistas aunque no nos demos cuenta y nuestras decisiones son decisiones racistas. Aplique usted esto a cualquier minoría que haya sido o se sienta discriminada y tiene usted un bosquejo de la batalla cultural en Norteamérica.
Lo woke asegura que la libertad personal es una ilusión, y que todos los occidentales somos frutos de siglos de condicionamientos que nos hacen hacer lo que hacemos, pensar lo que pensamos y sentir lo que sentimos. Luchar por la libertad es entonces descubrir y proclamar las mil y una trampas que, desde niños, nos convierten en opresores u oprimidos y estudiar el Quijote honradamente ya no es disfrutar de la primera novela de la historia, sino leer entre líneas para ver cómo Cervantes programó a sucesivas generaciones de hombres blancos heterosexuales.
Es comprensible que los desnudos de Sidney Sweeney molesten a lo woke, porque parecen reafirmar el estereotipo de mujer como descanso del guerrero, como esclava sexual, por mucho que haya firmado un contrato y cobre lo que cobre por esa sesión de fotos. Lo woke no juzga a los individuos, porque nuestras decisiones están predeterminadas. Lo woke juzga a las estructuras pero –sin mucha lógica– también a los individuos que construyen esas estructuras, las defienden, las difunden o se benefician de ellas. Y ahí quizá estaría la pobre Sidney Sweeney.
La libertad, ¿absoluta?
Frente a esto, lo único que podemos alegar quienes no tenemos un doctorado en neurociencia es que la libertad es un hecho de la experiencia. Desde que nos levantamos hasta que nos acostamos tomamos cientos de decisiones y, si somos sinceros, podemos pararnos a analizar cada una de ellas, darnos cuenta de por qué unas nos parecen positivas y otras no, dar marcha atrás, preguntar a otros, cambiar de opinión, cambiar de hábitos y mil cosas más que forman cada vida humana. La libertad existe, pero no es absoluta. Es cierto que nuestra libertad está condicionada, y superar muchos de esos condicionamientos es la tarea de nuestra vida como personas y de nuestra historia como especie.
La segunda versión progre de la libertad estaría totalmente de acuerdo conmigo en que cada individuo posee esa capacidad estupenda de decidir y no dejarse coaccionar. Si acaso, la libertad puede y debe fortalecerse. Debemos ejercitar la voluntad para que haga lo que queremos y no lo que les apetezca a otros o nos apetezca a nosotros. Sin embargo –parecen decir–, si realmente elegimos lo que nos apetece, bien elegido está.
...y Dios en la de todos
Lo malo es que para el progre liberal, el único límite a la libertad es la libertad de los demás. Esto suena bien, ¿verdad? Cada uno en su casa y Dios en la de todos. Sin embargo, cuando le pegamos a alguien no le estamos privando de la libertad de decidir si quiere que le peguemos y, cuando matamos a alguien, no le estamos privando de la libertad de decidir si quiere morir. Cuando matamos, estamos destruyendo algo objetivamente maravilloso: un ser humano. Se me puede objetar que yo no mato, sencillamente, para que no me maten a mí, pero este argumento solo valdría para quien tema que lo maten y no para quien no solo se ve capaz de protegerse a sí mismo, sino de matar a los demás.
Pero la razón, con la que podemos darnos cuenta de que vivir es algo bueno y morir algo malo, está de capa caída. Los progres woke utilizan su propia razón para convencer a los demás de que no piensan, de que en realidad siguen, sin darse cuenta, consignas incrustadas en su mente por hombres blancos muertos hace siglos; y los progres liberales no hacen uso más que de una razón técnica y dominadora, para la que no merece la pena nada que no pueda reducirse a números y fórmulas matemáticas. Así, un cohete que lleva a hombres a la luna, construido por cientos de ingenieros superlistos, no necesita justificación mientras que, ¿cómo justificar la guerra o justificar la paz?
Se dice que la razón no sirve en el plano ético, porque los hombres no nos ponemos de acuerdo en qué sea lo bueno y lo malo, pero esto no es cierto: los códigos penales son asombrosamente parecidos y lo han sido desde que existen leyes humanas. Además, razonar es un ejercicio colectivo y progresivo. Es completamente necesario que dos personas disientan para que una de ellas, u otra tercera, ahora o dentro de treinta años, se dé cuenta de que estaba equivocada. Pero para eso hace falta la humildad de sentarse a charlar y la humildad de aceptar el error mientras que, ahora más que nunca, parece que la charla ha sido sustituida por la discusión agria y, la humildad, por la soberbia de quien nunca da su brazo a torcer.
Y, ¿qué es el bien?
Y si la libertad es la libertad de elegir el bien, ¿qué es el bien? La idea de bien surge cuando la razón se interroga por los motivos de que algo nos parezca atractivo y, del mismo modo que podemos concluir que el ser humano es una creación maravillosa y explicar así por qué nos repele tanto morir como matar, quizá podemos encontrar motivos para explicar por qué, hasta hace dos días, la pornografía estaba mal vista.
El placer sexual nos atrae pero, al igual que el dolor de la muerte nos remite a la certeza del bien que es la vida, el placer sexual también nos lleva a la certeza de que el sexo es más que placer. También es entrega y es cuidado. También es amor y es reproducción. La misma capacidad física de dar y recibir placer sexual es la capacidad de amar con el cuerpo y de crear otros seres humanos. Quien en el acto sexual no busca más que su propia satisfacción es un egoísta semejante a quien pinta una obra maestra y luego la encierra en su gabinete para no dejar a nadie más disfrutar de ella. Y quien separa el acto sexual de la posibilidad de la reproducción se comporta como los participantes en las orgías romanas que, después de comer, vomitaban para poder seguir comiendo.
Entonces, ¿posar desnudo es algo bueno o algo malo? La casuística es un mal método para la reflexión ética, porque el número de circunstancias diferentes en que pueden verse envueltos los hombres es, sencillamente, infinito. Sin embargo, si usted está de acuerdo con algo de lo que he dicho aquí, varias cosas están claras. Primero, la pornografía no es ni solamente una cuestión de empoderamiento femenino, ni solamente una cuestión de decidir libremente. La pornografía es la perversión del sexo, como las drogas son la perversión de la gastronomía y el sexo libre solo llega a ser verdaderamente bueno dentro de una relación de amor abierta a la vida, no en un anuncio de apuestas deportivas. Se agradecen los comentarios.
Nicolás Zambrana Tévar ha sido abogado y ahora es profesor de Derecho y ética en KIMEP University (Almaty, Kazajistán), además de profesor invitado en varias universidades de Europa e Hispanoamérica. Máster en Derecho comercial internacional por la London School of Economics y Doctor en Derecho por la Universidad de Navarra. Es autor de 'El beso del lanzador de cuchillos' (Rialp) y 'La fiesta de la democracia' (Mediasonrisa).