Perder la capacidad de dejarse corregir
Hay personas que aparentemente han dicho siempre «sí», que conocen las palabras correctas y cumplen exteriormente, pero cuyo corazón se ha cerrado hasta el punto de no admitir que puedan estar equivocadas
«Los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios». Hay pocas palabras de Jesús en los Evangelios que resulten tan duras. No significa que el Señor apruebe el pecado, sino porque así quiere mostrarnos que hay algo todavía más peligroso que equivocarse: creer que no necesitamos cambiar.
El ser humano posee una grandeza que lo distingue de todo lo creado: puede rectificar. Puede darse cuenta de que ha pensado mal, de que ha actuado injustamente, de que se ha hecho daño, y regresar a la verdad para ajustar de nuevo su vida a ella. Equivocarse forma parte de nuestra condición; reconocer el error y cambiar de camino es una de las expresiones más hermosas de nuestra libertad.
La rectificación adquiere una importancia especial cuando nuestra conducta afecta a los demás. Hay decisiones que no solo nos perjudican a nosotros mismos, sino que hieren, humillan, excluyen o crean injusticia. En esas circunstancias, rectificar exige algo más que reconocer intelectualmente que nos hemos equivocado. Requiere humildad para pedir perdón, valentía para reparar el daño y generosidad para aceptar las consecuencias de nuestros actos.
Por eso resulta tan significativa la parábola de los dos hijos. El padre pide al primero que vaya a trabajar a la viña. Él responde que no quiere, pero después se arrepiente y va. Al segundo le hace la misma petición. Este contesta que sí, pero finalmente no va. Jesús pregunta cuál de los dos hizo la voluntad del padre. La respuesta parece evidente: aquel que rectificó.
Aquí está la cuestión que Jesús plantea a quienes le escuchan. Hay personas que inicialmente pueden decir «no» a Dios, que se han alejado, que han cometido errores graves y que incluso llevan sobre sí una historia complicada. Pero llega un momento en que reconocen la verdad, cambian de vida y comienzan a caminar hacia Dios. Y hay otras que aparentemente han dicho siempre «sí», que conocen las palabras correctas y cumplen exteriormente, pero cuyo corazón se ha cerrado hasta el punto de no admitir que puedan estar equivocadas.
Por eso Jesús pone como ejemplo a publicanos y prostitutas. No está diciendo que su vida anterior fuera buena. Está afirmando algo mucho más profundo: aquellos que han reconocido su pecado y han abierto el corazón a la conversión pueden estar más cerca del Reino de Dios que quienes, considerándose justos, han perdido la capacidad de dejarse corregir.
Solo el soberbio se hace incapaz de rectificar. Y también aquel que, por comodidad o cerrazón, ha decidido que nada en su manera de pensar puede ser cuestionado. Cuando uno se convierte en referencia absoluta de sí mismo, deja de escuchar a Dios y también deja de escuchar a los demás.
La humildad cristiana no consiste en pensar que siempre hacemos todo mal. Consiste en saber que podemos equivocarnos y que la verdad siempre merece ser acogida, aunque nos obligue a cambiar.
Quizá por eso una de las preguntas más necesarias ante Dios no sea solamente: «¿Estoy cumpliendo?», sino también: «¿Estoy dispuesto a rectificar?». Porque mientras un hombre sea capaz de reconocer la verdad, pedir perdón y volver a empezar, su historia siempre permanecerá abierta a Dios.
Jesús Higueras es el párroco de Santa María de Caná, en Pozuelo de Alarcón (Madrid)